[ARCHIVO DEL ECO · CAPA 3 · 51,9% DECODIFICADO · CLAVE: SONIDO EN DIRECTO DE LA CEREMONIA DE APERTURA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE VERANO DE 2008]
Día 317, 03:11:44, escalón 320. Sin tramas.
El día después de entregar la hoja de verificación llega la respuesta del fondo: las dos tramas del 17 de septiembre, expediente de revisión específica; vuelve a sacarse la baseband original; salidas entre dos personas. En aquella página del libro de retiros, la primera línea es mía y la segunda, de Xiao Gao. Tong empuja el libro de vuelta para que firmemos; firmado, cuenta, y dice que con esto van dos líneas, que esta página da para todo el mes. La segunda salida somos otra vez los dos; las líneas tercera y cuarta, escritas una debajo de la otra, y dice que entre los dos nos hemos comido la página entera.
La baseband está en la planta inferior; aquella puerta hay que empujarla con el hombro para que cierre. Los últimos treinta minutos de muestreo de la S-08 antes de dejar de recibir tramas; los discos son de solo lectura, y la letra de las etiquetas sigue siendo la de Adebayo, torcida. Xiao Gao ve la etiqueta, la mano se le para medio segundo, mete el disco, y no dice nada.
En la ventana hay tres cosas. El bloque con retraso, ya decodificado. Antes de él, el flujo original de la entrada normal. Y después, seis minutos cuarenta pasados el bloque con retraso, un bloque todavía más corto: dos mil cien símbolos y pico, en su día 2,3 decibelios por debajo del umbral de demodulación; la máquina no hizo caso, y la gente tampoco. Tumbado al final de la ventana, como si se hubiera colado antes de que la ventana cerrara.
El primer paso de la revisión no es decodificarlo, es comparar. Dos 17 de septiembre, tramo a tramo.
El trabajo cae en Ye Zhen y en mí. Ella saca la versión archivada en su archivo; yo me pongo frente a la versión del bloque con retraso en el instituto. Una pantalla cada una, leyendo los códigos de tiempo por tramos, y un punto rojo para lo que no cuadre. El tramo del tiempo, leído de punta a punta en las dos versiones, ni un punto rojo. En el de deportes pasamos los subtítulos de resultados línea a línea: lo mismo. Los índices del tramo de economía, iguales hasta el segundo decimal. Treinta y una entradas en el tramo internacional, todas idénticas. Al llegar al tramo local, empiezan a salir los puntos rojos.
La primera diferencia está en la tercera entrada del tramo local: los cincuenta y un segundos. Aparte de esa, doce más. Una en el cruce: el mismo código de tiempo en las dos versiones, y en una hay dentro una persona más, empujando una bicicleta, que en la otra no está. El titular del cambio de recorrido de los autobuses: una versión cambia la 41, la otra cambia la 41 y la 78. El plano del mercado, con una diferencia de segundo y medio de duración. En una noticia de barrio, el nombre del comité de vecinos tiene siete caracteres en una versión y seis en la otra. Y otra a la puerta de la escuela: en una versión la pancarta cuelga delante del edificio de aulas, en la otra la han movido encima de la caseta del conserje; la letra, igual. Doce sitios, todos pequeños: pequeños hasta el punto de que, aun entonces, si alguien hubiera visto las dos versiones a la vez, lo habría tomado por temblor de transmisión.
Comparar es trabajo de tontos. Algo más de media hora de material en cada lado; estuvimos leyendo códigos de tiempo dos días. Para la tarde del segundo día la voz de Ye Zhen se ha puesto ronca, y se pone a escribir los códigos de tiempo y a alzar la hoja delante de la cámara para que los lea yo. Los puntos rojos, numerados del uno al trece; al llegar al trece deja la pluma y dice que ya está bien, que a partir de ahí ya no parece temblor, que parecen dos guiones.
Ye Zhen copia los doce puntos rojos en fichas, una por ficha. Acabadas de copiar, las extiende por la mesa: no por código de tiempo, sino por topónimo. Tiene su manera de poner las cosas.
Se queda mirando la mesa un rato, quita seis fichas y me empuja las siete que quedan. Dice que en las siete, dentro del cuadro, sale siempre el mismo cruce.
Pregunto que cuál cruce.
Dice que la calle Keyuan Norte; el de la puerta de ustedes.
En tres de las siete fichas sale la misma persona. Planos lejanos, los tres. Uno: al otro lado de la calle, una persona caminando hacia la puerta del instituto, de espaldas, el paso a medias. Uno: la plancha de hierro de la puerta, alguien de pie a su lado, de perfil, borroso; el carácter pintado en la plancha lo cubre la nieve y solo asoma una esquina. Uno, en la quinta entrada del tramo local: la cámara barre un coche aparcado y en la ventanilla se refleja media figura; en el cristal, una línea de reflejo, y dentro del reflejo se reconoce todavía la línea inclinada del hombro. Tres planos, tres ángulos; en ninguno se ve la cara, ninguno se acerca. Ye Zhen amplía cada uno una talla con el ampliador de su archivo, y al acabar dice que los tres son una misma persona, que los hombros son iguales, que al andar la mano izquierda apenas se balancea. Sujeta esas tres con una pinza aparte.
Dice que las tres están en la versión archivada. Que en la del bloque con retraso ha buscado una por una, y la persona no aparece.
Pone las tres en fila, junto a la copia impresa de la entrada de los cincuenta y un segundos. Cuatro hojas alineadas en la mesa. Coge la página de transcripción de la tercera entrada del tramo local. Transcribir es reglamento: toda entrada en que las dos tramas no cuadren se copia entera, y quien la copia firma y sella. Su sello está en la esquina inferior derecha de la página, bien recto. La locución entera, palabra por palabra.
Lee más despacio que la locución. Al llegar al nombre, se para.
En la sala no estamos más que los dos. La puerta de la sala de máquinas, cerrada; las luces del pasillo con detector de sonido, apagadas; nadie pasa. Ella extiende la hoja y aprieta la esquina con la mano, como quien aplana el borde levantado de una hoja que va a entrar en el archivo. No levanta la vista hacia mí; sigue leyendo hasta el final: cómo va la esquela, cómo va la biografía, en qué línea se hace la pausa, todo. Acabada la lectura, le da la vuelta a la hoja y la deja encima de las cuatro.
Dice que la diferencia está en esta una persona.
Digo que mm.
Dice que en una, la persona está; la persona falta, y hay gente que viene a despedirla. Que en la otra la persona también está, pero ya no viene por aquí, y entonces ya no hay quien la despida. Dice que las dos versiones son correctas. Que las dos estaban escritas.
Recoge las fichas, las empareja, les pone la pinza. Puesta la pinza, dice que la mitad de su hermana en el marco de fotos ella siempre la tuvo por un dibujo salido mal. Dice que ahora ya no lo ve así. Que no está dibujada mal: está sin dibujar. Que es lo mismo que lo suyo: una de las dos casillas puestas en la mesa... Se para ahí. Las casillas puestas en la mesa; de cuál se anda.
No me pregunta por cuál pienso andar. Guarda la pinza en la bolsa de papel kraft de su archivo, le da tres vueltas a la cuerda, se levanta, y vuelve a sentarse.
Pregunta que la página de transcripción, ¿la guardo yo o la guarda ella.
Digo que la guardo yo.
Dice que bien; que entonces que la meta bajo llave. Dice que el papel está más limpio en tu casa que dentro del fondo.
Mientras recoge la mesa, su mirada se para un golpe en su armario: la fila del índice U, la columna del espécimen, en medio el espacio vacío del ancho de un dedo. Dice que de estas dos, de momento, sin ficha. Dice que ni es «sin imagen», ni es espécimen. Dicho esto cierra la puerta del armario y la cierra con llave.
El día 321 le llevo la tabla de diferencias a Zhou Yansheng. La tabla, con sus doce puntos rojos, sus siete cruces, sus tres figuras, numerada de punta a punta. Se pone las gafas de leer para mirarla, la deja, y pregunta que la tercera entrada, ¿que la he transcrito entera.
Digo que transcrita según el reglamento.
Dice que esta entrada, ¿cuánto tiempo lleva.
Digo que desde el día 179.
Dice que ah.
Se levanta a por agua, lleva la taza con las dos manos, se sienta, bebe un trago, y deja la taza sobre el pañuelo de papel doblado. Dice que la tabla la reporta él. Que en el acta la tercera entrada vaya como categoría de contenido, sin nombres. Que las tres figuras, como personas posiblemente relacionadas con el proyecto. Dice que la palabra es fea, pero aguanta.
Dicho esto mete la tabla de diferencias en su cajón y la cierra con llave. Cerrado el cajón no se levanta; me mira a través de la mesa un rato y dice que lo de la mano no toca al cronograma, y esto tampoco. Dice que siga con lo suyo. Que el bloque que ahí abajo no se deja decodificar, que es mío.
Al día siguiente de salir el acta, una de las once casillas contesta preguntando qué persona cubre eso de «posiblemente relacionadas con el proyecto», y si toca a permisos. Quien preside acaba de leer la entrada y lee la siguiente. La siguiente es el parte rutinario de la secuencia de escalones. Aquella casilla no pregunta más.
El día 322 Xiao Gao trae de fuera un periódico, en lengua extranjera, una columna. Me traduce el título: «Si todos actuamos según el guion». El autor escribe libros, los vende bien, y no sabe matemáticas. El artículo empieza en la cartulina que aquella civilización alzó y llega hasta que las dos lecturas valen, todo explicado y todo redondo. Xiao Gao lee dos párrafos y ya no puede seguir: dice que hasta la tasa de bits tiene mal.
Shen Yi pasa por al lado, lo coge, lee el título, lee dos párrafos, lo deja. Dice que ya está aquí lo inventado.
Lo dice sin mirar el periódico: mira por la ventana. Fuera está el muro del recinto, detrás la calle, y en la calle, coches pasando. Dice que contando desde hoy, aquello saca portada cada tres días. Que la tabla de ustedes, si sale más despacio que eso, es su nota al pie; si sale más deprisa, entonces es su texto original.
Aquellos días, al entrar por la puerta del instituto, paso por delante del puesto de la acera de enfrente. En el cristal de la puerta, la letra ha cambiado: debajo de las tres líneas de las búsquedas de archivo a encargo, un papel nuevo pegado, una sola palabra: traspaso. Torcido, una esquina levantada, nadie lo ha apretado. Dentro sigue la mesa; el ordenador, no.
La escuela de Nian entra en vacaciones de invierno. De día está sola en casa; le dejo la comida en la olla. Por la noche vuelvo y los deberes ocupan toda la mesa. Un día lo que hay extendido no son deberes: una hoja de redacción, con el título impreso en la primera línea: Mi ideal.
Me pregunta que la profesora dice que se escriba qué se quiere hacer de mayor.
Digo que escriba lo que ella quiera.
Dice que sí, pero lo que uno hará de mayor ya está todo escrito, ¿no.
Fuera la nieve se ha derretido a medias y ha vuelto a congelarse. Me quito la bufanda, la cuelgo en el respaldo de la silla, lo pienso un momento y digo que eso lo escribieron otros. Que escriba lo que ella quiera.
Suelta un «ah» y se agacha a escribir. Acabada, da la vuelta a la hoja y la deja debajo del cuaderno de matemáticas: dice que la profesora todavía no la ha recogido, que no se puede mirar. Digo que no miro. Al recoger la mesa ella aparta esa hoja sola y la mete en su cuaderno de cuentas. Goma elástica, dos vueltas.
La noche del día 323 no me duermo. Me levanto y me siento un rato bajo la lámpara; cojo una hoja y voy haciendo las edades, una por una, de las personas que estarían presentes aquel 17 de septiembre de 2079, y en Nian es donde más me paro: cuarenta y siete, una edad que a muchos otros les he visto llegar y que en ella nunca he visto. Acabadas las cuentas doy la vuelta a la hoja; el reverso, en blanco. En el lado en blanco no escribo nada; la vuelvo y releo una vez las líneas de las cuentas, doblo la hoja dos veces y la dejo debajo del cuaderno de bandas. Dos septiembres, una conmigo dentro, otra sin mí, las dos escritas bien ordenadas, puestas en sus dos casillas, y ninguna de las dos me apura; en eso tienen el mismo carácter que las cuentas viejas de las estanterías, decenas de años de apuntes hechos en fila, y yo sigo de pie en la rendija entre las dos casillas, sin poner el pie hacia ningún lado, la lámpara clavándome la sombra a la mesa, la sombra sin moverse, yo sin moverme, y abajo pasa un coche que saca de la nieve un ruido muy leve.
Al día siguiente quemo la hoja. En el fuego de la cocina, la llama azul. El papel se separa en la doblez y arde en dos mitades, cada una por su cuenta.
La noche del día 324 se abre el trabajo con el último bloque de la ventana. Está 2,3 decibelios por debajo del umbral, y la manera dura de decodificarlo es la manera tonta: juntar la baseband del mismo intervalo de la S-08 y de la S-23, cancelar primero la diferencia de los osciladores locales de las dos estaciones, alargar el tiempo de integración por ocho y volver a enganchar el reloj de símbolos. El enganche del reloj lleva cuarenta minutos largos, y en el momento en que coge, la máquina da un pitido corto; no estamos en la sala más que los dos, y ninguno dice nada. Xiao Gao atiende una máquina, yo otra, las dos corren el mismo bloque, y las salidas se comparan byte a byte. A la una y cuarenta de la madrugada, la cabecera de sincronía muerde. A las dos y veinte, acabado.
Una entrada de catálogo. Cuatro campos.
Número de trama: acaba en seis. La entrada archivada acaba en cuatro, la del bloque con retraso, en cinco; esta ocupa el sexto puesto.
Fecha: 17 de septiembre de 2079.
Longitud: 1 458 símbolos. Que haya longitud quiere decir que detrás cuelga algo: la cosa está, y apretada.
El cuarto campo es la clave. La casilla, en blanco.
Mando dentro todas las llaves que tengo a mano. La frase de 1987: rechazada. Los 0,9 segundos de 2008: rechazados. El «ei» de 2021: rechazado. Tres llaves, tres envíos, y las tres veces el mismo código de vuelta: no es un código de error, es un código vacío. La máquina no me dice que esté mal; me dice que en esta casilla no hay nada con lo que una llave pueda encontrarse.
Xiao Gao imprime la hoja de verificación que ha corrido su máquina y la pone al lado de la mía; las repasamos juntas una vez. Dos máquinas, dos decodificaciones, idénticas byte a byte. Dice que y si traemos todas las claves que el fondo haya tenido colgadas y las pasamos una por una. Digo que primero se reporta. Dice que vale, que total... No dice total qué; clava la impresión en el tablón.
Cuento los campos dos veces. Cuatro campos: tres con número, uno sin.
Fuera sigue oscuro. A las 03:11:44 sube el escalón, el escalón 327; la curva se levanta un golpe, se sostiene, vuelve a caer. La entrada de catálogo sigue encendida en la pantalla: número de trama, fecha, longitud, puestos uno debajo de otro, hasta la cuarta columna, donde el blanco sigue siendo blanco.
Una casilla vacía no es lo mismo que un cero; eso lo he dicho una vez. Esta casilla tiene hasta nombre de casilla, y dentro no hay nada. Con número, ningún número es demasiado grande para dividir, y ninguna llave sobra para probar. Sin número, ni siquiera hay manera de equivocarse.
Guardo la entrada en disco, firmamos los dos, cierro la sesión y empujo la silla bajo la mesa. Al llegar a la caja de la escalera, la luz con detector de sonido se enciende al paso. No hay nadie más en la escalera; bajo de planta en planta, y las luces se me van apagando a la espalda, tramo a tramo.