[ARCHIVO DEL ECO · CAPA 3 · 51,9% DECODIFICADO · CLAVE: SONIDO EN DIRECTO DE LA CEREMONIA DE APERTURA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE VERANO DE 2008]
Día 248, 03:11:44, escalón 251. Sin tramas.
De noche hiela, de día se derrite la mitad, y los caminos del patio van siendo una capa de hielo sobre una capa de agua. Las tuberías de la sala de calderas están ya cambiadas, y ha llegado la calefacción, de más; en la sala de reuniones hay una ventana entreabierta, y el frío de fuera y el calor de dentro se pelean en la rendija hasta hacer una película de vaho.
Desde que la señal acompañante nos dio el bloque de recuento, queda un tramo que nadie ha tocado. Colgado de la cola de la estructura de bloques cuelga un segmento pequeño, de menos de la décima parte del bloque principal; lo habíamos tenido por relleno. El relleno no debe llevar palabra de sincronía. Este la lleva.
En aquellos días, arriba apremiaba otro asunto. Un mes cabal sin tramas, y piden un dictamen: si la pausa es técnica, o si es otra cosa. La carta llega al instituto con la casilla de la firma vacía y, al pie, el código de un organismo. Zhou Yansheng la pasa a mí y al grupo de órbita, con una nota adjunta: «Escríbase solo lo calculable.»
Lo calculable me cabe en dos líneas. La portadora está. El escalón de potencia, arriba, como siempre. Lo demás no sé escribirlo. Cuando viene Shen Yi a recogerlo, lee las dos líneas dos veces y dice que esto y nada más. Digo que esto y nada más. Dobla el papel y dice que arriba no puede permitirse esperar a un no sé. Digo que entonces que esperen un poco. Me mira, no replica, y se va con el papel.
El día 250, el maestro Lu corta el tramo de la cola aparte. Mientras corta dice que lo que cuelga de la cola no se tira; que lo que cuelga de la cola suele ser la etiqueta.
Cortado, lo primero es alinearlo. La misma palabra de sincronía, en una posición fija, una vez por minuto, pegada al extremo del bloque de recuento. El contenido no es largo: decodificado, no llega a los cuarenta bytes. El maestro Lu lo copia en un papel y me lo lee línea a línea.
Tres entradas de catálogo.
B-001, 1987, TV, CN.
B-002, 2008, OG, OPEN.
B-003, 2021, NET, CLIP.
Las dos primeras las conocemos. La llave con la que la capa 1 alcanzó a la capa 2, y la que hizo que la capa 2 alcanzara a la capa 3: aquellas pistas vinieron en su día de los tramos de cabecera de las tramas, y en el archivo están. La tercera no ha venido nunca. Las tramas se pararon en el día 188; esta queda detrás, sin llegarle el turno.
Tras cada entrada va una huella de audio. La de la B-003, de un segundo siete.
El maestro Lu se pone los auriculares, escucha una vez, se los quita y dice que limpio. Dice que no ha pasado por una emisora, ni por una mesa de mezclas; que ese sonido sale directamente de un archivo comprimido.
Pregunto que eso de directamente, qué quiere decir.
Dice que el sonido de la televisión pasa siempre una vez por las máquinas, y lo que pasa por máquinas se queda con olor a máquina. Este no. Dice que esto es cosa de internet.
La huella se manda al fondo, y cada estación la coteja por su lado. Los dos días de espera, el instituto, como siempre. La serie vieja del comedor llega al último capítulo, y al día siguiente la emisora empieza a reponer otra. Alguien dice en la mesa que siempre las mismas, dando vueltas. Nadie recoge la frase. Tong, en la portería, vuelve a limpiar la séptima postal; el trozo que empapó el agua de nieve está ya del todo seco, arrugado.
Esa semana Nian aprende en la escuela una canción y me la canta al llegar; a las dos frases se le van las palabras y se para. Con el piano ha llegado a la mitad de abajo de la segunda página de la pieza nueva, y hay un ligado que no le sale nunca pareja. Lo ensaya cuatro veces; a la quinta, pareja. No dice que la ha tocado bien. Pregunto que si está pareja. Dice que ¿tú lo oyes?
Digo que pareja.
Dice que entonces no hace falta volver a tocarla. Baja de la banqueta y va a por las mandarinas del alféizar.
Dice que en su clase hay quien dice que esa serie se ha acabado. Que hay quien dice que no, que hay segunda temporada.
Pregunto que cuál serie.
Dice que esa. Dice que la de un capítulo todos los días.
Pregunto que quién lo dice.
Dice que los mayores. Dice que los mayores lo saben todo.
Pela la mandarina y me desgaja la mitad. Está ácida. Ninguna de las dos lo dice.
En esos dos días, un periódico de fuera hace una cosa: reedita los días de agosto de 1936 uno a uno, con las páginas del diario de aquel año, reducidas a un cuarto de plana, anuncios incluidos. El primer número se agota en media mañana, y la reimpresión sale en papel más amarillo. Tong trae uno desde la portería y lo extiende sobre la mesa para que lo vean. Lao Song lo mira un rato y dice que la gente de aquel año no sabía a dónde llamar; que los anuncios no traen más que direcciones. Nadie recoge la frase, pero todos se quedan mirando un rato más.
Ye Zhen, en la sala del archivo, pasa a ficha aquellas sesenta y una tiendas. Los días sin entradas nuevas escribe fichas: una por tienda, cartulina dura, con el número de entradas copiado, los años, dónde los registros se espesaban y dónde se aclaraban. Cuando subo a devolver un libro lleva la cuadragésima. Dice que las fichas no entran en la colección; que las fichas son fichas. Dice que lo de la colección espera a que vengan a consultarlo; las fichas están puestas a la vista esperando que las miren. Sujeta el montón de las terminadas con una pinza de hierro y lo deja de pie en el alféizar: una fila de blanco.
Adebayo recibe una llamada al mediodía. Suena cuando está en el comedor; coge la bandeja y sale a atenderla, de pie en el pasillo. Al volver se termina el arroz de la bandeja y no dice de qué se trataba. Por la tarde alguien lo ve fumar en la escalera; antes no fumaba. El paquete se queda en el alféizar hasta la salida; le queda más de la mitad, y se lo lleva al irse.
El día 253 vuelve la comparación. La S-08 tiene un archivo de sonidos de internet, particular, que lleva más de diez años guardando el audio de fondo de vídeos cortos. Hay coincidencia. La muestra de un segundo siete es una voz humana, un «ei» alargado. Aparece por primera vez en marzo de 2021, y en los dos años siguientes se reutiliza más de trescientas mil veces. Ninguno de los vídeos que la reutilizan ha pasado por la televisión.
En el tablón solo cuelgan los parámetros, sin comentario. Debajo, como siempre, una línea en letra pequeña: la muestra de comparación no se hace pública.
El día 256 por la tarde se reúne el grupo SC; otra vez once casillas. El orden del día trae esta vez un solo punto: poner los tres años en una misma hoja.
1936, 1987, 2008, 2021.
Del primer año al segundo, cincuenta y un años. Del segundo al tercero, veintiuno. Del tercero al cuarto, trece.
Leo los intervalos una vez. Al acabar digo que cuatro puntos y tres intervalos no forman ninguna pauta.
Quien preside pregunta que entonces qué se puede decir.
Digo que una tendencia.
En la pantalla, alguien pasa hojas. Una casilla pregunta que la entrada más reciente, a cuántos años de hoy.
Digo que dieciocho años.
La casilla no pregunta nada más. Quien preside lee el acta entera; al llegar a la palabra «tendencia» se detiene un golpe y pregunta que ¿así se escribe, pues? Nadie se opone. En el acta queda escrito así.
Shen Yi ha entrado para la segunda mitad y se queda junto a la puerta. Cuando entra, la pantalla está pasando a la página de la B-003. Pregunta que si la tendencia se puede escribir en el dictamen.
Digo que no.
Pregunta que entonces qué se escribe en el dictamen.
Digo que cuatro años y tres intervalos. Que nada más.
Dice que de acuerdo.
Se queda junto a la puerta y no dice nada más. Zhou Yansheng está sentado a media mesa larga, con la taza de té llena delante. Antes de levantarse la sesión estira la mano para cogerla; la taza se le tambalea en la mano y un poco de agua cae sobre el acta, justo en la esquina del 2021. La seca con la manga, sopla el papel, se levanta y se va. Nadie dice nada. El agua, al secarse, deja una marca apenas visible.
Antes de que se levante la sesión, Ye Zhen levanta la mano. No es del grupo SC; asiste como oyente, sentada a un lado. Dice que tiene una pregunta, que no sabe a quién va dirigida, que la deja hecha.
Dice que ese «ei», lo ha recogido. Dice que un segundo siete de internet, guardado con tanto detalle. Dice que ¿y lo que está escrito en papel? Los libros de cuentas, las fichas, las cuentas apuntadas en cuadernos: ¿las recoge o no las recoge?
Quien preside dice que esa pregunta se sale del orden del día.
Dice Ye Zhen que lo sabe. Dice que solo la deja aquí puesta.
Nadie contesta. Ella baja la mano y no vuelve a mirar la pantalla.
Después de la sesión, en la escalera, Adebayo saca el papel de debajo del teclado. Tres casillas: 1987, 2008, y en la tercera, esta vez, una cifra escrita: 2021. La escribió antes de la reunión; los trazos están tan marcados que se notan desde el reverso del papel.
Dice que ha acertado la apuesta.
Pregunto que cuándo lo escribió.
Dice que anoche. Dice que se pasó la noche dándole vueltas: entre las dos primeras llaves hay veintiún años; otros veintiuno no cuadran, ni la mitad. Dice que después miró mi gráfico: cada vez más cerca. Dice que entonces escribió 2021.
Digo que nadie apuesta con usted.
Dice que lo sabe. Dice que ya es el último que queda apostando.
Dobla el papel y se lo guarda en el bolsillo de la chaqueta. Dos peldaños más abajo se vuelve y pregunta que si he calculado en qué día se para el archivo.
Digo que el 26 de septiembre.
Dice que sí. Dice que recoge cosas de hasta dieciocho años atrás, y el archivo solo llega cuarenta días hacia delante. Dice que si la pluma se hubiera parado, la diferencia no sería tanta.
Dice que no lo ha terminado de escribir.
Dice que está escribiendo la continuación.
Dicho esto baja; las luces del pasillo se van apagando una a una a su espalda. Me quedo donde estoy un rato. De las once casillas hay una con un reloj de pared, la que va seis horas atrasada; antes de la sesión he visto a alguien cambiarle la pila. Pila nueva, y seis horas atrasada igualmente.
Esa noche me toca el turno. De madrugada enciendo el Farol Rojo, lo pongo en onda corta y voy buscando banda a banda. Entre el estático hay emisoras que ponen música, emisoras que recitan escrituras, emisoras que no tienen nada.
En una de las bandas hay una voz femenina dictando números. Uno, dos, tres. No es alta; la dicta muy pareja.
El cuaderno de bandas de mi padre está abierto sobre la mesa. La página del registro antiguo la he leído muchas veces: emisora desconocida, voz femenina, dictando números, se detiene en el siete.
Cuatro, cinco, seis, siete.
Se para. A los pocos segundos la emisora pasa a música: un pasaje de acordeón.
Debajo del registro antiguo escribo: 3 de diciembre, igual.
Al acabar le bajo un poco el volumen a la radio. No la apago. Fuera, el hielo se derrite y vuelve a congelarse, y la mitad de abajo del cristal se ha cubierto de una pelusa. Me quedo un rato mirando aquella pelusa y completo la última línea del registro de turno: Día 256, sin tramas. El escalón, arriba, como siempre.
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