[ARCHIVO DEL ECO · CAPA 3 · 49,3% DECODIFICADO · CLAVE: SONIDO EN DIRECTO DE LA CEREMONIA DE APERTURA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE VERANO DE 2008]
Día 180, 03:11:44, escalón 183.
Nian se levanta antes que yo. Salgo de mi cuarto a las seis y diez y ya está sentada a la mesa, con la barbilla apoyada en una mano.
Dice que aquel diente se le mueve.
Empuja hacia fuera el incisivo de abajo para enseñármelo. En el hueco que lleva medio año vacío ha asomado un punto blanco, del tamaño de un grano de arroz.
Digo que no lo mueva con la mano.
Dice que con la mano no; con la lengua.
Digo que con la lengua tampoco.
Vuelve a meter el diente y se agacha sobre la leche. En el borde de la taza queda una marca, la de ayer: no la lavó al acabar.
La acompaño hasta la puerta de la escuela. La valla de obra del camino ya está quitada; el asfalto nuevo, negro, con un olor que nos sigue hasta el cruce. Antes de entrar vuelve la cabeza, me mira una vez, no dice nada y entra.
Llego al instituto a las seis y cuarenta. Las luces del pasillo van con detector de sonido: hay que dar un pisotón. Doy dos. El reloj del viejo vídeo de la pared lleva once minutos de adelanto; ahora marca las seis y cincuenta y uno. Tong está en la portería, con tres montones de cartas extendidos delante; el de más a la derecha, el más grueso.
El registro de turno, abierto; en la cabecera escribo la fecha: 18 de septiembre. Escrito, me pongo el capuchón a la pluma.
A las siete y veinte entra en el archivo la trama del 18 de septiembre; esta ronda toca a la S-11 y a la S-23.
La capa 3, treinta y dos mil quinientas sesenta y nueve filas. Tercera tira de notas, hoja sesenta.
Los cortes rotan por la congruencia entre el último dígito del número de trama y el número de estación; a esta ronda nos toca la segunda entrada del tramo local.
Lo primero, las cuatro cosas de siempre: número de trama, código de tiempo, duración, código de tiempo del subtítulo. Un minuto cuarenta y siete segundos, desde 00:19:33.6 hasta 00:21:20.6. La tasa de bits, la de ayer; audio de 48 kHz, estéreo; el código de tiempo del subtítulo, en la segunda línea dentro del tramo. Los cuatro puntos, bien.
La primera entrada del tramo local: terminada una reforma de la red de tuberías subterráneas del distrito, la calzada repuesta, una pavimentadora aparcada al borde del cuadro, con barro en las orugas. La tercera: corte de agua en una calle del 20 al 22 de septiembre; bajo el subtítulo queda un número de siete cifras. Las dos, resueltas antes de las diez, con una línea en el campo del resumen cada una.
La segunda es una jornada deportiva de otoño de una escuela primaria. El patio lleva caucho nuevo, rojo; las líneas de las calles, blancas y recientes. Cuando corren los niños la cámara los sigue con un paneo, y en el último tramo se levanta y barre las gradas. En las gradas hay una fila de padres; la mayoría, con el móvil en alto.
En el campo del resumen escribo: jornada deportiva de otoño en una escuela primaria. Al acabar cotejo una vez más el código de tiempo y lo envío a las dos estaciones.
La S-23 decodifica por su cuenta; byte a byte idéntico. El resultado vuelve a las once y media.
Ese día no abro ni una cadena de búsqueda. Se abra o no, el archivo lo conserva: ciento ochenta días.
Adebayo se acerca a las once y cuarenta. Pone el móvil en la esquina de mi mesa; en la pantalla, una tabla.
Dice que el partido del 09-18 está en la tabla.
Digo que no lo miro.
Dice que no te da el resultado; que te da otra cosa.
Desliza la tabla hacia arriba un tramo y señala la casilla que va detrás de la última columna.
Dice que va a añadir una columna.
Digo que ¿añadir qué?
Dice que gente. Cuánta gente había en las gradas.
Digo que ¿y cómo sabe cuánta?
Dice que los dos números que anotó Ye Zhen, los tiene copiados él.
Recoge el móvil y se queda de pie, sin irse.
Dice que últimamente ya no miras.
Digo que mm.
Pregunta que si le molesta el ruido.
Digo que no.
Suelta un ah. Al irse empuja la silla para meterla; a mitad se atasca, la alza un momento y vuelve a empujar.
Al mediodía el comedor ha hecho col y albóndigas. Lao Song se sienta con la bandeja, saca del bolsillo del pantalón un móvil viejo y lo deja al lado del plato, con la pantalla arriba.
Dice que espera dos minutos.
Digo que ¿esperar qué?
Dice que lo enciende una vez al día, al mediodía; que una vez encendido tarda un rato en coger señal.
El móvil es de los viejos; unas cuantas rayas en la pantalla. Él come antes un bocado de col, con los ojos puestos en la pantalla.
A los dos minutos salta un mensaje.
Dice que ya está.
Lo coge y lo lee. Dice que es de la operadora, que la tarifa se le acaba en tres días.
Se ríe una vez, para sí.
Dice: "Todavía me escribe."
Digo que mm.
Pregunta: "¿Eso cuenta como que está?"
No digo nada.
Apaga el móvil y se lo mete en el bolsillo del pantalón. Dice que lo sabe.
Come un par de bocados y añade que el número de su suegra, el mes que viene hará el viaje otra vez.
Digo que ¿no se había dicho que el cambio de titular exige que la persona esté presente?
Dice que en persona, pues en persona. Ochenta kilómetros.
No recojo. Se come las albóndigas y deja medio cuenco de col.
A las dos de la tarde me encuentro con Zhou Yansheng en la escalera. Bajaba, y se para delante del alféizar del rellano.
Dice que ayer no te quedaste a hacer horas extra.
Digo que no.
Dice que ah.
Mira por la ventana. Desde este ángulo se ve el trozo de la puerta del recinto; de la plancha asoma una esquina.
Pregunta que si Nian acabó ya el examen.
Digo que acabó; que el certificado ya está aquí.
Pregunta que qué grado.
Digo que el tercer grado.
Dice que bien.
Se para un momento.
Dice que hoy tienes la cara algo peor.
Digo que anoche dormí mal.
Dice que ah.
Pregunta que si a aquella exposición se le añadirá algo más.
Digo que no; que no se añade más.
Dice que tres líneas, pues tres líneas.
Digo que mm.
Pregunta que aquella vez de las veinte mil filas, si la reportó una vez al fondo o no.
Digo que no.
Dice que entonces lo recordaba mal; que creía haberla reportado.
Digo que las treinta mil filas también pasaron.
Pregunta que hace cuántos días que pasaron.
Digo que doce.
Dice que entonces, que se reporten juntas.
Dicho esto sigue abajo agarrado a la barandilla; la mano se le para un momento en ella.
Anda dos pasos y añade que si tengo algo, que se lo diga a él.
Digo que no tengo nada.
Dice que mm.
No pregunta más. Me quedo dos segundos de pie y subo.
Subo al tercer piso a llevar un impreso. La puerta de aquella habitación está cerrada; la luz encendida, cálida, y por la rendija de abajo se escapa una línea.
Al bajar, entregado el impreso, paso junto al armario de Shen Yi. Por la rendija de la puerta de la balda de abajo asoma una esquina de papel kraft; la letra del lápiz, a la vista no está.
A las cuatro y veinte sube Ye Zhen. Trae una bolsa de papel en la mano y me pregunta si en la trama del 08-26 hay algún número de portal. Se la saco. Se queda a mi lado mirando; a la segunda pasada dice que basta.
Al irse dice que el tramo de otra provincia, quizá estos días llega.
Digo que ¿cuánto llevas esperando?
Dice que tres meses y nueve días.
Se mete la bolsa bajo el brazo y se va.
Al salir del trabajo camino cien metros hacia el este y entro en una tienda pequeña de papelería y fotocopias. Dentro hay una fotocopiadora; zumba, nadie la usa. Cojo de la estantería un cuaderno, cubierta de plástico azul, veinticuatro páginas. Tres con cincuenta. El dueño me arranca un recibo de una pinza de hierro; no lo quiero.
De vuelta a casa vuelvo a pasar junto al hoyo. Al carácter de la plancha, pisado por los coches, se le ha caído un poco de esmalte; el hueco, a la izquierda.
Enfrente de la puerta hay un coche gris aparcado. No sé de quién es.
Nian practica ese día cuarenta minutos. El staccato del tercer compás sigue pesado. Al acabar lo dice ella misma: otra vez pesado.
Digo que mm.
En la cena dice que hoy ha faltado otra en su clase.
Digo que ¿cuántos van ya?
Dice que cuatro esta semana. Dice que la profesora dice que mañana hay reunión de padres.
Digo que ¿a qué hora?
Dice que a las siete. Dice que la profesora dice que basta con que venga un padre.
Digo que voy yo.
Dice que tú tienes trabajo.
Digo que yo pido el día.
Baja la cabeza sobre el plato; no dice que sí, no dice que no.
A las nueve y media se duerme. Lavo los cuencos, repaso la placa, dejo el trapo escurrido sobre el grifo.
Me siento a la mesa y abro el cuaderno.
En la primera página, en la primera línea, escribo una línea: «Lo que la yo de 2079 no llegue a ver.»
Al acabar me quedo un rato quieta; la punta de la pluma se me extiende en un punto sobre el papel.
Luego sigo hacia abajo.
1. Cuánto habrá crecido a los catorce años.
2. Cómo será aquel diente cuando le salga.
Al llegar al segundo punto dejo la pluma y voy a asomarme al cuarto de dentro. Duerme con la boca entreabierta; se le ve el punto blanco.
Vuelvo y detrás del segundo punto trazo una raya, y con eso la doy por acabada.
Esa noche solo escribo dos.
Día 181, 03:11:44, escalón 184.
Cabecera del registro de turno: 19 de septiembre.
A las siete y veinte entra en el archivo la trama del 19 de septiembre; esta ronda toca a la S-11 y a la S-08.
La capa 3, treinta y dos mil setecientas ochenta y una filas. Tercera tira de notas, hoja sesenta y una.
En el tramo nacional viene una entrada: una calle vieja de un distrito de otra provincia. La cámara barre de este a oeste, cuarenta y siete segundos. A los lados del camino, árboles, ciclomotores eléctricos, un tramo de pared encalada de blanco. Fachadas una junto a otra; rótulos que se tapan unos a otros.
Corto el tramo y se lo envío a Ye Zhen.
Sube a las diez y diez. Se queda a mi lado y lo mira tres veces. A la tercera le da a la pausa y va señalando la pantalla con el dedo.
Dice que sesenta y una.
Digo que ¿sesenta y una qué?
Dice que fachadas. Contadas del extremo este al oeste, las que tienen un rótulo reconocible: sesenta y una tiendas.
Deja la bolsa de papel sobre mi mesa y saca una pila de impresos. Dice que las demás las coteja hoy; que mañana me trae la cifra.
Baja.
Por la tarde viene Xiao Gao con una papeleta para preguntarme por un carácter, el de un eslogan de la trama del 09-19. Letra cursiva, los trazos corridos; a primera vista parece «sī». Digo que a la derecha lleva el corazón y en medio una horizontal de más: es «huì». Pega la papeleta a su lista; el número, hasta la cuarenta y seis.
En la puerta de cristal del puesto enfrente del instituto, la tercera línea ha cambiado. Decía «si no hay éxito, se devuelve el dinero»; ahora dice «búsquedas del registro de empresas · cuatro mil ochocientos la consulta · resultado el mismo día». Tres personas esperan en la puerta, todas mirando hacia dentro.
Por la tarde Tong vuelve a alinear las postales en el alféizar de la portería. Dice que la de este mes todavía no ha llegado.
Digo que ¿qué día llegó la del mes pasado?
Dice que el diecinueve.
Dicho esto aprieta el contador una vez; salta un número.
Esa noche añado dos puntos al cuaderno.
3. Quién es la persona de pie dentro de la puerta.
4. Las dos cosas que la esquela no trae: qué día, y cómo.
Al acabar cierro el cuaderno y lo dejo debajo de la almohada. A la mañana siguiente lo vuelvo a sacar y lo meto en el bolso.
Día 182, 03:11:44, escalón 185.
Cabecera del registro de turno: 20 de septiembre.
A las siete y veinte entra en el archivo la trama del 20 de septiembre; esta ronda toca a la S-11 y a la S-17.
La capa 3, treinta y dos mil novecientas noventa y tres filas. La mitad. Tercera tira de notas, hoja sesenta y dos.
Al copiar la cifra en la nota adhesiva escribo un dígito de más; lo tacho y lo escribo de nuevo.
El móvil de Lao Song vuelve a sonar al mediodía. No dice qué trae el mensaje. Deja el móvil al lado del plato, espera dos minutos, lee, apaga, se lo guarda en el bolsillo: la secuencia entera, igual que ayer.
A las dos y media de la tarde sube Ye Zhen. Deja la bolsa de papel sobre mi mesa y saca una pila de hojas; la de arriba, escrita a mano.
Dice que de las sesenta y una, cuarenta y cuatro están.
Digo que ¿estar qué significa?
Dice que están en la base y están en la trama. Rótulo, número de portal, giro de actividad: de las tres cosas, dos se corresponden.
Dice que diecisiete no están.
Dice que de esas diecisiete, catorce están a cero. Igual que la primera versión.
Dice que hay tres que no están a cero.
Me empuja la hoja de arriba. Tres líneas, una tienda por línea, y detrás de cada una unas cuantas fechas.
Dice que la primera contrató una vez banda ancha, en 2009, y la dio de baja en 2013. Dos entradas en total.
Dice que la segunda sacó una tarjeta en 2016 y compró un billete de tren el mismo año. Tres entradas. Después, nada.
Dice que la tercera abrió en 2007, y aquel mes de apertura carga seis entradas: la licencia, hacienda, dos facturas de compra, un anuncio de empleo, un recibo de luz y agua domiciliado. Después, ni una.
Se pone el capuchón a la pluma; solo entonces levanta la vista.
Digo que ¿y las catorce?
Dice que cero.
Digo que entonces no es lo mismo.
Dice que ella también creía al principio que no era lo mismo.
Saca la hoja de debajo. Una columna de cifras, densa, una pegada a la otra.
Dice que las cuarenta y cuatro que están las ha contado todas. La que menos tiene: ciento diecisiete.
Digo que ciento diecisiete.
Dice que ciento diecisiete. Esa es un puesto de arreglar zapatos, a mitad de la calle; sin número de portal; el rótulo, escrito por su propia mano.
Digo que que él tiene ciento diecisiete.
Dice que cada día, después de recoger el puesto, ve ópera en el móvil. Once años.
Digo que ah.
Dice que en la primera versión escribió un cero. Que se equivocó.
Dice que no es cero. Es poco.
Digo que ¿poco hasta cuánto?
Dice que no sabe decirlo.
Dice que solo llega hasta «poco». Poco, y no dura.
Digo que ¿«no dura» qué significa?
Dice que las seis entradas de la tercera, todas dentro de aquel mes de 2007. Doce años después, ni una.
Digo que pero hubo, alguna vez hubo.
Dice que hubo, y se detuvo.
Deja las dos hojas una junto a otra y se pone el capuchón.
Dice que las cuatro de su hermana no cuentan; que las completó ella, en cuatro meses, después de veinte años en blanco. Que su hermana no entra en la estadística.
Digo que mm.
Guarda las hojas en la bolsa.
Dice que va a ordenarlo todo otra vez; que cuando lo tenga ordenado le dirá a ella la cifra.
Digo que ¿qué cifra?
Dice que cuánto de poco hace falta para que ya no esté.
Dicho esto se va. En la puerta vuelve la cabeza.
Dice: "Ingeniera Lin."
Digo que mm.
Dice que nada. Que no era nada.
Y se va.
Esa noche añado tres puntos al cuaderno.
5. Después del 26 de septiembre.
6. Qué hay después del minuto cuarenta en la cinta sin etiqueta de mi padre.
7. Si se acuerda de la comida de aquel día.
Al acabar las cuento: siete.
Cierro el cuaderno y lo meto en el cajón del medio del escritorio. Dentro hay unas gafas de leer, tres pilas y una pluma que ya no escribe. Cuando el cuaderno entra, la pluma rueda media vuelta.
Cierro el cajón.