[ARCHIVO DEL ECO · CAPA 3 · 49,0% DECODIFICADO · CLAVE: SONIDO EN DIRECTO DE LA CEREMONIA DE APERTURA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE VERANO DE 2008]
Día 179, 03:11:44, escalón 182.
Antes de salir, por la mañana, Nian todavía duerme. Le dejo la ropa en el respaldo de la silla y la leche servida en la mesa, enfriándose.
Hay un tramo de la calle en obra; la valla aprieta la acera a un metro. Al pasarlo yo, el que viene de frente se para primero y me deja paso.
Llego al instituto a las seis y cuarenta. Las luces del pasillo van con detector de sonido: hay que dar un pisotón. Doy dos. En la sala de máquinas hace veinte grados todo el año; primero repaso el registro del turno de noche de la Máquina Seis: anoche, sin novedad; de guardia, Xiao Gao. El reloj del viejo vídeo de la pared lleva once minutos de adelanto; ahora marca las siete y dos. Tong está en la portería contando cartas; cuando cuenta cartas no levanta la vista.
El registro de turno, abierto; en la cabecera escribo la fecha: 17 de septiembre. Escrita, me pongo el capuchón a la pluma.
Me preparo una taza de té y la dejo a mi izquierda.
A las siete y veinte entra en el archivo la trama del 17 de septiembre; esta ronda toca a la S-11 y a la S-17.
La capa 3, treinta y dos mil trescientas cincuenta y siete filas. Tercera tira de notas, hoja cincuenta y nueve.
Los cortes rotan por la congruencia entre el último dígito del número de trama y el número de estación; a esta ronda nos toca la tercera entrada del tramo local.
Lo primero, las cuatro cosas de siempre: número de trama, código de tiempo, duración, código de tiempo del subtítulo. Cincuenta y un segundos, desde 00:21:07.4 hasta 00:21:58.4. La tasa de bits, la de ayer; audio de 48 kHz, estéreo; el código de tiempo del subtítulo, en la segunda línea dentro del tramo. Los cuatro puntos, bien.
La primera entrada del tramo local es la reforma del aparcamiento de una urbanización; la segunda, los comedores de ayuda para mayores de un distrito. Las dos, resueltas antes de las nueve, con una línea en el campo del resumen cada una.
La tercera la dejo para el final.
Luego la abro.
La presentadora es una voz de mujer. Lee esto: «Esta emisora informa: esta mañana se ha celebrado en el 6 de la calle Keyuan Norte la ceremonia de despedida de los restos de la compañera Lin Wanqiu, ingeniera superior del antiguo Patio Seis.»
El primer plano es la puerta. Dos filas de coronas de flores; en la cinta de la primera hay letras; la cámara no se para, la letra no se llega a leer.
El segundo plano es la pancarta. Fondo blanco, letra negra, siete caracteres: «Duelo profundo por la compañera Lin Wanqiu». El clavo de la derecha de la pancarta está suelto; una pieza de la esquina inferior derecha se ha enroscado, y en la parte enroscada brilla un reflejo.
El tercer plano va de la pancarta a dentro de la puerta. Dentro, oscuro. Hay una persona de espaldas a la cámara, con un abrigo oscuro; no se le adivina la edad, ni si es hombre o mujer. La persona no se mueve.
El cuarto plano es una fotografía, fija tres segundos.
Fondo blanco, manga corta, azul oscuro.
Me quito la tarjeta de acceso del cuello. En la tarjeta está esta misma foto. La tomaron el año pasado, cuando el instituto renovó todas las tarjetas; en la habitación donde me fotografiaron había un ventilador, y el viento levantó un mechón de pelo a la izquierda, que no volvió al peine. El fotógrafo dijo que metiera un poco la barbilla. La metí. En la foto los ojos salen un poco caídos.
En la foto asoma un poco de azul de la cinta de la tarjeta, debajo de la clavícula. Esa cinta cuelga ahora de mi cuello.
Dejo la tarjeta junto a la pantalla, pegada a la fotografía.
Igual.
Me cuelgo la tarjeta; colgada, la toco una vez.
Tres líneas de subtítulo. Primera: Lin Wanqiu. Segunda: 2001-2079. Tercera: ingeniera superior del antiguo Patio Seis.
La presentadora sigue leyendo. Dice que la compañera Lin Wanqiu trabajó largamente en el procesado de señales de espacio profundo y que en 2039 participó en el trabajo temprano del proyecto «Eco». Mientras lo lee, la imagen sigue en las dos filas de coronas de la puerta.
Los cincuenta y un segundos, terminados.
Lo reproduzco otra vez. La segunda, a cuatro velocidades. La tercera, solo aquellos tres segundos.
Las coronas las cuento dos veces: catorce. Los siete caracteres de la pancarta los cuento uno a uno. El de dentro de la puerta sigue de espaldas todo el tiempo; la cámara se va y no se ha dado la vuelta.
La fecha de aquella trama es 17 de septiembre.
El volumen de la línea de la capa 2 en la tabla de catálogo, convertido, da como último día el 26 de septiembre.
Entre medias, nueve días.
Apago el volumen una vez y lo vuelvo a abrir.
Saco tres capturas: la pancarta, la puerta, la fotografía. En el nombre de archivo tecleo un carácter mal; lo borro y lo vuelvo a escribir.
Después borro la de la pancarta y la de la puerta, y me quedo con la de la fotografía. A la que queda le cambio el nombre: seis caracteres.
Como siempre, la letra del tramo local se la habría dado a Xiao Gao para cotejarla una vez. Ese día no se la doy.
Luego lo envío a verificación de doble estación. La S-17 lo decodifica por su cuenta, byte a byte idéntico; el fondo no arbitra. Según el reglamento, la otra estación solo compara bytes; no lee el contenido.
La espera es de dos horas cuarenta minutos.
En esas dos horas cuarenta minutos voy arrancando la tira de notas del lado derecho del monitor, una a una, y al acabar las ata con una goma elástica. La goma viene del cajón de la cocina de la casa vieja: en aquel cajón siempre hay gomas elásticas, grapas y tres clases de tornillos.
Alineo las tres plumas de la mesa, las puntas hacia el mismo lado.
Copio los metadatos de la fotografía en una hoja: número de trama, código de tiempo, tamaño del archivo, los ocho primeros caracteres del hash. Copiados, doblo la hoja una vez.
El té aquel no me lo he bebido; está frío.
A las dos y diez bajo al cuarto del agua. Al volver veo a Tong de pie ante el alféizar, con las postales en la mano. Al verme las devuelve a su sitio, una tapando otra, sin mover el orden.
A las dos y cuarenta vuelve el resultado de la S-17: idéntico.
Según el reglamento, las entradas anómalas se archivan numeradas. Esta entrada no es una anomalía. Número de trama, bien; código de tiempo, bien; doble estación, idéntica; subtítulo, legible; voz, sin doblaje posterior. No marco nada.
Añado una línea al libro de registros: número de trama, código de tiempo, duración; el campo del resumen, vacío. El código de tiempo lo cotejo dos veces antes de escribirlo.
Tong hojea el libro y lo ve. Pregunta que por qué la entrada de hoy va sin resumen.
Digo que no lo he escrito.
Dice que ah.
Xiao Gao trae una papeleta preguntando por un topónimo, de la primera entrada de la misma trama, lo de la reforma del aparcamiento de la urbanización. Lo consulto en la base: está. Pega la papeleta al final de su lista sin decir qué partida es. Al irse cierra la puerta sin golpe.
Al mediodía me como medio cuenco de arroz en el comedor. Hoy han hecho berenjena; frita antes, y una vez fría la piel se pone blanda. Lao Song viene con la bandeja y se sienta frente a mí.
Dice que hoy hay poca gente.
Digo que mm.
Dice que hoy Adebayo no ha venido.
Digo que ah.
Come un par de bocados y dice que aquella tabla suya la ha mirado.
Digo que ¿qué tabla?
Dice que aquella, la de siempre. Dice que él tampoco la entiende.
Me echa dos albóndigas. Digo que no las como. Se las come él.
Al mediodía bajo y me quedo un rato de pie en la puerta del recinto. En la placa, el «6»: arriba, la pata vertical se acorta un trecho. Lo miro dos segundos.
El árbol de la puerta murió al segundo año. Lo cortaron y quedó un hoyo; sobre el hoyo han puesto una plancha de hierro, y en la plancha un carácter pintado con esmalte: «lento».
El Lao Chen de la portería pregunta: "Ingeniera Lin, ¿hoy se queda hasta tarde?"
Digo que no.
Dice que ah. Dice que estos días hay un coche aparcado delante de la puerta sin parar, gris, no se sabe de quién.
Digo que no sé.
Al subir echo una mirada al alféizar de la portería: cinco postales alineadas por matasellos, el de la última mirando hacia fuera.
Me vuelvo adentro.
Por la tarde Shen Yi baja del tercer piso y pasa por delante de mi puesto.
Pregunta cuántas filas lleva hoy la capa 3.
Digo que treinta y dos mil trescientas cincuenta y siete.
Dice que casi la mitad.
Se va.
La puerta de la habitación del tercer piso, cerrada con llave. La luz, sin encender.
Ye Zhen viene una vez por la tarde, con una hoja de papel en la mano; va de un portal de la primera zona de la ciudad, y pregunta si la trama del 26 de agosto trae aquella calle. Digo que sí, y se la saco. Se queda a mi lado mirando; a la tercera pasada dice que basta. Mientras mira tiene la mano apoyada en el borde de la mesa, sin moverse.
Al irse dobla la hoja una vez, la vuelve a desdoblar, y dice que va a cotejarlo otra vez.
Digo que ¿y la zona de otra provincia?
Dice que todavía no ha llegado. Dice que la espera la tiene escrita dentro del plan de trabajo; lleva tres meses escrita.
Digo que ¿tres meses?
Dice que tres meses. Dice que este trabajo, de origen, es un trabajo de espera.
La hoja de tres columnas de Adebayo pasa ya de doscientas líneas. Sigue cotejando en cuanto entra cada trama nueva; la cuarta columna sigue vacía.
Esa tarde pasa por detrás de mí, se para un momento y pregunta si quiero ver el resultado del partido del 09-17.
Digo que no.
Dice que ah.
Da dos pasos y vuelve, y me alza el móvil. En la pantalla hay una tabla: un partido por línea, la fecha en la primera columna, el resultado en la última. Dice que ese partido es de mañana.
Digo que no lo quiero.
Dice que hoy ¿qué te pasa?
Digo que nada.
Dice que hoy te veo rara.
Digo que estoy cansada.
Dice que ah. Dice que mañana te lo digo, entonces.
Se va.
Le doy la vuelta a mi móvil, pantalla abajo, y lo dejo en la esquina de la mesa.
Por la tarde llega a Tong otra postal. La quinta. Dice que no piensa contestar. Alinea las cinco por matasellos en el alféizar.
Digo que ¿para qué alinearlas?
Dice que para ver qué fecha traerá la próxima.
Cierro el libro de registros y lo devuelvo a su sitio. Aquel día di pocas palabras en el instituto, y ninguna fue sobre aquella trama.
A la salida del trabajo me cruzo con Zhou Yansheng en la escalera. Pregunta si hoy no me encuentro bien.
Digo que no.
Dice que sería normal que sí.
Digo que no.
Dice que la exposición esa la ha leído.
Digo que mm.
Dice que tres líneas, muy bien.
Sigue subiendo agarrado a la barandilla; la mano se le para un momento en ella.
Al salir voy a por Nian. Me espera a pie de la casa de la clase de piano, con la carpeta de partituras abrazada al pecho. Dice que ya ha llegado el certificado.
Digo que ¿dónde lo has puesto?
Dice que en la estantería de su cuarto.
Digo que mm.
De camino a casa ya es de noche. La tienda del cruce ha cambiado de rótulo; la luz es roja, y cae sobre la acera en parches.
Por el camino dice que esta semana dos de su clase no han venido. Dice que la profesora dice que últimamente faltan muchos.
Digo que ¿por qué?
Dice que no sabe. Dice que a una le está ingresada la abuela.
Digo que ah.
Anda unos pasos y dice: "Mamá, hay quien dice en mi clase que en unos días el mundo se acaba."
Digo que ¿quién lo dice?
Dice que no sabe; lo dicen todos.
Digo que no se acaba.
Dice que dijo que no, y dijeron que les quería llevar la contraria.
De camino me paro en el mercado. Compro judías verdes, cebolletas, una tira de panceta de cerdo, dos tomates y un trozo de jengibre. Las judías me llevan mucho en elegirlas, una a una, arrancando la punta para mirar el corte. La verdulera me mira; al final se aleja por su cuenta a acomodar otras verduras.
En el puesto del jengibre tienen una televisión pequeña, con un programa puesto, el sonido muy bajo. No miro aquella televisión.
En casa lavo primero el arroz tres veces. Me ato el delantal dos veces; la primera, al revés.
Nian practica en el cuarto de dentro. Toca cuarenta minutos. El staccato del tercer compás sigue pesado. Al acabar dice ella misma: otra vez pesado. Digo que mm. Dice que la profesora dice que esa nota es el hueso. Digo que mm.
Repaso las judías. Una a una, arranco las dos puntas, saco la hebra. Un montoncito al acabar; las echo a la olla en dos tandas.
Cuando mi padre vivía, a las judías no se les sacaba la hebra. Decía que la hebra se saca cuando uno ya es viejo.
Nian sale del cuarto de dentro y se planta en la puerta de la cocina. Pregunta que por qué hoy no enciendo el televisor.
Digo que no tengo ganas de verlo.
Dice que ah.
La panceta, en trozos, a la olla con agua fría; roto el agua a hervir, espumar, tres pasadas. Aceite en la olla, azúcar fundida para el color, hasta un rojo de azufaifa, la carne dentro, dándole vueltas. Agua, hasta cubrir la carne, dos láminas de jengibre, un anís estrellado.
Bajo el fuego.
Me llevo un taburete a la puerta de la cocina y me siento. No miro el móvil. El piano del cuarto de dentro atraviesa la puerta cerrada; el golpe del tercer compás se distingue.
El último año de mi padre me senté muchas veces en el pasillo del hospital. Las sillas del pasillo son azules, ocho en fila. Una vez las conté: ocho.
Espero cuarenta minutos. En medio no levanto la tapa.
Pasados los cuarenta minutos echo las judías. Otros veinte.
Apago el fuego. Tampoco levanto la tapa.
Al rato la levanto; sube el vapor y deja su marca en la película de grasa de la campana extractora. La limpio con un trapo.
Pruebo un bocado y añado un poco más de sal.
Antes de comer Nian cuenta que la profesora le preguntó si estaba nerviosa.
Digo que ¿y qué le dijiste?
Dice que dijo que no.
Dice que en realidad sí lo estaba.
Digo que lo sé.
Pregunta que ¿cómo lo sabes?
Digo que se nota.
En la mesa Nian dice que hoy la comida va lenta.
Digo que mm.
Le escojo un trozo de carne al cuenco.
Dos bocados después pregunta que por qué hoy la miro sin parar.
Digo que no te miro.
Dice que sí me miras.
Digo que come.
Come con la cabeza agachada; a mitad levanta la vista y pregunta qué hay mañana por la mañana.
Digo que judías.
Dice que judías otra vez.
Digo que mm.
Al acabar trae el cuaderno de deberes para que lo firme. Firmo, y luego escribo la fecha. Al escribirla me paro un momento y termino el siete.
Mientras lavo los cuencos me llama desde el cuarto de dentro. No distingo qué dice; contesto, y no vuelve a llamar.
Un poco después de las once llega al grupo del equipo un aviso: mañana a las siete y media, reunión breve. Lo leo. No contesto.
Voy a asomarme a su cuarto. Duerme, con una mano debajo de la partitura. Saco la partitura y la dejo en la estantería, al lado del certificado.
Lavo los cuencos, lavo la olla, repaso la placa. El trapo de fregar, escurrido, sobre el grifo.
La cajita de pilas de botón donde guarda el diente, junto al metrónomo: la miro un momento, no la toco.
Saco lo que me pondré mañana y lo cuelgo detrás de la puerta. Colgado, lo pienso un momento y cambio una prenda.
Pongo el despertador a las seis y diez. Había pensado en las seis y media; lo pienso un momento y lo vuelvo a poner a las seis y diez.
En el salón la radio Farol Rojo sigue encendida, banda de onda corta, haciendo estática. Me siento un rato en el sofá; al cabo me levanto y cierro la ventana a medias.
Le bajo un poco el volumen a la radio. No la apago.