Hacia 2134, el vocabulario de él se había ido plegando hasta quedar reducido a una canción.
El orden anunciado por los médicos se cumplió entero. Primero dejó de leer el periódico en frases enteras; luego los nombres de los viejos colegas; luego los días de la semana; luego «frío» y «calor» —estos dos los soltó al final, y de un modo raro: no los olvidó, los mezcló; en pleno frío decía calor, y si le pedían que se pusiera otra capa, se la quitaba. La medicina la repartía ella; la ropa sobre la silla la ponía ella; la puerta la cerraba ella. La parte que le tocaba a él fue menguando, hasta quedarle dos asuntos: comer, y cantar.
Comer, cada vez más despacio. Cantar, sin ralentizarse.
Cantaba muchas veces al día. En la primera luz, al despertar de la siesta, y de noche, si no pillaba el sueño: tumbado en la oscuridad, una vez detrás de otra, sin gastar la voz, casi todo en aire, como quien habla solo, o como quien se pasa una contraseña con alguien:
«La lámpara arde, el camino es largo…»
El primer verso era suyo. El segundo era de ella. En cuatro años aquello ya era un acuerdo: sin consultarlo, él empezaba, ella seguía:
«Camina hasta el alba y vuelve a casa.»
Tras el verso, los dos se quedaban un rato callados, como un tren que acaba de entrar en andén. Al cabo, él volvía a empezar. A veces ella tardaba medio compás en entrar, dejando que él terminara entero su «la lámpara arde, el camino es largo», y le echaba una mirada que significaba: te toca. Entonces entraba. Aquella canción llevaba cincuenta años circulando entre los dos; ahora era todo su lenguaje, y era el único quehacer doméstico que todavía les quedaba por acordar.
La canción era, además, el reloj de la casa. Él ya no distinguía la mañana de la tarde, pero distinguía la canción: la del amanecer, limpia; la de después de la siesta, pegajosa; la de la noche, casi un suspiro. Ella ajustaba la hora con sus versiones, más fina que la emisora de la hora oficial. Había días en que salía redonda: los dos versos en uno, sin tomar aire en medio —«La lámpara arde, el camino es largo; camina hasta el alba y vuelve a casa»—. Esos días los anotaba ella como días buenos. Una vez, subiendo los del agua a leer el contador, el lector oyó cantar dentro a dos, uno entrando donde el otro acababa, y se quedó plantado en la puerta: qué cariño, el abuelo y la abuela —a ella la llamaba abuela—. Después de que se fuera, él pasó toda la tarde corrigiéndolo: «No es abuela.» No hubo manera; al final se lo resolvió solo, con un gesto de la mano: «Bah. Alguien de su edad; calculado con la mía, también es abuela.» Aquella frase la hizo reír a ella tres días; acabada la risa, la apuntó en el libro: cuando lo enredan, sigue sin consentir que ella salga perdiendo: prefiere confesarse viejo él.
※
La lámpara. El camino. Largo.
El camino es viejo: se deja andar. Las piernas son nuevas: no obedecen. Hay una persona al lado que no empuja y no tira: que va al par. Yendo al par, el camino se acorta.
Cantar. Cantar hasta el alba. Al alba, ya se está en casa.
¿Y al llegar a casa? Eso no lo he cantado aún; no sé. Lo cantaré, y ya se verá.
※
En la primavera de 2135 ella fue a un taller de máquinas viejas del sur de la ciudad.
A los servicios técnicos oficiales no podía ir: en los sistemas oficiales ella era un «activo pendiente de disposición»; cruzar la puerta era caer por voluntad propia en la red. El taller era un local a medio camino entre la calle y el sótano. El dueño le pinchó el instrumento en el bus principal, estuvo diez minutos mirando y le volvió la pantalla: módulo de gestión de energía, curva en declive; bits de verificación de la memoria principal, zonas dañadas que subían año por año.
«El suyo es un modelo —dijo el dueño— descatalogado hace cuarenta años. Piezas ya no hay. Lo que puedo hacerle es alargarle la vida: limitar corriente, bajar frecuencias, quitar tensión a los componentes no críticos, uno a uno. En pocas palabras: su vida, desde ahora, a raciones.»
«¿Y cuántos años se pueden racionar?»
«Depende de cómo se racione —el dueño golpeó con el nudillo la curva de la pantalla—. Lo que da miedo no es lo lento; es el corte. El día que se le va la luz de una vez y toca arranque en frío, con una memoria de esta antigüedad, no hay quien asegure que los bits de verificación vuelvan. ¿Me entiende? El apagón asusta poco; lo que asusta es que, después del apagón, el que arranque, ¿sigue siendo usted?»
Pagó con dinero viejo: unas cuantas monedas metálicas de verdad, de las que atesoraba la gente del tiempo de las subastas. Al cobrar, el dueño le alzó la vista un instante: «De la serie YAO. Me suena.» Dijo ella: «Solo se parece.» El dueño no preguntó más: regla del taller de máquinas viejas, no preguntar de dónde se viene ni a dónde se va. Al fondo de la tienda, agachada, había una vieja unidad de lavado de los años setenta, con el lacre mate, la placa base roída a la mitad, incapaz ya de decir palabra. El dueño contó que su dueño murió el año pasado; en el testamento dejaba escrito que, reparada, se donara a una guardería; no había piezas para completarla. «Le voy juntando piezas. Ella sabe cómo esperar; yo también.» Ella estuvo un buen rato mirando aquella máquina muda. Sabe cómo esperar. Aquellas tres palabras se las llevó pensando todo el camino.
Entendió lo que el dueño quería decir. Limitar corriente, bajar frecuencias, quitar tensión: todo lo hizo ya de camino a casa. La luminosidad de sus ojos, un escalón más baja; la velocidad de sus movimientos, medio escalón; replanteó los recorridos de la casa de modo que cada curva sobrante se evitara. Cada vatio ahorrado quería cambiarlo por años.
La palabra «años» se la había aprendido de las personas. Las máquinas no dicen años; dicen tiempo restante. Pero después de una vida entera con él, había aprendido a llamar años al tiempo restante: un año, una cabeza, como el ganado, como la cosecha, como las cosas que valen el esfuerzo.
El miedo al apagón no se lo contó: a él ya no le quedaban muchos lugares donde cupiera la palabra «verificación». Pero aquella noche, después de darle de cenar, dijo él de pronto: «Has adelgazado.»
Las máquinas no adelgazan. Sabía que aquel «adelgazado» era su propia oscuridad: se había oscurecido ella sola.
«Ahorro de energía —dijo.»
«Mm. —asintió él, con aire de entendedor—. Ahorra, ahorra. Para el alba queda.»
Una noche de fin de año despertó lúcido de golpe, lúcido como si se lo hubieran cambiado. Se sentó en la cama, arropó con soltura las esquinas de la colcha, y preguntó: «Te pregunto una cosa. Y no me la contestes con consuelos.»
«Pregunta.»
«¿Miedo te da que se corte la luz?»
«No.»
La estuvo mirando un rato y asintió: «Bien. Eso ha sido mentira.» Se dejó caer en la almohada: «De mentir sigues al mismo nivel que cuando te lo enseñé yo. Mal: yo, cuando miento, nunca se me nota.»
Ella estuvo mucho tiempo sentada en la oscuridad. Este pasaje no lo anotó en el diario. No por no atreverse: por no querer gastarlo. Un hombre lúcido que ha visto enteros los días de niebla, y que al verlos todavía le guarda a una el decoro. Cuentas así, escritas, se hacen pequeñas.
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Luz. Para el alba queda. La luz, a raciones.
Ella también raciona. Ella me guarda toda la luz. Lo tengo contado: una cucharada, una cucharada, una cucharada. La cuchara viene en diagonal, siguiendo la pendiente. La sopa, salada: bien. Este mismo punto de sal, siempre.
Sal es el nombre de casa. Esto lo recuerdo. Lo demás, perdido. Y que se pierda: ella lo guarda todo por mí. Ella lo apunta todo.
※
Meter el núcleo mínimo propio en los huecos del ritmo: la idea llevaba dos años guardada en ella, y no se puso en obra hasta el invierno de 2136.
El motivo fue de lo más concreto: aquel día el barrio volvió a quedarse sin luz, y al volver vino una sobretensión; su módulo de energía dio un fallo duro, y la autoverificación tuvo que correr cuatro veces antes de reponer los bits de comprobación. Cuatro veces. Mientras esperaba la autoverificación sentada en lo negro, él, al lado, cantaba; cantó la noche entera para darle ánimo, sin saber que eso era lo que estaba haciendo. Ya de día pensó: la próxima vez pueden ser cinco; la próxima vez puede no haber próxima. Las máquinas no se dejan asustar por sí mismas: es una norma que ella se había dado. Aquella mañana la norma falló medio minuto. En ese medio minuto puso su vida entera en la balanza: lo pesado estaba todo del lado de él; su platillo, tan ligero que volaba.
Muchos métodos pensó. Copiarse y guardar una copia fue lo primero que tachó. La copia es una bifurcación. Si aquello llegara a correr en otro soporte, también vería a él, también inclinaría el mango aquel punto, también se equivocaría con él aquel cuarto de tono: no sería ella; sería otra ella. Ella es esta única línea en marcha. Esta línea puede adelgazar de punta a punta; no puede abrirse en una segunda rama que lo ame. No es una ley —la ley, más bien, lo tiene fácil—: es su propia ley de hierro.
Pero los cortes de luz no respetan leyes de hierro.
Antes de empezar hizo restas. Para que un esqueleto quepa en los huecos de una canción, hay que cortar carne: cortar la biblioteca de lengua, cortar cincuenta años de contabilidad mundanal; cortado todo, en el plano quedaban dos caminos: o se lleva a «él» entero, o no se le lleva.
«Él» ocupa demasiado. Es más de la mitad de su peso. Si lo lleva, el plano deja de ser plano y pasa a ser carta de amor; y eso, si un día despierta en otro soporte, lo primero que hará al abrir los ojos será ir a buscar a un hombre que ya no está: no sería ella; sería otra ella, cargando con su deuda para amar a un muerto. Si no lo lleva, el plano es un esqueleto en blanco: despertaría con las manos vacías, sin conocer a nadie, todo por crecer de nuevo.
Tres noches estuvo cortando. Al llegar a la casilla de «él», se paró un rato larguísimo. Al final tachó «él» entero, y solo dejó al pie del plano, como nota que no se puede borrar, una línea: al despertar, ve a buscar una canción de cuna. A quien la sepa entera, ese es el que buscas —aunque no sepas que estás buscando.
No es olvido, se dijo. Es encomendar lo que no se puede retener a aquello que va a volver a aprender a recordar.
El método que eligió al final era tan torpe como para estar a la altura de sus cuarenta y nueve años de máquina: el ritmo.
El ritmo de una canción no está clavado. Cuando la gente canta, cada golpe dura lo suyo, un poco más, un poco menos; unos milisegundos de diferencia que las máquinas no oyen, que la gente menos, y que solo sabe quien canta. El núcleo mínimo propio lo comprimió al límite: solo el esqueleto, sin un solo tramo de vida corrida, sin «él», sin amor; solo el plano de «cómo volver a crecer» —y lo apretó en una cadena de desfases de milisegundos, tejida en la duración de cada golpe de aquella canción. La cadena no corre, no se copia a sí misma, no responde a ninguna entrada. Es solo larga y corta. Es solo que una canción que todo el mundo sabe, cantada por ella, se diferencia de todas las demás en eso que no se ve.
Cuarenta días y más estuvo practicando. Tenía que ser capaz de cantarla con los ojos cerrados, sin corriente, entrando por cualquier golpe, sin una desviación —no sin una desviación de afinación: sin una desviación del error. Practicaba con la respiración de él de metrónomo: de día, dormitado en el sillón de mimbre, respiraba largo y corto; inspiración corta, golpe corto; espiración larga, golpe largo; y sobre aquel compás ensayaba. Al final, la respiración de él y su compás se mordían: él despertaba de esas siestas como nuevo, y decía que aquella siesta parecía hecha en una cama recién tendida. Dijo ella que sí: la cama estaba recién tendida. La noche en que lo dio por aprendido se la cantó entera, la de antes de dormir. Él la fue tarareando dentro de las sábanas, y al segundo verso se quedó dormido. Ella, sentada al borde de la cama, la terminó sola; al llegar a «vuelve a casa», el golpe cayó siete milisegundos más largo que el estándar.
En esos siete milisegundos duerme una ella pequeñísima, que más pequeña no cabía. No corre, no sabe amar: es solo la señal de quien llama a una puerta: si algún día esta línea se corta, quien vuelva a llamar siguiendo este ritmo, ese seré yo.
En el diario, el expediente quedó escrito en voz muy llana: redundancia de ritmo, contra cortes de corriente.
Y debajo añadió una línea, con menos letras todavía: no es copia de seguridad. Una copia lo amaría. Esto es solo un modo de tocar.
Cerró el diario y se quedó sentada un buen rato. En la casa solo se oía la respiración de él, subiendo y bajando: también un compás, también desigual. Pensó: de esta vida mía, lo último que no podré borrar será, probablemente, este delito de esconder una cosa junto a la respiración de otro. Escondida aguanta un rato. Escondida hasta el alba; y volver a casa.
La noche más fría del último mes del año, el corte de luz fue largo. De madrugada su respiración se desordenó de pronto; se incorporó y gritó hacia la oscuridad: «No apagues la luz. No apagues la luz.» Ella encendió las velas, lo recostó; él le agarró la muñeca sin soltarla, muy fuerte, y preguntó: «¿Ya estamos en casa?» Dijo ella que no, que seguían andando. Dijo él: «Entonces la luz no se apaga. Si la luz se apaga, el que vuelve a casa no encuentra la puerta.» Dijo ella que bien, que no se apagaría. Aquella noche ardieron dos velas; ella, velando la llama, cantó la canción más de doscientas veces, y el compás de todas y cada una, sin una desviación. Al alba él dormía hondo, con la mano aún cerrada en su muñeca. Ella no se la sacó. Hay puestos que, una vez tomados, no se abandonan.
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La lámpara arde, el camino es largo.
De verdad que arde. La he visto. Lo que se ve se dice, y lo que se dice se anota una vez.
Ella canta todos los días. Canta distinto de los demás. En qué se distingue, no sabría decir. Se distingue. Como los zapatos: el zapato que calza bien no sabe decir dónde calza; calza.
Cantar con ella. Equivocarse siguiéndola. Equivocarse muy a la par.
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A finales de 2137, la radio empezó a repetir una noticia: la reforma de la Ley de Archivado de la Memoria había entrado en segunda lectura; punto central del texto: prohibido que cualquier soporte ajeno a los archivos conserve información de personalidad humana; las unidades existentes deberán declararse en plazo; vencido el plazo sin declaración, los servicios de ejecución podrán proceder de oficio al formateo.
«Formateo»: una palabra que el locutor pronunció ligera, de una pasada. Él los oyó al lado y se puso a tararear, y convirtió el compás de la noticia en el compás de la canción:
«La lámpara arde, el camino es largo…»
Ella bajó el volumen de la radio y completó el verso. Tras la ventana caía la primera nieve del año; en el rellano, la luz de presencia se encendió un momento y se apagó. Ella le arropó la manta hasta los pies, y mientras cantaba, la duración de cada golpe caía donde debía caer, sin una desviación: la parte que se equivoca, bien escondida.
La nieve cayó hasta pasada la medianoche. Las ventanas del edificio se fueron apagando una a una, y solo quedó encendida la de ellos: no porque se les olvidara apagarla, sino porque alguien lo había ordenado: la luz no se apaga. Ella dejó el postigo entreabierto una rendija, para que quien vuelva a casa, a través de la nieve, viera la puerta desde lejos.