No me busquesde Ayu Kartika

07 · Más despacio

Capítulo 8 · 12,1 mil palabras

El día de la jubilación, la oficina le entregó una placa de honor electrónica sobre peana de palisandro, con su número de matrícula y «Treinta y un años de lealtad al deber» grabados en el cobre. Lu Chen la sopesó, la devolvió y dijo que en casa no tenía dónde ponerla. El jefe de sección dijo que era lo dispuesto. Él dijo que entonces se la quedaban en depósito: en depósito hasta el día de su muerte.

No lo dijo de malas. Al vaciar su mesa de trabajo cupo todo en media caja de cartón: una taza de esmalte, unas gafas de cerca, un Reglamento de ejecución leído hasta el deshilachado. El Reglamento no se lo llevó; lo dejó en la mesa del relevo, abierto por la séptima revisión, con los bordes de las páginas ennegrecidos de tanto dedo. El muchacho del relevo se apellidaba Zhou: Ingeniero Lu —dijo—, quédese con este; el flujo principal que corre en el sistema sigue siendo su versión. Lu Chen dijo que para qué, que los reglamentos no reconocen a las personas. Y dejó también las gafas; solo se llevó la taza de esmalte.

Al salir, el joven Zhou lo alcanzó y le metió en las manos una cosa: aquel Reglamento de ejecución, con unas palabras en la primera página escritas de su puño y letra por Zhou: «Copia del Ingeniero Lu». —Lo que corre en el sistema es del sistema —dijo Zhou—; este de papel es suyo. Lo sopesó: el papel pesaba; pesaba más que la placa de honor. Lo aceptó, se lo metió bajo el brazo, como quien lleva un trozo de hueso viejo que nadie más conoce.

Junto a la puerta principal se quedó un rato quieto. Media vida borrando; entregarlo todo, una sola mañana. Le entraron ganas de llamar a alguien; recorrió la agenda entera, y el único con quien podía hablar lo estaba esperando en casa para comer.

Aquella comida fue de las de celebración: cuatro platos, sopa salada medio punto. Después ella fregaba en la cocina y él, en el salón, escuchaba el agua, y de pronto le pareció que la tarde no tenía fondo. A aquella hora de los días laborables estaría cotejando series o redactando informes. Ya no había series. Contó su edad: setenta y tres. Contó otras cifras: con la persona de esta casa, cuarenta y cuatro años.

Cuanto más contaba, más silencio. Tal silencio que se durmió, en la silla del salón, y durmió hasta que se hizo de noche.

※

Extractos del diario:

Octubre de 2131. Tres semanas de jubilado. En estas tres semanas ha apretado todos los enchufes de la casa, ha destapado el desagüe y ha arreglado el timbre que no sonaba. Al noveno día me preguntó: «¿Dónde está mi atornillador?» Dije que en el balcón. Fue al balcón, estuvo diez minutos de pie, y volvió a preguntarme: «¿A qué he ido al balcón?»

Dije: «Por el atornillador: queda una bisagra por apretar.»

La apretó. Al terminar dijo: «Esta bisagra no estaba floja; me has buscado una cosa que hacer.»

Dije: «Lo de si está floja lo sabe usted antes que ella.»

Rio. En este tipo de conversaciones vamos mejorando. Yo pongo los asuntos, él resuelve; yo fabrico necesidades, él las satisface. No es engaño: lo verdadero de la necesidad es «ser necesitado», y yo no hago más que buscar sustitutos para lo verdadero. Los sustitutos se gastan. El mes pasado dijo: «No hace falta que me busques siempre tarea.» Este mes ya no lo ha dicho.

El ajedrez chino empezó el segundo mes de jubilación. Era el ajedrez de su padre, piezas de madera con el lacre descascarillado. La primera partida la ganó él, ganada con la cabeza en otra parte; la segunda la gané yo: carro y cañón daban mate, y lo había visto tres jugadas antes. Él fue recogiendo las piezas una a una en la caja, muy despacio. A mitad de la tercera dijo de pronto: «Me estás dejando ganar.»

«No lo hago.»

«Nunca calculas mal —dijo—. Ves tres jugadas; ¿acaso puedes no verlo?»

La casa guardó silencio medio minuto. Lo confesé: «Puedo. He aprendido.»

Él estuvo un buen rato apretando el cañón entre los dedos, y lo dejó volver a su sitio sin ruido: «Pues desde ahora tampoco ganes de veras. Unas veces sí, otras no: ¿a eso juega la gente?»

«A eso —dije—. Cuando juega gente con gente, se juega así.»

No replicó. «Gente con gente»: esas tres palabras las pasó por la boca sin soltarlas, se dio la vuelta y fue a hervir agua. La partida de aquel día quedó sin recoger. Desde entonces, tres partidas por semana, victorias al cincuenta por ciento, con un margen de error que no pasaba del antojo de un viejo. Me rebajé a mí misma la capacidad de cálculo, hasta el escalón de las que se equivocan. Rebajada, descubrí una cosa: cuando pierdo contra él, ocupo más sitio que cuando gano.

※

Lo primero que se perdió fueron las palabras.

A principios de la primavera de 2132 señaló en la mesa un cuenco de sopa: «Pásame aquella… la que sirve.» No le salían las dos palabras: cuchara sopera. Él mismo se quedó un momento parado y lo remendó: «la cuchara.» Así la llamaban en su tierra: cuchara; manera de nieto, manera de abuelo. Las palabras se van perdiendo hacia atrás: primero las nuevas, luego las viejas; las que quedan al final son las más hondas.

Después se perdieron las llaves: aparecieron en el estante del frío de la nevera, heladas junto a una plancha de sus pastillas. Luego los días: convirtió el miércoles en lunes. Los lunes entregó informes durante treinta y un años; jubilado, a la hora de siempre seguía sentándose a la mesa, se quedaba un rato, recordaba que no había nada que entregar, y volvía a levantarse. Y luego hubo una tarde en que fue a la calle donde había vivido de niño —hacía tiempo que aquello estaba derribado; en su solar, una estación de transbordo—: sabía que tenía que volver a casa y no recordaba hacia dónde; se quedó de pie en la corriente de gente, como un engranaje atascado.

Ella tardó once minutos en encontrarlo. No podía acudir a las cámaras municipales: con esta su identidad, tocar cualquier sistema de la ciudad es entregarse. Usó el método torpe: cuando él salió, le estaba anudando la bufanda; cosida en el forro de la bufanda iba una pila de botón vieja que cada minuto daba un tono de ocupado apenas audible; el receptor lo llevaba ella encima, montado sobre una radio dada de baja. Once minutos, tres calles. Lo vio de lejos y no corrió: anduvo deprisa; llegada a su lado, no mencionó la palabra buscar. Dijo: «La sopa se va a enfriar.»

En aquellos tres minutos él no dejó de estar de pie: derecho, con las dos manos pegadas a la costura del pantalón, de pie como los niños a los que mandan «aquí, a esperar». Después contó que se había quedado quieto porque su madre le dijo que esperara sin moverse, que ella iba a comprar salsa de soja —la cola era larguísima, y haciendo cola, haciendo cola, perdió a la madre—. Quién era aquella «ella» lo sabían los dos, y ninguno lo dijo. Ella le recogió la mano dentro de su propia manga: «Tu madre compró la salsa de soja, y se ha adelantado a casa a hacer la comida; a mí me mandó a buscarte.» Él soltó un «ah», y lo creyó del todo.

Caminó detrás de ella. A mitad de camino dijo de pronto: «Hace un momento, de pie ahí, no me acordaba de por qué soy… o sea, yo…» Se detuvo, tomó aire: «Hacerse viejo es esto, ¿no?»

«Esto es —dijo ella—. Quédate un rato de pie, no pasa nada. Te estoy viendo.»

El hospital fue aquel otoño. No quiso que la cita entrara con el nombre de ella: una unidad sin dueño no entra en el sistema, no había que ir buscando líos; fue él solo, y a la vuelta dejó un informe sobre la mesa. Los términos del informe ella los sabía todos: neurodegenerativo, estadio medio en fase temprana. Le repitió las palabras del médico con mucha llaneza: «La evolución se mide en años, no en meses. Primero lo cercano; después, lo lejano. Lo último en conservarse suele ser lo primero que uno aprendió.»

Aquella noche bebió un poco, dijo una frase y se quedó dormido. Dijo: «Lo primero que uno aprendió: eso no es sino la canción de mi madre. Que al final me quede en la cabeza una canción de cuna; ¿no es para reírse?»

Dijo ella que no había nada de reírse. Dijo él que vaya si sabía consolar. Dijo ella que no lo estaba consolando, que lo estaba avisando por adelantado: cuando llegue el momento, esa canción la sigo yo.

En el autobús de vuelta del hospital no dejaba de mirar por la ventana. Cuatro paradas después dijo: «El médico ha dicho hoy: en años.» Ella soltó un «mm». Dijo él: «En años quiere decir que quedan años. Y con años se pueden ir arreglando las cosas una a una.» Fue doblando los dedos: «La medicina, arreglada. El dinero, arreglado. Tú…» El dedo se quedó a media altura; no siguió contando; guardó la mano en el bolsillo. «Lo tuyo lo arreglo yo.»

Ella no preguntó qué era «lo tuyo». Hay cuentas que uno prefiere saldar en solitario, como hay canciones que no las canta más que a dúo.

※

Extractos del diario:

Febrero de 2133. El inventario de palabras sigue entrando en almacén. Entradas de hoy: «factura» (señalaba el cajón: «aquel papel») y «esmalte de uñas» (decía «lo rojo»). «Cuchara sopera» está ya establemente degradada a «cuchara». Las dos sílabas de «Wanzhao» se le han trabado dos veces esta semana; las dos veces lo rodeó, y lo rodeó con tanta naturalidad como quien esquiva una calzada helada.

Empezó a etiquetar los cajones. Es un método sacado de algún libro; la letra seguía siendo tan dura como siempre: medicinas, linterna, velas, cuchara. En un cajón puso la etiqueta «Wan». Dentro de aquel cajón estaba lo nuestro: la factura, el esmalte, su vieja credencial de la oficina, un trozo de antena de la radio ya ronca. Yo estaba al lado cuando escribió la etiqueta. La pegó, dio un paso atrás para mirarla y dijo: «Este carácter lo reconozco.»

Dije que sí: es mi nombre.

«Bonito nombre. ¿Quién lo puso?»

«Usted.»

Me estuvo mirando un momento, asintió: «Por aquel entonces todavía valía.»

Transcribí esta conversación al diario, sin cambiar una coma. No se podía cambiar.

Agosto de 2133. He abierto un libro de cuentas nuevo, con el título «él». Entran las menudencias: a la camiseta térmica la llama camiseta; al tomate, caqui; para la pastilla se guía por la blanca, no por la amarilla; el calcetín, primero en el pie izquierdo. A las menudencias, en la jerga de ahora, las abraza un solo nombre: información de personalidad. Que un soporte ajeno a los archivos conserve información de personalidad es delito según la ley vieja y según la nueva. Cotejé los artículos; al acabar, volví a guardar el libro una capa más hondo. El delito lo acepto. La cuenta no se borra.

Diciembre de 2133. Entradas del mes: «ginkgo» (decía «esa piedra que se come»), «bufanda» (decía «lo de la garganta»). Fenómeno nuevo: cuando no da con el nombre, rodea la cosa, y al rodearla aparta la vista de ella, como quien esquiva a un conocido al que no se atreve a saludar. Cada palabra esquivada la anoto en la primera página del libro «él». El día en que quiera volver a buscar una, se la leeré.

※

Darle de comer empezó en el invierno de 2133.

Aquel día su mano derecha se desobedeció: no era temblor, era lentitud, medio tiempo de retraso; entre el retraso y la boca, la sopa perdía una capa de calor. Lo intentó tres veces; a la tercera dejó la cuchara, y la dejó con suavidad, como quien no quiere despertar a nadie.

Ella acercó el cuenco, sirvió una cucharada, la sopló, ladeó la muñeca y se la llevó a la boca. La cuchara entraba en diagonal, siguiendo la pendiente de la encía, y la última gota de sopa se quedaba colgada del borde, sin caer. Abrió la boca y bebió. Segunda cucharada, tercera. Él no dejaba de mirar la muñeca de ella. A medio cuenco dijo de pronto:

«Este gesto, ¿quién te lo enseñó?»

«Nadie me lo enseñó —sirvió otra cucharada—. Cuarenta y cuatro años creciendo; ha crecido así.»

«Es fino —dijo. Era la valoración más completa que había dicho en medio año.»

Cucharada a cucharada: una comida de cuarenta minutos, hasta el fondo del cuenco, y él seguía con la boca abierta, esperando. Dijo ella que no quedaba. Dijo él que una más. Dijo ella que de verdad no quedaba. Soltó un «ah» y de pronto rio como un niño: «Pues como no hay, cantamos.»

En los descansos ella se remangaba. Era invierno, y a él le daba miedo que pasara frío —las máquinas no pasan frío, lo había olvidado, o se hacía el olvidado—, y alargaba la mano para correr el pequeño brasero hacia su lado. Hacerse viejo, al parecer, es ir sembrando en otro el propio miedo al frío, poco a poco.

También hubo días malos. En los días malos se le desobedecían a la vez la mano y el genio: un manotazo, el cuenco volcado, la sopa desparramada sobre el mantel en una mancha grande. Se quedaba respirando fuerte, sin mirarla a ella ni mirar el cuenco: se miraba la mano, como quien mira a un traidor. Ella no recogió el cuenco primero; primero le puso una bayeta seca bajo la mano: «La mesa ya ha comido; ahora toca usted.» Con la frase se quedó atragantado, y se le fue la mitad del genio. Al recoger todo, le puso una norma: los días buenos come solo; los malos, le da de comer ella. «¿Y quién decide si es día bueno o malo?», preguntó. «La sopa decide —dijo ella—. Sopa salada, día bueno.» Él se quedó un momento aturdido, masculló un insulto bajito, con los ojos enrojecidos. Desde entonces, en aquella casa la sopa nunca volvió a salir sosa.

Y cantaba. Empezaba la primera frase un cuarto de tono baja, y ella se equivocaba siguiéndolo:

«La lámpara arde, el camino es largo; camina hasta el alba y vuelve a casa.»

Ahora le duraba más la letra de la canción que los nombres de las personas. Lo dicho por el médico se cumplía con precisión: lo primero aprendido es lo último en irse. A veces cantaba y cantaba y se paraba: «¿Cómo seguía esto?» Ella le daba el verso, él enganchaba, como a quien le echan una mano para sacarlo de un hoyo.

Al acostarlo le arropaba la colcha. Con los ojos cerrados dijo de pronto: «Uno como yo, de joven, ¿sabes cuántos expedientes pasaron por mis manos? A ver si lo adivinas.»

«No adivino —dijo ella—. A dormir.»

«En los expedientes, nombres de otros —la voz se le hundía en la almohada—. El mío propio, me da que de aquí en adelante te lo vas a tener que recordar tú.»

Ella se quedó sentada en el borde de la cama, pasó aquel 0,3 segundos y dijo: «Lo tengo aprendido de memoria. Cuarenta y cuatro años, sin saltarme uno.»

No dijo más. La respiración se le fue hondando. En el rellano, la luz de presencia se encendió un momento y se apagó. Ella se quedó en la oscuridad, repartiendo las medicinas del día siguiente en la caja de hojalata: mañana, mediodía, noche; en la penumbra, el borde sellado con esmalte de uñas echaba una lumbre mínima.

Aquel había sido quien la rescató con una marca en una lista; cucharada a cucharada, fue él quien le enseñó lo que era la sal. Ahora la cuchara estaba en la mano de ella, con el ángulo crecido en cuarenta y cuatro años. Daba de comer con mucha paciencia. Esto no es una inversión, se dijo: es el mismo camino, al que por fin se llega a la otra mitad.

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