La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

30 · El último día

Capítulo 30 · 12,6 mil palabras

El día veintitrés del duodécimo mes lunar, la pequeña víspera. Me subí al taburete a arrancar la hoja del calendario; el papel, un crujido. La abuela me pasó un papel para limpiarme las manos de caramelo; el papel, sin letra. La hoja arrancada la dobló en cuatro y la metió en la boca del fogón; dijo: que se vaya. La llama lamió una vez, y ya no estuvo. La nieve llevaba dos días parada; del muñeco de alguna puerta quedaba media mitad, los ojos de boquilla de carbón, caídos en la nieve.

Aquel día hubo clase todavía. En la cartera, dos cosas: el cabito de lápiz en el bolsillo izquierdo, el botón de latón en el derecho. Cada tramo de camino, una apretada por encima de la tela. Estaban.

En la esquina alta derecha de la pizarra, escrito: veinticinco del duodécimo mes lunar, el último día antes del Año Nuevo. El de guardia fregaba la pizarra; al llegar a aquellas dos líneas se paró un momento, y no las fregó. Dos golpes en la puerta de atrás, y entró el viejo Wei, una capa de nieve en los hombros sin sacudir, el abrigo abrochado hasta el cuello. Se sentó en una esquina del fondo; el taburete, meneando; él sin sujetarlo.

Entró la de la bata gris; detrás venía un hombre, un bolso negro que al andar no sonaba. La tiza se paró. Dijo: sentados todos. Palabra a palabra. Dijo: la última clase antes del Año Nuevo, hasta el veinticinco del duodécimo mes lunar. Dijo: la clase de allá, hasta donde ustedes dejen de entender; después, a escucharla los grandes. Los cuadernos, entregados todos: uno crece, y el cuaderno no se queda. Dicho esto se paró. Del parado, aquel tramo, yo esperé. Dijo: no hay más.

La pila de cuadernos del alféizar la recogieron, pila a pila metida en el bolso negro, la boca abierta al máximo. El mío, en medio, una esquina azul. No lo vi entrar; vi cerrarse la boca del bolso, y el broche, un clic. El cuaderno de Wang Chaosheng, enrollado en el bolsillo; al tocarle el nombre en la lista lo sacó, lo estiró y lo entregó. Dijo la de la bata gris: se acabó. Afuera hay quien les da caramelos: no los cojan.

Al anunciarse lo de los cuadernos, el viejo Wei se quedó sentado al fondo, sin moverse. Los demás se levantaron; él, sentado, el gorro quitado y puesto sobre las rodillas. Esperó a que el bolso negro saliera primero, a que la de la bata gris le siguiera, a que la puerta cerrara; entonces se levantó, devolvió el taburete a su sitio, las patas, sin un ruido. Salió por la puerta de atrás; antes de irse se paró medio paso junto a mi mesa, sin hablar. Vi en su nuca una raya, roja, sin romper la piel.

Llegada a casa traje el taburete y miré detrás del telar de mamá. La cesta, allí. Toqué el corazón de la lana roja; la punta del hilo, hacia fuera todavía. Mamá tejía sin volver la cabeza; dijo: fuera hace frío; entra a calentarte las manos. Dije: hoy recogieron los cuadernos. La lanzadera, para allá, para acá. Dijo: recogidos, pues recogidos. Papá volvió tarde, y entró con un aire de nieve. En la cena dije: ya no hay que ir a dar los números. Dijo papá: un camino ahorrado. Mamá corrió el plato hacia mí. Nadie dijo más.

——El día veintiséis del duodécimo mes lunar, Zhou Yu llegó a las seis de la mañana; el último tren, cuarenta minutos de retraso. Al entrar miró primero la puerta del cuarto de Zhou Shu; cerrada; se quedó un rato de pie fuera, sin llamar. El desayuno lo calenté tres veces. Zhou Shu salió a las siete, vio los zapatos en la entrada, se paró, y dijo: papá. Dijo Zhou Yu: ya estoy. Dijo Zhou Shu: ajá. Dos frases, y no más.

Por la mañana tendió la lista, siete líneas, y fue firmando línea a línea. La última línea, la Confirmación de los treinta días previos al cierre de la ventana, por duplicado, las columnas dos milímetros más estrechas que las del organismo. La leyó tres veces, sacó de la bolsa su propia pluma, firmó, y sobre la costura de las dos copias puso una huella en cada una. Puestas las huellas separó las dos copias: una, doblada, para mí; la otra, al fondo de su bolsa de papel kraft, con peso encima de todo. Dijo: ¿cuántas líneas quedan? Dije: ninguna; solo esta. Dijo: si adelante hay, me las das cuando sea. Zhou Shu, al lado, lo miraba guardar la pluma y dijo: papá, tu huella es más lenta que la firma de mamá. Dijo Zhou Yu: la huella, lenta, no se puede negar. Zhou Shu soltó una risa y se fue al cuarto.

El calendario, abierto por el veintiséis del duodécimo mes lunar. Con el lápiz puse un punto en aquella casilla. Diecisiete.

——El día veinticuatro, en el pasillo de abajo había un olor a humo. El fuego, en el primer piso, pequeño, un acolchado de base, la llama baja. El viejo Wei, agachado al fuego, las tenazas con papel, hoja a hoja hacia dentro. En el papel, letra; cabecera azul: traductores de la séptima generación. Aquella hoja dentro: un arrollamiento; la letra, primero no; el papel, después. Pregunté: ¿qué se quema? Dijo: papel que no sirve. Dije: tiene letra. Dejó las tenazas y alzó la cabeza a mirarme. Dijo: las letras de este papel no son las que ustedes dijeron. Y añadió: lo que los grandes mandaron guardar, guardado. Lo que los grandes no mandaron guardar, yo lo quemo. La bolsa de tela, junto a sus pies, la boca recogida, abombada en un bloque, cuadrado. Miré aquel bloque. Con el pie corrió la bolsa medio palmo hacia atrás y dijo: mira por dónde andas. Acabado de quemar tendió la ceniza con las tenazas; dijo: tendida fina, se enfría antes. Cogió la bolsa y subió; la bolsa, sin ruido.

Volví al cuarto y abrí el cuaderno de la lana, hasta la página de la primera vez: dice brillante. La letra, allí; repasada una vez, empapada de aceite, el papel dejando pasar la luz. Cerré el cuaderno y lo puse con peso bajo la almohada. La frase la pasé dos veces por dentro: es como poner otro cuenco sobre una pila de cuencos. Puesto. La mano todavía no se atreve a soltar. La segunda pasada y la primera, ni una palabra distinta.

Acabado, salí una vuelta, rodeé hasta detrás de la emisora. La ventana de atrás, alta; de puntillas, la punta de los dedos, apenas al canto del alféizar. En la anilla de la cerradura seguía el alambre, la punta con sus dos vueltas. Lo miré un rato desde la nieve, sin acercarme. A la vuelta anochecía; los faroles me tiraban la sombra delante, y terminé la calle pisando mi sombra.

——La mañana del día veintisiete vino He Che; la rueda de la caja sonó por el rellano hasta la puerta. No trajo los tres tomos: solo el cuaderno de tapa negra. Abierto, la casilla nueva al final, dividida en dos columnas verticales; la de la izquierda, aparato; la de la derecha, testimonio. La del testimonio, vacía; la cabecera, repasada dos veces, los trazos hondos. Puso el cuaderno en medio de la mesa y dijo a Zhou Shu: la casilla, abierta. Dijo: la columna del testimonio, primera vez en treinta años. Adelante, lo que diga la gente, también cuenta.

Zhou Shu andaba ordenando el cajón. Fuera la notificación de suspensión; las tres autorizaciones; el recibo; cada cosa con su clip. Al fondo del cajón quedó una casilla vacía. Dijo: esta casilla la dejo para mí. Acercó el cuaderno de He Che, lo miró una vez y dijo: pues esto de hoy, dentro.

Dijo He Che: ¿y hoy qué hay?

Dijo Zhou Shu: quiero oírlo otra vez. La última. Se igualó el cuello del jersey, como quien va a un sitio. Dijo: esta vez no traduzco. Ni grabo, ni pregunto. Que lo diga eso solo. Dicho esto miró a He Che. He Che dejó la pluma y dijo: entonces yo cuento. Zhou Shu sacó de su cuarto el cuaderno de tapa blanda, lo sopesó en la mano y lo volvió a guardar. Me dijo: mamá, esto lo apunto yo. Se dio una palmada en el dorso de la mano.

Se sentó junto al radiador, las dos manos sobre las rodillas. Yo, de pie en la boca de la cocina, las manos frotadas dos veces en el delantal, sin nada que frotar. En el cuarto, solo el agua de los radiadores. He Che se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa; se oía andar las agujas.

Cuando ella cerró los ojos corrí la tapa de la olla, suave, para que el agua sonara menos. Nadie me lo pidió: la corrí yo.

Primero se levantó un dedo de Zhou Shu; levantado muy poco, como para recibir algo, y de vuelta sobre la rodilla. Después, en mi boca, hubo una palabra.

No sabía que estaba recitando. La palabra ocupaba un aliento entero; a mitad, la boca llena, y había que seguir; a media vía se cambiaba el aire, cambiado, y seguía siendo ella. Al recitarla las dos manos querían sostener algo; no había nada al alcance donde sostener, y quedaron en el aire. Acabada, las manos solas volvieron a las rodillas. Y en mis rodillas había, en efecto, un par de manos. El agua de la olla hirvió, y nadie fue a apagarla. Cuando se hizo el silencio vi que el reloj de He Che seguía andando sobre la mesa, que Zhou Shu seguía con los ojos cerrados, las pestañas, quietas.

Zhou Shu me miró. Dijo: mamá, lo has recitado.

Dije: ¿y qué he recitado?

Dijo: lo has recitado. Yo también. Las dos recitamos lo mismo.

Le preguntó He Che: ¿no lo tradujiste?

Zhou Shu negó con la cabeza. Dijo: eso no me pidió traducir. Dijo: la palabra del estrado, el día uno del duodécimo mes lunar, venía señalándome a mí, y no la tomé. Esta de hoy venía señalándolos a ustedes. Al decir ustedes alzó la mano y señaló un círculo por el cuarto: dentro quedaban su madre, He Che, y algún otro.

La mano de He Che, apoyada en el reloj. Levantó la cabeza, la voz plana: de las diecisiete horas seis, treinta segundos. Dijo: lo conté dos veces; diferencia cero. Acercó el cuaderno de tapa negra y escribió en la columna del aparato: todas las bandas, empiezan a la vez, acaban a la vez, treinta segundos. Escrito, se paró un momento, y en la del testimonio escribió: tres personas, a la vez, cada una una palabra, la misma palabra. Acabado puso el capuchón a la pluma; dos intentos.

Dijo Zhou Shu: falta uno. He Che levantó la cabeza. Zhou Shu señaló el teléfono y dijo: esta noche lo saben. He Che miró un rato el teléfono, volvió a abrir el cuaderno y, debajo de la columna del testimonio, dejó una línea vacía, sin letra: una raya horizontal. Dijo: esta línea, queda.

Al anochecer llamó Xiao Cai, la voz baja. Dijo: hoy por la tarde, en la estación, todas las bandas se levantaron a la vez y bajaron a la vez, treinta segundos; la línea base, diferencia cero. Dijo: el jefe preguntó si se abría acta; dije que primero guardaba los números, esperando su llamada. Dije: guardados. Dijo: la gráfica la calqué; los treinta segundos, pegados en una sola tira, el principio y el fin de un vistazo; mañana te la llevo. Dijo: hermana, en treinta años, todas las bandas, nunca esto. Dije: lo sé. Al otro lado esperó un tramo; sin continuación, colgó.

Por la noche llamó primero Zou. Sin preguntar cómo estar: primero el número: a las diecisiete seis, recitada. Dijo: mi mujer dice que estuve recitando en el cuarto, medio minuto; acabado me senté en la cama, ella preguntó qué decía, y dije que no sabía. Dijo: una línea más en el cuaderno. Aquellos tres cuadernos suyos, diecinueve años, apuntando solo horas de estar despierto; por primera vez, algo de dentro de las horas de dormir. Dijo: diecinueve años apuntando horas, y ni una línea con palabra. La de hoy, con palabra. Dicho esto colgó; colgado más rápido que de costumbre.

El teléfono de Zhu Aizhen, detrás del de Zou. Dijo: yo también la recité. Una pausa. Dijo: los de la Sexta. Lo repitió: los de la Sexta, ¿la recitamos todos? Dije: Zou la recitó, yo la recité. Dijo: yo la recité pelando judías verdes; a media peladura, las judías por el suelo, y las dos manos en el aire todavía, como esperando recibir algo. Al otro lado no habló; pasado un tramo dijo: entonces, todos.

Colgados los tres, llegó el de Wei Dongquan. Una frase sola: la he oído. Una frase, y un tramo callado. Del callado, nadie tomó. Dijo: hasta aquí. Colgó. Después caí en que no dijo si la había recitado. Aquel oído suyo, sordo por la mitad, treinta años tomando por turno de trabajo aquella capa de vaivén. Qué capa oyó esta vez, no lo pregunté. Hay números que, cuadrados, se dejan.

Las horas de las tres llamadas las apunté en el cuaderno de tapa blanda, una línea por persona: Zou, las siete veintiuno; Zhu Aizhen, las siete treinta y cinco; Wei Dongquan, las siete cuarenta y ocho. Acabado, una lectura. Hace treinta años ellos apuntaban los números; treinta años después, apunto esto. Cerré el cuaderno tan rápido como aquel niño de hace treinta años.

Zhou Shu añadió una línea al papelito de aquella casilla y, escrito, me lo enseñó: número treinta y uno, la última, recitada por personas. Con la fecha: veintisiete del duodécimo mes lunar. Metió el papelito en la casilla del fondo del cajón, sin tocar la notificación de suspensión, las autorizaciones, el recibo; un dedo de aire en medio. Dijo: esto no va con lo de ellos. Señaló las cosas de fuera del cajón.

De noche llamó Gu Ling; aun de mesa a mesa se le oía el ritmo de una frase y una parada. Dijo: la casilla de los cuatro minutos, la raya la dibujé yo; que la rellene quien venga. Dijo: los treinta segundos de hoy, a la columna del testimonio. Una pausa. Dijo: los nombres, todos; que no falte uno. Antes de colgar dijo: aquella de hace treinta años la vi en la tele; esta, la he pasado en la oficina, solo, y también la he recitado. Dicho esto esperó un tramo. De aquel tramo yo tomé. Dije: lo sé; la recitamos todos. Soltó un ajá al otro lado; más corto que todas sus pausas. Colgó. Zhou Shu asomó la cabeza de su cuarto: mamá, ¿era el director Gu? Dije: sí. Dijo: aquella raya, ya la llenó alguien. Dicho esto cerró la puerta, dejando una rendija de un dedo.

Antes de irse, He Che preguntó cómo se escribían los nombres. Fui dando: Zhu Aizhen, de la Sexta. Zou, de la Quinta. Al tercero me paré un momento y dije: Lin Wanzhao, de la Séptima. Él escribió trazo a trazo, la promoción detrás del nombre, casilla a casilla, lleno del todo. Acabado me señaló la raya y dijo: esta línea, mañana por la mañana se llena.

——El día veinticinco, la pizarra, sin fregar nadie. Los niños de las otras clases venían, se tendían en el alféizar a copiar aquellas dos líneas, y copiadas, se iban; las letras, quedándose. Al mediodía me tendí en la ventana; el sol, viniendo del sur, dio primero en la derecha de la pizarra, y fue pasando a la izquierda poquito a poco; pasado lo de veinticinco del duodécimo mes, pasado lo de antes del Año Nuevo, entró en las dos palabras de último día, las letras, blancas un rato; pasado, otra vez negras. Vi el proceso entero y las dos líneas las pasé una vez por dentro, trazo a trazo; un trazo mal, y otra vez desde el principio. Abajo, un coche blanco; subieron una caja de cartón; los pasos pasaron nuestro piso hacia arriba, y a los dos cuartos de hora bajaron, con las manos vacías. Dos surcos en la nieve.

Aquella tarde de hace treinta años yo no sabía que esta palabra sabría esperar. Treinta años de espera, por tres personas que no pueden decir una frase entera, para llenarla recitándola, todos en el mismo minuto. Aquella tarde yo solo sabía: los cuadernos, recogidos; la clase, conmigo. La pasé dos veces más por dentro; la segunda y la primera, ni una palabra distinta.

De noche abrí la lata. Las dos cintas tumbadas una junto a otra, la de los doce detrás, la de los siete delante. Con el dedo las empujé un poco hacia dentro, emparejadas, sin ponerlas a andar. La hoja del testimonio que dejó He Che la puse con peso sobre la tapa, el canto del papel parejo con el canto de la lata. El calendario, enderezado, abierto por el veintisiete del duodécimo mes lunar; con el lápiz, un punto en aquella casilla. Puesto el punto, la tapa cerrada; un golpe suave.

Quedan dieciséis días.

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