A los primeros hielos, el anotador vino a casa a traer un recado. La bicicleta, apoyada en la puerta del patio; de las manillas colgaban las pinzas de hierro; él, de pie en la puerta, sin entrar. Dijo: pasado mañana por la mañana, al cuarto grande. Una pausa. Y añadió: viene gente de arriba, a preguntar lo de las palabras.
Mamá salió del cuarto, la harina sin sacudir del todo de las manos. Preguntó mamá: ¿qué palabras?
Dijo: eso se sabe yendo. Una pausa. Ladeó el cuerpo, miró una vez el patio y dijo: trae el cuaderno.
Alcancé la puerta y pregunté: después de preguntar, ¿se siguen dando los números?
Montó en la bici; el pedal, media vuelta en vacío. Dijo: se dan. Una pausa. Primero, preguntar.
Las ruedas pasaron sobre la tierra helada del patio, dos tumbos, y fuera de la puerta. Mamá volvió al cuarto a amasar. Dijo: preguntar, pues preguntar. No dijo nada más.
Pasado mañana era domingo. La fábrica descansaba; los niños del patio, todos en casa. Erya no iba. Erya ya no daba los números desde el otoño; decía que era lerda, que no le salían. El sábado, por la tarde, la encontré en el cuarto del agua. Traía la tetera, llenándola. Dije: mañana, lo de preguntar, ¿vas? Ladeó el vapor de la boca de la tetera. Dijo: lo de preguntar, qué tengo yo que ver. El agua llegó arriba. Se fue con la tetera, la base arrastrando el suelo, sonando hasta lo hondo del patio.
Lo acordado fue el puente. Wang Chaosheng llegó primero, agachado en el poyo de piedra, apretando medio lápiz en la mano. Dijo: lo afiló su padre, en punta por los dos lados. Lo alzó para que lo viera. Una punta, en efecto, fina; la otra, rajada, la madera en astillas. Dijo: la rajada también escribe; lo que hace es arañar el papel.
La nieve de la calle de atrás, barrida; a los lados, montones de nieve, helados en firme. Todo el camino al cuarto grande fue rayando los montones con el lápiz. Una raya, unos pasos corriendo, otra raya. Al llegar a la esquina, los montones llevaban una fila de rayas blancas. Dijo: esto es dejar firma. Quien falte, con ver las rayas se sabe.
El cuarto grande, siempre el mismo. La mesa larga con su tela blanca; la tela, lavada hasta gris, un parche en medio, las puntadas torcidas. Una fila de tazas de esmalte al cabezal, un aro de esmalte desprendido del fondo de las tazas. El termo, atado con un cordón rojo; los estandartes, enrollados, apretados con una goma. La ventana, alta; la luz cayendo en diagonal, en medio de la tela blanca. La estufa encendida; la chimenea, con una curva.
De arriba vinieron dos. Uno de uniforme azul, el botón del cuello abrochado hasta arriba; al sentarse se tiró del bajo de la chaqueta. Uno con un bolso negro, las esquinas lustrosas de tanto roce; al entrar dejó el bolso junto a la pierna. El del uniforme, sentado de frente; el del bolso negro, de lado, el cierre abierto a la mitad, asomando dentro una pila de hojas blancas.
La de la bata gris fue pasando lista. Al que tocaba, respondía, y ella detrás del nombre ponía la raya. Los nuestros, siete, sentados al este. Los de la fábrica de papel, al oeste, dos mesas de por medio. Estuvimos todos; dobló el papel de la lista y lo dejó con peso debajo de una taza de esmalte. Con el papel puesto dio una vuelta al cuarto y empujó las dos ventanas hasta cerrarlas.
El del uniforme habló primero. Dijo: hoy no se dan los números. Una pausa. Hoy es preguntar.
Dijo: y qué se pregunta. Qué palabras hay que ustedes no pueden traducir.
El cuarto, un momento callado. En la estufa se hundió un carbón, con un golpe.
Wang Chaosheng sonó primero. Dijo: todas se pueden.
El del uniforme lo miró. Dijo: ¿todas se pueden?
Dijo Wang Chaosheng: se pueden. Una pausa. Lo que pasa es que nadie nos escucha traducir.
El del bolso negro sonrió sin ruido. Sacó la pila de hojas blancas y las fue tendiendo, una por una. Papel duro; al tenderlo, sonaba. A la séptima, la esquina de la mesa levantó canto, y él le dio una palmada para asentarla.
Dijo el del uniforme: esto no es examen. Dijo: los números de la parte de atrás del cuaderno, ustedes todos los han visto. Cincuenta y uno, y lo de después. El tramo que no se puede imprimir. De arriba quieren saber si ese tramo lo pueden traducir. El que no pueda, que levante el brazo. Levantado el brazo, eso de atrás no se imprime.
El niño de al lado dijo: si el papel no tiene letras, ¿cómo se traduce?
Dijo el del uniforme: por eso se pregunta. Una pausa. Las letras están en la boca de ustedes. Se imprime o no se imprime, lo deciden ustedes.
Dijo Wang Chaosheng: si lo imprimen, nos lo aprendemos.
Dijo el del uniforme: aprenderse es cosa de después. Puso la mano sobre las hojas blancas. Hoy se pregunta una sola cosa. Se puede, no se puede.
El cuarto, callado otra vez. La de la bata gris se levantó y volvió a cerrar las ventanas a la mitad. El aire entraba por la rendija; las esquinas del papel blanco, arriba y abajo.
El del uniforme empezó a dar los números.
Dijo: cincuenta y uno. El que pueda, sin moverse. El que no pueda, que levante el brazo.
Nadie lo levantó. Los niños, mirándose.
Dijo: cincuenta y dos. El brazo.
Al fondo se levantó un brazo, levantado bien recto: un niño gordo de la fábrica de papel. El del uniforme cabeceó al del bolso negro. El del bolso negro trazó una raya en el papel.
Cincuenta y tres. Cincuenta y cuatro.
Los brazos, cada vez más. Algunos a medias, el codo en la mesa, la mano en el aire. Dijo el del uniforme: en el aire también es levantado. Y aquellas manos se quedaron todas derechas. Al oeste había un niño que cambiaba de brazo: levantaba el izquierdo, miraba un vistazo al de la derecha, y cambiaba al derecho. La de la bata gris fue y le sujetó un brazo. Con el brazo sujetado siguió levantado; el otro se lo guardó.
Al cincuenta y siete levantó Wang Chaosheng. Lo levantó de golpe, y el brazo tumbó una taza de esmalte. La taza no rodó; el agua se salió y se tendió sobre la tela blanca. La de la bata gris vino a fregar. Las orejas de Wang Chaosheng, rojas. Dijo: yo lo he levantado por el cincuenta y siete. El cincuenta y siete lo puedo. Lo de después, no me atrevo a decir.
Dijo el del uniforme: número a número.
El cincuenta y uno es el que yo no levanté.
Al leer el cincuenta y uno, sudor en las palmas. Me quedé sentada con las dos manos debajo de las rodillas. Ese número lo conocía. El día que volví de la sierra, en otoño, se lo dije una vez al anotador. Dije: dice que todavía no has acabado de ponerlo.
La frase no entró en el cuaderno. El anotador escribió dos letras chicas en la esquina de la página: por verificar. Chicas; yo también las supe.
El del uniforme leyó el cincuenta y uno otra vez. Dijo: ¿alguno que no pueda?
Saqué las manos de debajo de las rodillas. Levanté el brazo.
Al levantarlo miraba la mesa. La marca de agua en la tela blanca, secándose despacio. Brazo levantado; el brazo, sin cansarse. Conté mis respiraciones. Al ocho, el del uniforme dijo: bien. Bajar.
Los números de después, no me salté ni uno. Del cincuenta y ocho al cien, leyendo más aprisa. Los que levantaron el brazo no lo bajaban: así en su aire, como en la gimnasia. Al llegar a los setenta y tantos se equivocó una vez: leyó sesenta y cuatro. Un niño del oeste gritó: mal, ya pasó. El del bolso negro golpeó el papel con el cuerpo de la pluma. El del uniforme volvió atrás y releyó. Acabado el cien, apiló las hojas blancas y las golpeó contra la mesa hasta emparejarlas.
Dijo: los que levantaron el brazo, todos sumados, más de la mitad. Dijo: pues así. El tramo de después, no se imprime. El cuaderno, a reencuadernar. Los números, se quedan. Las palabras, en blanco.
Lo dijo mirando la mesa, no a nosotros. Acabado bebió un trago. Al dejar la taza, la taza golpeó.
El del bolso negro sacó del bolso otra pila de hojas. Ahora papel fino, de mimeógrafo, repartido hoja a hoja. En el cabezal, impresas, tres palabras: hoja de opiniones. Debajo, dos casillas. Una impresa: los números que no se pueden traducir. La otra: el motivo.
Dijo el del uniforme: los números, fáciles. El motivo: quien sepa escribirlo, que lo escriba. Quien no, que ponga la huella del dedo. La huella del dedo también es motivo de ustedes.
Wang Chaosheng en la casilla de los números escribió una sarta. Las letras, otra vez fuera del cuadro; la mitad de fuera. En la del motivo mordió el lápiz un buen rato. La punta rajada en la boca; los dientes, marcados en la astilla. Escribió: no me las acuerdo.
El niño de al lado no escribió números. En la casilla del motivo dibujó un círculo. La de la bata gris se acercó y preguntó: ¿el círculo qué significa? Dijo: todos significan lo mismo. Ella no preguntó más; se fue.
Las hojas de la fábrica de papel las recogieron primero. Hubo quien escribió que en casa no las hay; quien escribió que el maestro no las enseñó. Uno escribió: no se puede traducir, duele la barriga. El del bolso negro, al llegar a la del dolor de barriga, miró una vez al niño. El niño, apretándose la barriga; parecía de verdad. Lo anotó y ya.
Mi hoja, tendida en la mesa. La casilla de los números, fácil. Escribí uno: cincuenta y uno.
La casilla del motivo, en blanco.
El lápiz era el cabito de Wang Chaosheng. La punta rajada araña el papel; lo volví y usé la punta buena.
Primero escribí cuatro palabras: todavía no ha acabado.
Acabado, me quedé mirando las cuatro palabras. No era eso. Lo que dije al volver de la sierra fue: todavía no has acabado de ponerlo. Eso me lo dice él. Me dice las palabras y yo no las puedo recibir. A lo que uno no puede recibir, escribirle todavía no ha acabado es hablar por él. Hablar por él, yo no sirvo. Las palabras de él, cuando llegan a mí, llegan calientes; mis manos, frías.
Con la punta repasé las cuatro palabras hasta hacer de ellas un borrón de grafito. Acabado, una raya negra en la yema del dedo.
No poder recibirlas, ¿y por qué no poder? Pensando esto me acordé del aparador de mi casa. Dos pisos. Arriba los platos; abajo, los cuencos. Decía mamá: los platos son para que los vean; los cuencos, para comer nosotros. Los buenos cuencos salen cuando viene visita. Los buenos cuencos están en el aparador de otra casa, y sirven el arroz de otra casa. Los cuencos nuestros, toscos, con un saltito en el borde, sirven nuestro arroz, y va liso.
Las palabras de después del cincuenta y uno son los cuencos del aparador de allá. Cuencos buenos. Nuestro arroz, no cabe en ellos. Si se fuerza, el arroz se enfría dentro, y el cuenco, peor.
Junto al borrón me hice un poquito de sitio y escribí:
Esas palabras son como cuencos de otra casa, y en casa no tenemos arroz que servir.
Dieciséis palabras. Acabado, las conté: dieciséis. Fuera del cuadro, no me salí. La punta buena, un poco gastada; los dos últimos trazos más finos que lo de delante.
Recogieron las hojas. El del bolso negro las fue pasando una por una. A la mía se paró, y se la dio al del uniforme. El del uniforme bajó la vista, un vistazo, sin leer en voz alta. La metió de vuelta en la pila y dijo: todas.
El anotador vino a recoger las tazas. Recogidas, no se iba. Cogió la pila de hojas en brazos, fue hasta la ventana y, papel a papel, sujetándolas por la esquina, las puso contra la luz. Tenía polvo de tiza en las manos; donde apretaba quedaba una marca blanca.
Preguntó la de la bata gris: ¿para qué la luz?
Dijo: para ver si traspasa. Dijo: el papel, fino; la letra de lápiz, fuerte. Esta traspasa. Las traspasadas las sacó y las puso aparte. Tres en total. La mía también. Por detrás se veía el cuenco, al revés, los trazos torcidos hacia la izquierda.
Dijo el del uniforme: a copiar de nuevo. Lo que va a archivo tiene que estar limpio por los dos lados.
El del bolso negro abrió el bolso hasta el fondo y del forro sacó una pila de hojas. Aquel papel no era el blanco de la mesa. Grueso, blanco, los bordes parejos; al tacto, liso. Contó las hojas y se las dio al anotador. El anotador se sentó al cabezal de la mesa a copiar. Copiaba despacio, trazo a trazo; letra de adulto. A mi hoja se paró, alzó los ojos y me preguntó: cuenco; el cuenco de cuenco y palillos. Dije: sí. Bajó la vista y siguió. Acabada una hoja, una vez contra la ventana. Dijo: este papel no traspasa.
Copiadas las tres, sobraron dos hojas gruesas. El del bolso negro las dobló y las metió de vuelta en el forro. Engrapó las hojas finas con las copias y dijo: el original, detrás. El bolso, cerrado; el cierre, hasta el final.
El anotador sacó de entre las pinzas de hierro la lesna e hilo blanco. Igualó la pila de papeles, la sujetó con la mano izquierda y la lesna fue bajando. Un pinchazo, una línea al otro lado. Tres pinchazos, el hilo blanco pasando, dos vueltas, y el nudo. Al cortar la hebra, la hebra brincó al suelo; se agachó, la recogió y la guardó en su bolsillo.
Antes de irse, el del bolso negro tendió otra hoja. Dijo: los que levantaron el brazo, que dejen el nombre. Después, al cotejar, persona por persona.
Los del brazo levantado fueron pasando a escribir. Wang Chaosheng escribió, las letras fuera del cuadro. Otros escribían solos; los que no sabían, la de la bata gris sujetándoles la muñeca y guiando la mano. Al llegar mi turno, el anotador abrió el registro, sujetó la página y dijo: escribe como esto. Una pausa. Escríbelo como es debido.
Escribí el nombre como el de allí. El nombre del registro lo escribí yo el día en que me registraron, a los siete años. Letra de lápiz; el último trazo, largo. Esta vez no lo alargué.
Al recoger las hojas vi, en el cabezal de aquel papel, una línea. Seis palabras. Las dos primeras las supe: niños. Las dos del medio: bian, wei. Sueltas, las dos, las supe; juntas, no supe qué eran. Al final, dos más: lista.
Le pregunté al anotador qué era bianwei.
Igualó los papeles en la mano. Dijo: son los niños que levantaron el brazo. Una pausa. Dijo: esas dos palabras no son cosa de ustedes. A jugar, que toca.
Las seis palabras las pasé dos veces por dentro. Niños, bianwei, lista. Dos veces, y seguía sin saberlas. Saberlas no, pues no. Le devolví el lápiz a Wang Chaosheng. Dijo: es tuyo. Dijo: yo tengo uno nuevo, en punta por los dos lados.
Al salir, Wei Dongquan, al pie de la escalera. No había entrado nunca; de pie al pie, la bolsa de tela en la mano, al fondo un bloque cuadrado. Nos hizo señas de apartarnos. Encima de la escalera bajaban una mesa.
Wang Chaosheng le preguntó: tío Wei, las palabras borradas, ¿adelante se siguen dando?
Dijo Wei Dongquan: los números, se siguen dando. Una pausa. Dijo: el brazo levantado es la palabra de ustedes. Adelante, quien pregunte, eso mismo se dice.
Preguntó Wang Chaosheng: ¿y quién va a preguntar?
Wei Dongquan no tomó el turno. Miró una vez hacia el patio de atrás. La puerta del cuarto donde guardan los cuadernos, cerrada; en la anilla, atravesado el alambre, la punta con dos vueltas. Lo miró un rato, se volvió y se fue. La bolsa de tela, bamboleándole junto a la pierna.
De vuelta pasamos por casa de Erya. La cortina de Erya, levantada una rendija. Erya, dentro, mirándonos. Wang Chaosheng agitó la mano hacia la ventana. La cortina, bajada.
Dijo Wang Chaosheng: si Erya hubiera ido, también levantaba el brazo.
Dije: no iba a ir.
Dijo: no ir, pues no ir. Se agachó en la nieve, sacó una canica y se puso a tirarla. De cristal; dentro, una flor roja. Dos tiros, se levantó, la mano al bolsillo. Dijo: me voy. Por la tarde su madre teje en el telar; tiene que volver a avivar el fuego.
Las rayas de firma de los montones de nieve, allí. Se las repasó una por una, más hondas. Al repasar la última dijo: completas. Metió el cabito de lápiz en el bolsillo; del fondo del bolsillo asomaba una puntita.
Por la noche, mamá tejiendo a la lámpara. Lana roja; dice que para un chaleco para mí. Teje unos puntos, mira un vistazo a la libreta azul sobre la rodilla. La libreta, con las palabras que di; los bordes de las hojas, amarillos de aceite.
Preguntó mamá: hoy, ¿qué preguntaban?
Dije: si se puede traducir o no.
Dijo mamá: ¿se puede?
Dije: borrados. Los de después del cincuenta y uno, borrados.
Las agujas de mamá no pararon. Dijo: borrados, pues borrados. Una pausa. Preguntó: ¿has cenado?
Dije: cené.
Dijo mamá: pues a dormir.
No me dormí enseguida. Abrí la libreta azul por el final. Cincuenta y uno, y después, cincuenta números, en fila. Ahora, en el papel, los números vacíos. Reencuadernado, otra vez vacíos. Vacío, es papel en blanco. El papel en blanco, frío; no se agarra a la mano.
Antes de dormir hice una cosa. Junto al número cincuenta y uno, con el lápiz de Wang Chaosheng, apreté un puntito, suave. Acabado, lo froté con el dedo. El punto, seguía.
Cerré la libreta y la dejé debajo de la almohada. Prensado plano, me dormí.