La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

26 · Poner la cinta

Capítulo 26 · 13,4 mil palabras

La dirección que Wei Dongquan le había dado por teléfono la tuvo un buen rato sobre el mapa antes de cuadrarla con la puerta norte de la vieja hilatura — la fábrica se había demolido en dos tandas, primero los edificios de vivienda, después las naves; demolido y demolido, paró el año antepasado, la cerca cercando media explanada, y la fila de cuartos bajos de la emisora en lo más hondo de la explanada; en el plano, aquella casilla, verde, con una palabra impresa: conservar; conservar qué, el plano no lo decía. El día siete del duodécimo mes lunar madrugó; el autocar hasta la cabecera del condado, y allí el cambio al triciclo de la localidad; al oír lo de la emisora el conductor paró el triciclo y dijo que no conocía; ella leyó la dirección entera, y el conductor dijo: entonces usted va a la vieja fábrica; en la vieja fábrica no hay emisora ninguna; de todo ello queda en pie un solo cuarto.

En el autocar, gente de más; las cajas de cartón de las compras del Año Nuevo, resbalando en la rejilla de arriba, y la revisora estirando una mano para sujetarlas a cada parada. Ella, con la bolsa en brazos, dos horas de viaje. La cinta, por ahora, en manos ajenas; en otra sala, esperándola. Todo el camino con eso; y pensando en ello se descubrió contando las luces del techo, siete por fila; a la tercera fila, se paró.

El cuarto no la hizo buscar mucho. La chimenea, en pie, media, apuntando al cielo; fue tras la chimenea; en la nieve no había otras huellas: una fila sola, vieja, helada, que llegaba hasta la puerta de la fila de cuartos bajos. Junto a la puerta, de pie, un hombre.

Un hombre de poco más de cincuenta, con un abrigo militar acolchado a medio usar, sin gorro, las dos manos metidas en las mangas; de pie a tres pasos de la puerta, sin llamar, sin mirar la cerradura: parado nada más, ladeando la cabeza de vez en cuando hacia la rendija, como quien escucha si dentro hay algo moviéndose. Cuando ella se acercó, él se corrió medio paso, corrido con mucha cortesía; corrido, le dio un cabeceo, y cabeceado, siguió en lo suyo, de pie.

Dijo ella que venía a buscar a alguien. Dijo él: pase entonces. Una pausa, y añadió que aquí dentro estuvo la emisora, que de niño él estuvo una vez dentro. Ella le preguntó a quién esperaba. Cambió de postura las manos dentro de las mangas y dijo: no espero a nadie. Estoy un rato.

Sacó de la bolsa el trozo de papel con la dirección para cotejar el número. Justo en aquel bajar la cabeza, el hombre la miró y preguntó: ¿en qué año se registró?

Dijo ella que la palabra registro hacía más de treinta años que no se la oía decir a nadie de frente. Dijo: la Séptima.

La Séptima, repitió él. Lo repitió muy despacio, como quien pone cada palabra plana, una por una. Acabado, no dijo más; se corrió otro medio paso a un lado, y dejó la puerta limpia del todo.

La puerta, sin cerradura; la anilla, vacía, el alambre, no estaba. Ella empujó y entró; el de fuera seguía de pie, y con la puerta ya cerrada lo oyó dar fuera dos golpecitos de pies, golpes de entibiarse, no golpes de prisa.

Dentro, la estufa encendida. Wei Dongquan, sentado en un banco de tabla junto a la estufa, un talle más pequeño de lo que ella pensaba, recogido dentro de un acolchado oscuro; el pelo, blanco del todo, blanco parejo, como una capa que hubiera caído encima. La bolsa de tela, junto a su rodilla, la boca atada, y al fondo el ángulo cuadrado, abombado. Al verla entrar dejó primero la taza de esmalte que tenía en la mano y se levantó; el levantarse, en dos tiempos. No hizo cumplidos. Dijo: ya está usted aquí. Una pausa. Caliéntese primero. Fuera hace frío.

Junto a la estufa, una radio grabadora, de una pletina, caja de madera, una marca que en su niñez llenaba las calles y que ahora, vista, parecía un conocido. La máquina, fregada y limpia; la tecla de rebobinar, lustrosa de tanto usarla. La cinta, ya montada en la pletina; él cerró la tapa con su broche, miró una vez el agua de la estufa y dijo: la primera mitad es suya. Una pausa. La segunda, la he oído una vez. Una sola.

Preguntó ella: ¿y después de esa una?

Se acabó de contar, dijo. Una pausa. Contar no saca lo de dentro. Se detuvo, como buscando palabras; no las encontró, y lo cambió por otra frase: contar, contar lo sé. Oír, no oigo. Oídos de anotador.

Aprietó la tecla para andar.

Primero el siseo de la cinta andando, un tramo corto, un siseo limpio, y después una voz de niño salió pegada al siseo, sin volumen, muy firme: uno. Dos. Tres.

Ella se quedó sentada sin moverse. Aquella voz no la conocía — en su vida había oído su propia voz de doce años, no tenía de dónde conocerla —, pero aquella manera de contar, esa la conocía. Palabra a palabra puesta; puesta, esperando a que se asentara; y entonces, la siguiente. Al veintinueve, la cinta cambió de aire, un aire muy leve, el poquito de aire que ella descansó aquel mediodía de hace treinta años, salido ahora del cono del altavoz tal como fue; el aire del pecho de ella se aflojó con aquel aire, y ella ni sabía de qué parte. Al treinta y seis, la voz sacó las palabras más llanas, como quien anda por terreno conocido. Al treinta y siete, se paró un tiempo, como buscando una palabra que no encontraba. Al cuarenta y cuatro, la voz se paró medio tiempo.

Medio tiempo. Ella lo reconoció. Un alto de solo aquel poquito, demasiado corto para llamarlo vacilación, y a continuación salió el cuarenta y cinco. Se acordó de la media línea a medio escribir del cuaderno de tapa blanda; del pliego de papel pesado en la mano, en el depósito de archivos dados de baja. La cinta, ajena a todo eso; la cinta siguió contando: cuarenta y seis, cuarenta y siete, contando hasta el cincuenta, y parada.

Antes de que hirviera el agua de la estufa, sonó un ratito. Aquel ratito también venía grabado en la cinta, muy lejos, con una puerta de por medio.

Después, la voz de los doce años se puso a hablar. Lo que hablaba era una clase. Del uno al cincuenta, cosas; después del cincuenta y uno, cosas que todavía no se acaban; las palabras del chino, dichas, se acaban; las palabras de allá, mientras la cosa no se acaba, la palabra no se acaba; la cosa a medio pasar, las dos manos encima, y ninguna de las dos ha soltado. El ejemplo del agua también estaba; el trecho de antes de que el agua hierva: las palabras, todas dentro de aquel trecho. El niño de la cinta iba poniendo frase tras frase, sin prisa; en un sitio se atascó — dijo dos veces el zài —, pasado el atasco, pasado, sin volver atrás a repetir. De aquel atasco ella se acordaba; no de esta cinta: de que aquella clase ya traía aquel sitio de antes; el que la enseñó se atascó en aquel sitio, ella al aprenderla, a los doce, se atascó en el mismo sitio, y treinta años después, saliendo del cono del altavoz, se atascaba en el mismo sitio. Un mismo sitio, atascándose treinta años en tres personas, y ninguno se lo enseñó a ninguno. Ella, junto a la estufa, lo escuchó entero. De esta clase ella sabía quién la había enseñado; el que la enseñó ahora hace de portero en la ciudad del condado, turno de noche, y cada duodécimo mes vuelve para quedarse un rato de pie — aquel que estaba de pie a la puerta cuando ella llegó hoy, con toda probabilidad, era él.

Ella no preguntó. Se acordó de aquello que fuera de la puerta contó una vez el maestro Qiao: el que escuchaba pegado a la rendija, dando los números en voz de aire, de pie un mediodía entero, sin probar agua. La voz de la cinta seguía hacia adelante, llegó al mediodía, en la voz del niño entró el sueño, el intervalo entre frase y frase se fue alargando; dicha la última frase, un intervalo largo, largo, y después un ruido muy pequeño, como quien apoya la cara sobre la mesa.

Más adelante, la voz ya no estaba.

La cinta seguía andando. El siseo seguía, solo que aquel siseo no era el de antes, y ella no habría sabido decir en qué; forzada a decirlo: más delgado, y más grueso; delgado, el vacío que dejaba la voz humana; grueso, la otra cosa que se tendía bajo el vacío. Wei Dongquan, sentado enfrente, las dos manos abiertas sobre las rodillas, sin mirar la máquina: mirándola a ella.

La segunda mitad empezó.

A la primera pasada no oyó nada. Era la verdad, y como tal la dijo. Este oído suyo llevaba treinta años comiendo el arroz de las mediciones, y lo primero que la olla le enseñó fue a deducir — deducir el fondo, deducir el subruido, deducir todo lo que no venía a cuento; lo que quedaba, eso era lo que contaba. Pero en la segunda mitad de esta cinta, deducido aquello, quedaba el todo; la máquina, si estuviera aquí, habría vuelto a sacar una línea plana, y ella, con los ojos cerrados, sabía de sobra cómo era aquella línea. Wei Dongquan no dijo nada; echó la cinta hacia atrás.

A la segunda pasada dejó de deducir. Se acordó de lo dicho por Zhou Shu: no busques palabras, no tiene palabras que darte; de las cuatro horas de He Che, la recta en el papel, el hombre sin quitarse los auriculares. Quitó del oído aquel esfuerzo de escuchar, lo echó hacia atrás, hasta el pecho, y fue siguiendo el siseo. Al poco de la treintena de segundos, dio con ello: un vaivén largo, siguiéndole una sarta de cortos. Contó. Un largo. Doce cortos. Otro largo. Doce cortos. El intervalo, el mismo; tan parejo como ninguna máquina bajo el cielo — las máquinas se cansan; esto no se cansa. Aquello meneaba, paraba, volvía a menear: el mismo andar que aquella respiración a la que ella había dado alcance la noche del día cuatro, en el cuarto oscuro de su casa.

Su pecho se puso a andar según ello. Aquello meneaba, ella aspiraba; aquello paraba, ella quedaba en vilo; aquello meneaba otra vez, ella soltaba.

A media tercera pasada, por la garganta se le fue una voz detrás. Muy leve, voz de aire, sin llegar a letra, sin poder llegar; nada más que un poquito de forma pegada al vaivén, como cuando alguien llama desde la otra orilla y tú le devuelves el tono; palabra o no palabra, daba igual. Siguió dos vaivenes largos; al tercero, aquel aire de la garganta se quedó firme por sí solo, firme como ensayado. Ella lo sabía: sin ensayo ninguno. En su vida había sacado un sonido así; el diccionario no tenía su grafía, las fichas no tenían su número. Wei Dongquan alargó la mano y apretó la máquina hasta pararla.

En el cuarto no quedó más que el agua de la estufa.

Dijo: es esto. Una pausa. En treinta años, primera vez que alguien acierta con ello.

Dijo ella que ella no lo había aprendido. En las cincuenta palabras no estaba ese sonido; en el diccionario, no; en las fichas, no; después de los doce no le quedó nada en la boca — eso constaba bien limpio en la hoja de evaluación: sin residuo.

Dijo Wei Dongquan: eso no está en las palabras. Buscó un rato las palabras, no las encontró, y lo cambió por otra frase: las palabras son lo de después.

Preguntó ella qué había sacado él con contar, aquella vez.

Abrió la mano y se miró la palma, como si el número estuviera allí escrito. El intervalo, dijo. Una pausa. Un largo, doce cortos. Lo conté tres veces, y las tres, igual. Cerró la mano. El intervalo lo sé contar. Lo que va dentro del intervalo, eso no lo oigo. Estos oídos míos llegaron al tope hace treinta años. Le corrió hacia delante la taza de esmalte; el agua de dentro, hacía rato que no quemaba. Por eso se esperaba a usted. Esperaba un par de oídos — se paró mucho rato, y esta pausa fue más larga que todas las suyas — un par de oídos que no me corresponden a mí.

Sacó la cinta de la máquina y la metió en una lata de hojalata; a la lata le habían pegado una etiqueta; la etiqueta, no estaba; quedaba un aro leve de pegamento. Le puso la lata en las manos.

Dijo: llévatela. Una pausa. Conmigo, hasta aquí.

Ella sostuvo la lata entre las manos. La lata, fría; mientras la cinta andaba no le había notado el peso; parada, pesaba más. Se acordó de aquella cosa cuadrada de su bolsa — la bolsa de tela seguía atada junto a su rodilla, el ángulo cuadrado del fondo, abombado todavía —; miró una vez, no preguntó. Él vio que ella miraba, corrió la bolsa hacia su lado y dijo: esto no corre prisa. Una pausa. Esto es otro asunto.

Al salir, el de fuera seguía allí. Sin haber cambiado de sitio: los mismos tres pasos, la misma cabeza ladeada. Al verla salir miró primero la lata en su mano, la miró dos segundos, y le preguntó: ¿entró?

Ella se paró. La máquina del maestro Qiao, hace treinta años, no le entraba nada delante de un cuarto lleno de niños; aquello ella lo creyó treinta años, y ahora la lata que llevaba en las manos dejaba salir un poco de frío del sitio donde iba pegada al cuerpo: frío, sí. Dijo ella: entró.

El hombre asintió, despacio el asentir. Dijo: aquel año yo también grabé una cinta ahí dentro. Se paró. Dijo: en blanco.

Dicho esto se volvió y se fue, sin prisa, el bajo del abrigo militar rozando la nieve; andado un tramo, sacó una mano de la manga y la agitó hacia atrás, medio saludo, medio despedida, sin volver la cabeza. Ella se quedó en la puerta mirando aquella espalda ir hacia la chimenea, y de pronto se acordó de la pregunta de él al llegar, en qué año se registró, y de la repetición, la Séptima. Dio medio paso tras aquella espalda y se volvió a parar. En la nieve, sus huellas empalmaban con la fila de la ida; las dos filas, cabeza con pie, como un hombre que acaba de andar el camino que se dejó a sí mismo.

De vuelta, en el coche, no escuchó la cinta. La lata, dentro de la bolsa; todo el viaje con la mano sobre la bolsa. Al anochecer llegó a casa; Zhou Shu, sentada a la mesa, la lana roja con los primeros puntos, montados despacio, apenas unos cuantos agarrados a las agujas de bambú. La lista de Zhou Yu, tendida en una esquina de la mesa; aquel día le habían añadido una línea, letra de Zhou Yu: la fecha de la Confirmación de los treinta días previos al cierre de la ventana, once del primer mes.

Zhou Shu levantó la cabeza, la miró, miró la lata en su mano, y no preguntó qué traía la cinta. Lo que preguntó fue otra cosa: ¿la segunda mitad, la has oído?

Dijo ella que la había oído. Doce cortos, el intervalo igual.

Zhou Shu paró el punto en las agujas, contó los puntos montados y, contados, dijo: el día que me suspendieron, lo que eso dijo en aquellos cuatro minutos era este mismo andar. Yo conté once. Tú cuentas uno de más que yo.

Dijo ella que el que sobraba estaba al principio, tan leve que parecía que no.

Dijo Zhou Shu: eso es. Ese es el arranque. Arrancado, ya le toca el turno al conteo. Puso la labor de lana sobre la rodilla. Mamá, no lo anotes. Con seguirlo basta. Anotar es volver a traer lo de las palabras.

El teléfono de Zhou Yu llegó a las diez, en un respiro de las pruebas de fuera; preguntó si aquel día había papeles por firmar. Dijo ella que no. Dijo que entonces los ponía en la lista del día siguiente. Colgada la llamada miró la lista: en la línea de la Confirmación de los treinta días previos al cierre de la ventana, Zhou Yu había anotado al lado, en letra pequeña: siete días antes del once del primer mes, firmar antes de tiempo.

De noche dejó la lata en la mesilla de noche, sin meterla en el cajón — en el cajón yacían las autorizaciones, el recibo, la notificación de suspensión, aquella pila de papeles; no quería que la cinta durmiera con ellos. Volvió a leer la página de literatura que había dejado He Che; al llegar a la línea no consta entre quienes no son intérpretes, la esquina doblada por la uña, allí. Pensó que las cosas que el que escribió aquella frase no había visto, estos días ella las estaba viendo una por una: ella misma, una no intérprete — no: treinta años había dado respuestas a los cuestionarios, y en los cuestionarios su condición era la de intérprete, pero lo que hubo en su boca lo entregó el año de los doce, y la hoja de evaluación dice sin residuo — y una persona sin residuo, en tres días, se había emparejado dos veces con aquel vaivén: una en el cuarto oscuro, otra delante de esta cinta. Ahí dentro hay una cuenta. Una cuenta que ella, por ahora, no puede ajustar; y sabe con quién ajustarla: con un hombre que metió lo de la partitura y el instrumento en la casilla de personas, con un hombre que en la reescucha puso los altavoces en vacío.

Sacó el calendario de debajo del teléfono y lo abrió por el día de hoy, el siete del duodécimo mes lunar. Con el lápiz fue contando hacia delante: día ocho, treinta y cinco; día nueve, treinta y cuatro. En la casilla del siete puso un punto, devolvió el calendario; la lata, en la mesilla; se tumbó y no fue a escuchar.

En los oídos, la capa del fondo seguía. Un meneo, un tramo parado. Ella no contó. Fue siguiéndolo.

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