La mañana de la Ceremonia Zhou Shu se puso el uniforme; la pañuela roja, sin atar — dijo que la maestra mandaba bufanda, que detrás del escenario hacía calor y no se aguantaba. Cuando Lin Wanzhao le sujetó la placa del orden, el alfiler se le pinchó dos veces; a la segunda atravesó la tela: placa número uno, de carcasa de plástico, dentro una hoja impresa. Zhou Shu bajó la vista al uno y dijo: va bien; no es rojo.
A las nueve de la mañana ya estaba cortada la calle del recinto. El viejo auditorio de la ciudad, reformado; sobre la puerta, la pancarta de la Ceremonia de Traducción Plena de los Treinta Años, y bajo la pancarta, aparcados los coches de retransmisión, cuatro antenas parabólicas en los techos, dos al cielo, dos al edificio. Entró con el coche de la estación; dio dos condiciones, representante de la estación y madre de una niña inscrita, y el que revisaba las entradas fue de una casilla a la otra, y al final la dejó entrar por la puerta de familias.
El pasillo de detrás del escenario, lleno de niños. Ciento cuatro, por orden; a cada niño un adulto detrás, y los adultos más nerviosos que los niños: una mujer no dejaba de frotarle las orejas a la suya. En el aire, olor a pastillas para la garganta, dulce, a ráfagas. Zhou Shu, en la fila, sin hablar con los de delante ni los de detrás; el programa apretado en la mano, una esquina doblada de apretar, alisada por ella misma. Desde el lateral Lin Wanzhao alcanzaba a ver las edades del grupo — las posturas de escuchar no eran iguales: los pequeños, al escuchar, se echaban enteros hacia delante, como quien alcanza algo sobre una mesa; los mayores solo movían las orejas, el cuerpo derecho. En la fila, los que se echaban hacia delante: pocos.
Gu Ling, en el lateral. Hoy sin la chaqueta del organismo: traje oscuro, la corbata hecha con regla, en la mano la pluma roja de siempre. Su fajo del programa era el más completo: cada página pasada a rojo. Al verla se acercó; hablaron de pie junto a los cables, y arriba el equipo de sonido en pruebas, repitiendo una y otra vez las cuatro primeras palabras del saludo.
Dijo Gu Ling: He Che, en el puesto técnico. Lo pidió él. Sin él no gira la parte de entrada al corpus.
Dijo ella: ajá.
Dijo Gu Ling: sé lo que va a decir. No lo diga. Lo que hoy salga, cargo yo sola con ello.
Al decir la palabra de cargar, la pluma roja hizo un punto sobre el programa: el punto, en la línea de la traducción profunda. Junto a esa línea llevaba ya tres anotaciones; qué decían, ella no lo alcanzó a leer.
La primera media parte la vio desde la tribuna de familias. La retrospectiva de los treinta años, promoción a promoción en la pantalla grande: la mesa larga del registro de la Primera, el lienzo blanco, las tazas de esmalte; el bus verde de la Cuarta; el exterior de la sala de locución de la Sexta — al salir esa puerta, en las primeras filas un viejo bajó la cabeza, y bajada, tardó mucho en levantarla. Zhu Aizhen subió en nombre de los viejos intérpretes y leyó un papel; papel corto; al llegar a "nosotros, los de la Sexta" se paró ella sola, y "nosotros, los de la Sexta" lo repitió, y abajo alguien rio; poco. El viejo Xie, en la tercera fila, la bolsa de tela sobre las piernas, cerrada de principio a fin; Zou, a su lado, con la libretita abierta: al entrar anotó una hora, y al bajar Zhu Aizhen del escenario, otra. Los treinta años, andados en media hora, andados parejos, como un registro oficial.
Después, los discursos. Gu Ling leyó el suyo más despacio de lo que ella esperaba; donde tocaba subir la voz, la mantuvo baja: ella supuso que en el original aquellas partes iban más altas, y que la pluma roja las había bajado.
En el descanso vio ella al viejo Xie desatar la bolsa de tela — en treinta años, primera vez que la veía abierta —. Sacó de dentro una hoja, los cantos peludos, la alzó un momento hacia la pantalla grande, ni alto, ni para nadie; alzada, la volvió a guardar. La bolsa, atada de nuevo; el nudo, en el sitio de siempre.
Por megafonía llamaron a los veinte primeros del orden. Gu Ling pasó el fajo a la mano izquierda y tendió a Zhou Shu la derecha; Zhou Shu miró la mano, la estrechó, y la estrechó corto.
Antes de subir, Zhou Shu miró atrás una vez. No era a ella: era a la fila del lateral; de Gu Ling a ella, y de ella a He Che, más atrás, en el puesto técnico. Y entró.
Las luces del auditorio, cálidas. La tarima de la traducción profunda, en el centro: una mesa, unos auriculares, un micrófono. Los auriculares, del servicio de atrezo, negros, mayores que los que Zhou Shu llevaba de costumbre. Dieciséis cámaras en total; la más lejana, en lo último del segundo piso, el objetivo sin moverse en toda la mañana. Las cabinas de simultánea, en los entrepisos de los dos lados: detrás del vidrio, gente de todos los países, cada cual con sus auriculares; el trabajo de aquella gente era llevar de nuevo, cada cual a su lengua, las palabras de una niña — ella se quedó unos segundos bajo aquel vidrio al entrar, sin sacar nada en claro, y se fue.
Antes de empezar, el presentador leyó las reglas, tres en total: en el estrado se recoge solo relato libre, sin preguntas; el texto del relato entra al corpus en el acto, y después no se cambia una letra; los relatos se acortan una vez tras otra; acortados a nada, eso es completar. Acabada la tercera, abajo sonó una pequeña salva; el sentido de la salva, ella no lo entendió: parecía dada por los treinta años, no por la regla.
Zhou Shu se sentó, se puso los auriculares, los enderezó. Luz roja.
La pantalla del realizador no la alcanzaba; lo que miraba era abajo. En las primeras filas, los viejos intérpretes de todas las promociones, venidos una veintena, alguna bolsa de tela sobre las piernas; más delante, dos filas vacías — vacías también por la mañana, sin placas —: antes de empezar la traducción profunda alguien las llenó de placas. A media sala de distancia vio ella que las placas no traían nombres: casilla a casilla, impresas solo las promociones, de la Primera a la Séptima; detrás, unas cuantas casillas más, vacías, sin imprimir. No acababa de saber si aquellas casillas estaban sin acabar de imprimir o guardadas para lo que viene.
Los tres primeros minutos, Zhou Shu sin moverse. El realizador cortaba al público, a Gu Ling, al material de hace treinta años — el conjunto de viviendas dentro de la nieve, el bus de la fábrica textil, el exterior de la sala de locución —, los años del material, impresos en una esquina. La sala, muy quieta; un silencio que se iba juntando: más de cien países, al otro lado de las ondas, esperando la misma frase.
En el minuto cuatro, Zhou Shu se quitó los auriculares.
Los dejó sobre la mesa, enderezados, y se acercó al micrófono. Antes de hablar miró una vez abajo: la fila del lateral, otra vez.
Lo que dijo hoy allá, no se puede traducir.
Dicho esto se sentó derecha. El silencio del auditorio duró tres segundos más; después, de atrás hacia delante, una capa de ruido, sin volumen, como el viento pasando por una arboleda baja. El realizador cortó a paisaje: al material de la estación del array, la antena en la nieve, meciéndose paso a paso. En el lateral, el realizador adjunto se arrancó los auriculares, tirando del cable, gritando gente — no nombres: cámaras; en la fila de las delegaciones extranjeras alguien se levantó, y se sentó, y alguien no volvió a sentarse, de pie en el pasillo, buscando a los responsables con los ojos. Dos con credenciales de prensa se apretujaron hacia el lateral; los guardias los pararon en la boca; uno alzó la credencial y la bajó, y se retiró él solo.
Gu Ling subió andando, sin prisa; del lateral al centro del escenario, once pasos. Llegado al micrófono dijo primero algo a Zhou Shu — la frase no entró en el micrófono; Zhou Shu asintió —, y después, cara a la sala, anunció que la traducción profunda se aplazaba y que, según el plan de contingencia, el orden se supliría. Leyó la lista con una velocidad llana, como se pasa lista en una clase. Acabada la lista dobló el papel una vez, el pliegue bajo los dedos, y la mano se quedó dos segundos de más sobre el atril antes de recogerse.
Subió el niño del suplente: segundo del orden, un niño de ocho o nueve años, abrigo de paño, el cuello almidonado y tieso. Su padre asomaba la cabeza en la boca del lateral, la mano apretada contra el pecho: dos anillos de oro, uno liso, uno con dibujo; apretados juntos, el del dibujo apretado hacia fuera. Antes de subir, el padre le metió a la boca una pastilla para la garganta, y acabado de meterle le dio un empujón en la espalda. El niño se puso los auriculares, escuchó menos de un minuto y empezó el relato: frase tras frase, muy parejas, parejas como impresas. En las cabinas de simultánea despertaron las puntas de las plumas. Abajo, cabezas que asentían. Ella, de pie en el lateral, escuchaba el relato del niño; a la tercera frase el molde de la frase le sonó conocido — conocido hasta no querer reconocer dónde lo había visto.
Luminosidad, proceso, continuando; frases completas, clases de palabras regladas, ni una rota. Se acordó de las tres hojas de la propuesta no admitida a trámite, del artículo séptimo citado en la nota. El niño del estrado no dijo ni una frase mal. Abajo, los que asentían, cada vez más.
Volvió la cabeza buscando a He Che. El puesto técnico, en el extremo: una fila de monitores, y He Che en el último asiento, un solo auricular puesto; el otro, colgado del cuello. Estaba tecleando dentro del corpus; tecleaba un tramo, paraba, arrastraba la barra hacia atrás, escuchaba otra vez, y tecleaba. Cuando ella llegó no levantó la cabeza: giró un ángulo el monitor chico hacia ella. En la pantalla, la línea de tiempo del transporte: el trecho de los cuatro minutos de Zhou Shu, la onda llana, una línea, tan llana como los días de sin reportar del abril del primer año.
Dijo He Che: antes de aquel momento en que paró, nada.
Dijo ella: la gente lo ha oído.
Dijo He Che: lo sé. Arrastró otra vez la barra hacia atrás y señaló la línea llana, el dedo en la casilla anterior a quitarse Zhou Shu los auriculares. El testimonio lo he anotado. El formato del corpus no recoge testimonios; el cuaderno mío, sí. Palmoteó sobre la mesa un cuaderno de tapa negra, las esquinas enrolladas, atado con una goma. Dijo ella: si al repasarlo no se ve nada, ¿para qué lo repasas? He Che se puso los dos auriculares y dijo a través de ellos: alguien tiene que pedirle perdón a la máquina.
No dijo más; la barra, otra vez hacia atrás.
A las cuatro de la tarde llegó el aviso a casa. Notificación de suspensión de la camarada Zhou Shu en la recogida de traducción profunda, dos copias, firma del tutor al recibir. El que la trajo, cara nueva; esperó la firma de pie en la puerta, y a los pies, una bolsa con asa de naranjas regaladas por su organismo — el Año Nuevo, a las puertas. Ella firmó. El sello de la esquina superior derecha era el mismo sello de las tres hojas no admitidas: hasta el color del tampón empataba. Asuntos de condición, el lado de la recogida sin competencia para iniciarlos; esta vez, emitido por el organismo directamente. Desde las cuatro de la tarde, la condición de Zhou Shu para la traducción profunda, parada. Lo que la propuesta de He Che pedía, después de dar un círculo entero, bajó con otra cara.
Los teléfonos de la noche, uno tras otro. El de Xiao Cai: que no cogiera la línea exterior, que la estación daría mañana por la mañana su versión única; el del maestro Zheng: si Zhou Shu iba al cole al día siguiente, que si iba le cambiaba el sitio a la fila de dentro; y un número desconocido, dos timbres y corte, otra vez, y ella sacó el cable. El grupo de padres de la clase no lo miraba; Zhou Shu lo miró un rato, le devolvió el teléfono y dijo: dos bandos, y discutían parejas.
El teléfono de Zhou Yu vino a las nueve. Al fondo, un vacío: se entendía que estaba en el rellano. La tele la he visto, dijo. Una pausa. Mañana vuelvo. Dijo ella que no volviera, que allí los ajustes no podían estar sin gente. Dijo Zhou Yu: no vuelvo para ver a la niña. Una pausa. Vuelvo para firmar. De ahora en adelante, cualquier papel que necesite la firma de un padre, hazme la lista, que la firmo una por una. Ella, con el teléfono en la mano, no dijo nada; del otro lado tampoco colgaron, y la lámpara del rellano que se enciende con la voz, en su lado, se encendió y se apagó. Al final dijo que durmiera, y colgó primero.
El teléfono de Gu Ling, más tarde, dos frases nada más. La primera: la notificación de la tarde no la he firmado yo; no puedo firmarla, y no quiero que la firme otro. La segunda: pasado mañana la Sección de Verificación vuelve a escuchar esos cuatro minutos, y que la niña tenía que estar presente. Dijo ella: la condición de la niña, ustedes la han parado. Gu Ling se detuvo al otro lado lo mismo que en el escenario por la tarde, y dijo: entonces escucho yo.
En medio, el vecino de arriba bajó a llamar una vez, con una bandeja de jiaozi al vapor: que en casa habían envuelto de más; la dejó y se fue, sin entrar. Debajo de los jiaozi, hojas de col al fondo; dos pegadas a la tela de la bandeja.
Pasadas las diez, la luz del cuarto de dentro, encendida todavía. Entró con un vaso de agua. Zhou Shu no escribía los deberes: sentada a la mesa, los auriculares al alcance de la mano, sin ponerse. La notificación de suspensión, extendida sobre la mesa; la copia de ella, ya leída.
Dijo Lin Wanzhao, dejando el agua: hoy, ¿qué dijo eso?
Zhou Shu guardó silencio un momento. Un silencio no largo; ella esperó.
Dijo Zhou Shu primero esto: hoy vino de otro modo. De costumbre es como agua: desde muy lejos se tiende, se tiende hasta debajo de mis pies. Hoy no se tendió. Se quedó de pie en la puerta. Como si hubiera llamado antes, y yo no oí la llamada; al levantar la cabeza, ya estaba allí de pie, esperando que yo la viera.
Dijo Zhou Shu: dijo una palabra. Yo no la había oído. No era nueva: era vieja. Vieja hasta desmigarse.
Preguntó Lin Wanzhao: ¿de qué modo?
Dijo Zhou Shu: cuando se dice esa palabra — hizo un gesto, las dos manos levantadas, a medio subir, paradas —, es como poner otro cuenco sobre una pila de cuencos. Puesto. La mano todavía no se atreve a soltar.
La mano de Lin Wanzhao se detuvo un momento sobre la mesa de la firma. Al dejar el vaso dio contra el canto de la mesa; el agua se movió un poco, y ella lo limpió con el puño de la manga.
Dijo Zhou Shu: eso fue lo que dijo hoy. No se puede traducir. No es que sea difícil: es que esa palabra nombraba a alguien al decirse. Hoy dijo además un tú. Conté: hoy lo dijo una sola vez. Lo que importa lo dice dos veces — el día del registro dijo brillante once pasadas. Esta vez, esperaba que yo lo pasara tal cual.
Dijo Lin Wanzhao: tú.
Dijo Zhou Shu: antes, cuando decía tú, me lo decía a mí. El tú de hoy, no soy yo. Si yo tomo la frase, ese tú no se tiene en pie dentro de mi boca. En cuanto yo lo traduzca, lo traducirán por todos. Traducido, pasa a ser de todos.
Lo dijo sin agitarse, palabra a palabra, como quien coloca cosas sobre una mesa. Colocadas, cogió los auriculares, y los volvió a dejar.
Dijo Zhou Shu: acabado de decir, se quedó parado ahí. Una pausa más larga que lo dicho. Como esperando que alguien tomara el turno.
Lin Wanzhao no tomó el turno. Se quedó sentada un rato en el canto de la cama, igualó las dos copias de la notificación, guardó la suya en el cajón y dejó la de Zhou Shu sobre la mesa. En el cajón seguían tendidas las tres autorizaciones, la casilla de la renuncia vacía, prensado un recibo.
Dijo Zhou Shu: mamá.
Dijo Lin Wanzhao: ajá.
Dijo Zhou Shu: esa palabra me la sé. En la boca no se queda: se la sabe la mano. Si algún día la quiere oír — no puedo decirla. Puedo dibujártela.
Lin Wanzhao miró esas dos manos a medio subir. Hace treinta años alguien le dijo casi lo mismo: con guardarlo basta, no lo escribas; escrito, cambia. El que lo dijo hace hoy de portero en una ciudad del condado, turno de noche. Ella alargó la mano y bajó un punto la lámpara de mesa.
Dijo ella: a dormir. Mañana no hay escuela. El maestro Zheng te ha cambiado el sitio; cambiado o no, por hoy no vas.
Zhou Shu se acostó y se puso los auriculares, sin enchufar el cable. Era su postura vieja de dormir: con ellos puestos, dormía mejor. Apagada la luz, del cuarto quedó el reflejo de un punto en los auriculares.
Salió y se sentó a la mesa. En la calle, de vez en cuando, un coche; los faros barriendo la cortina, una pasada. Cogió el cuaderno de tapa blanda, fue hasta una página vacía, puso la pluma encima, y al cabo de un buen rato escribió un número: uno. De todo lo que allá respondió en treinta años, las respuestas sumadas, todas las había reconocido en su cuenta; esta frase de hoy no tenía casilla en el libro. Miró ese uno; no lo tachó, y cerró el cuaderno.
El mensaje de He Che llegó a las once y media: una sola línea. El texto entrado al corpus lo he cotejado tres veces; el trecho del suplente, el formato, todo correcto. Lo leyó y no contestó. A los diez minutos vino otro: si mañana tiene un rato, traiga lo de esa cinta suya, hablamos.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. El calendario de mesa, prensado bajo el teléfono; sacó la casilla del primero del duodécimo mes lunar, le dio otra pasada al circulito con el lápiz, y lo devolvió. El cajón, sin cerrar del todo: quedaba una rendija, y por la rendija se veía el borde blanco de la autorización, y bajo el borde blanco, el recibo, y en el recibo, los dos huecos de la fecha, llenos. La cinta, pasada por la mano, no tiene vuelta atrás — la frase de la fonda venía muy llana, y al recordarla ahora no sabía decir de qué lado temía que se cumpliera.
El último coche de la noche se perdió lejos antes de callar. Volvió a los cuatro minutos del día: la niña en el estrado, quieta; más de mil personas abajo, quietas con ella; dieciséis máquinas, más de cien países, todos esperando una frase original — la frase original vino, vino nombrando a alguien, rodeó cada oreja de su lado de la escena, y se detuvo solamente en la mano de una niña.
Quedan cuarenta y dos días.