Diez días antes del cumpleaños. La nieve, parada desde hacía dos; del alero, gotas. El anotador vino a casa.
Traía la carpeta de hierro; en las manos, todavía yeso de tiza. Dijo que el cuaderno se iba a imprimir. La imprenta, acabada la composición; arriba, que hacía falta una cinta de sonido. Para que la oigan los niños de después.
Mamá, en el fogón, sin volver la cabeza. Dijo él: el estudio de locución de la ciudad, media jornada nomás. Coche de ida y coche de vuelta.
Dijo mamá: ella dejó de dar.
Dijo el anotador: justamente porque dejó, hay que apurar la grabación. Los que alcancen la edad, después, dejan de dar uno tras otro. Si no se graba pronto, la voz se corta.
Preguntó mamá: impreso, ¿cómo sale?
Dijo el anotador: igual que la libreta azul; papel blanco, la letra un cuerpo mayor.
Preguntó mamá: ¿el treinta y siete quedó impreso?
El anotador abrió la carpeta de hierro y miró una vez. Dijo: impreso está. Mientras lo decía me miraba. Yo no lo miraba a él. Miraba el fajo de papeles sujetado en su carpeta: la hoja de más arriba traía letras impresas; la mitad, conocidas.
Mamá se limpió las manos y entró al cuarto de dentro a buscarme ropa. Sacó la del Año Nuevo; en el cuello, los pliegues marcados. Sobre el armario, la grabadora de papá; mamá, de puntillas por la ropa, pasó el codo por debajo una vez. La miré una vez. Nunca ha sonado; y aun así la miré.
Dije: yo no voy.
Mamá no dijo nada; me echó la ropa sobre los hombros. Dijo el anotador: acabada la grabación te guardo un ejemplar. De los impresos.
Fui.
El bus, verde de chapa, asientos de listones; la tabla, clavándose en las piernas. En la ventanilla, flores de escarcha; soplé una bocanada y froté un hueco: fuera, la tierra; la tierra, corriendo hacia atrás. En el bus, tres niños, de los puntos de cada parte. Uno, delante, contando los postes de la ventanilla todo el camino; contó hasta más de trescientos, y al pasar el puente, la línea se cortó; estuvo de mal humor un buen rato, y su madre dijo que al llegar le seguía la cuenta. Otro dormía, apoyado en su madre, de seis años, venía de colado: grababa la hermana, él venía a dormir. Yo, en medio.
La cobradora vino a picar los billetes. Picó cuatro, y los talones los metió en una caja de hojalata. La caja, al agitarla, sonaba a golpe de metal. La escuché una vez.
El edificio de la ciudad, más alto que la sede de la fábrica. Dentro, calefacción; al entrar, un aire caliente; la escarcha del cristal de la puerta se deshizo y el agua corrió por el vidrio abajo. Nos subieron al cuarto piso. El pasillo, cubierto de caucho; al andar, ni un sonido. En el pasillo, gente cargando cajas, gente agachada enrollando cable, carretes de cable, pisoteados de aquí para allá. Uno gritó: ensayo general. Nadie se movió.
La puerta del estudio, gruesa, forrada de tela; clavada en la puerta una placa chica: prohibido el paso. En la puerta, dos cortinas de algodón; al entrar, primero golpecitos de pies: la nieve, golpeada en la puerta.
El primero en entrar fue el de los postes: se llamaba Xiao Man, del punto de la fábrica de papel del este. La puerta, cerrada; dentro, sin ver. La luz roja, sobre el marco; encendida un rato corto, apagada. Xiao Man salió con la cara llena de orgullo y dijo: rapidísimo, como aprenderse la lección. Preguntó su madre: ¿y el agua? Dijo: no. Dijo la madre: ¿y por qué no bebiste?
Al de seis años lo metieron sujetado, dormido a medias. La luz roja ardió un buen rato antes de apagarse. Su madre, de pie en el pasillo, la mano sin soltar la esquina de la cortina: el paño de tanto apretar, brillante.
Me tocó a mí.
En el cuarto, dos mesas. Sobre la mesa, el micrófono en su pie; el micrófono, más alto que mi cabeza, con una capa de tela negra. Delante del micrófono, una silla; delante de la silla, en el suelo, una cruz pintada.
En la pared, un reloj, a la altura de mi brazo; campana de vidrio, dentro una aguja roja. En las cuatro esquinas, un foco agachado en cada una; pantallas grandes, y la cara sin sombra. El suelo, de caucho, hasta el pie de la pared; las juntas, pegadas con cinta adhesiva negra, pegada lisa.
Detrás del muro de vidrio, un cuartito; la gente de dentro, con auriculares. En el vidrio, un agujero redondo, tapado con un corcho.
El del sonido, un maestro, con mangas azules de protección. Me hizo sentar en la silla, que no tocara la mesa. Trajo además un cajón de madera, vuelto boca abajo sobre el suelo, y me hizo poner los pies encima: si no, el micrófono no llegaba a la boca.
Me dio las reglas. Luz roja encendida, ni un sonido. Luz roja apagada, a dar de nuevo. Dijo: haz como que el cuarto está vacío.
Dije: hay gente.
Dijo: haz como que no.
Volvió detrás del vidrio; hablaba a través del vidrio, la voz saliendo del altavoz chico de la pared, primero un carraspeo. Escuché el carraspeo y me acordé del maestro Qiao. Antes de echar el aviso, primero un carraspeo: el mismo camino.
Dijo el maestro: das siguiendo la lista. Das uno, dos pausas, y otro.
La lista, en mi mano. Del número uno al cincuenta, letras de imprenta. La primera letra, impresa la más grande.
Apagada la luz roja, empezó.
Número uno. Lo dije. Dos pausas. Número dos.
La grabación, lenta. El cuarto, caliente de estufa; la garganta, seca. Por los veintitantos dijo el maestro: bebe un poco de agua. Desde detrás del vidrio pasaron un vaso; letras impresas fuera del vaso, y el esmalte me quemó la palma un momento.
Al llegar al treinta y siete me detuve un momento. En la lista, ese número con letra impresa. El que aquel año no acabé de escribir, impreso estaba: una letra. La leí. Leída, salía llana, igual que las otras letras.
Dijo el maestro: bien. Seguimos.
Me equivoqué de cuenta una vez. Por el treinta y nueve, la boca se llevó un cuarenta y uno. Dijo el maestro por el altavoz chico: atrás, de nuevo, sin cortar. Volví al treinta y nueve y seguí desde allí. Al repetir, la cara caliente; la gente detrás del vidrio no la veía, y aun así bajé la cabeza.
El cuarenta y cuatro era poner. Al leerlo me sudó la palma. Acabado, dijo el maestro: esta, buena; el aire, firme. Miré las manos. Lo del aire, yo sabía que no iba de eso.
Cuarenta y nueve. Cincuenta.
Dijo el maestro: basta. La luz roja se apagó, y quedó encendida la amarilla.
No me moví.
Vino eso.
Su modo de venir, conocido. Como alguien que te empuja la espalda desde atrás, suave; no pesa: solo no te deja sentarte derecha.
Hoy venía más pesado que de costumbre. De costumbre se tiende, tendido pareja. Hoy, como quien se para en la puerta, y entra.
Dijo esa palabra.
La repetí detrás. Mi oficio era repetir detrás. Eso decía una, yo decía la mía detrás; cinco años, todos los días así.
Cuando la palabra salió, las dos manos vacías, y aun así sentí las manos con algo dentro: la cosa a medio pasar. La palabra en la boca no tenía largo ni corto. Si no salía, nada; salida, llenaba el cuarto entero.
De lo de después vi más de lo que oí.
En la pared, una fila de lucecitas, encendidas todas de una vez hasta el final, pasadas del final, rojas hasta moradas. Detrás del vidrio, sobre el armario, dos relojes; las agujas, hasta el tope, y al tope seguían dando, sin poder volver. En el altavoz, un zumbido, largo; acabado el sonido, en la cola, todavía un tirón. La luz roja se apagó.
Los cables del suelo dieron un temblor, como una culebra. En el pasillo alguien corrió, corrió de ida, y corrió de vuelta.
El cuarto se quedó en silencio.
Este silencio no era el de la montaña. En la montaña, fuera silencio, y dentro de los oídos, bulla. Esta vez, dentro de los oídos, silencio. Como una fila de telares del taller, andando, y de golpe, todos con la hebra cortada. El todo parado, ese instante.
Sentada allí, me oí tragar saliva. El tragar saliva, de un ruido que da miedo.
Cuánto duró el silencio, no sabría decir. Puede que un instante, puede que media jornada. Después dijo el maestro: del corte a la recuperación, cuatro minutos. El silencio de mis oídos, más largo que cuatro minutos.
La gente detrás del vidrio se levantó. El maestro empujó la puerta y entró; miró primero el micrófono, y a mí. Preguntó: ¿has hablado?
Dije: hablé.
Preguntó: ¿qué dijiste?
Quise decir. La boca, abierta un par de veces. La palabra, no estaba.
Dije: la del cincuenta y uno.
El maestro se quedó un momento parado. Volvió la cabeza hacia el vidrio y dijo: pare, pare, pare. Y volviéndose a mí preguntó: en la lista no hay cincuenta y uno.
Dije: hay.
Dijo: la lista llega al cincuenta. Cogió la lista y me la enseñó. Hasta el cincuenta, cierto. Después, papel blanco; detrás del papel blanco, la cubierta.
Dije: se perdió al imprimir. Lo perdido también anda en el mundo.
El maestro no recogió la frase. Sacó una libretita y apuntó un trazo a lápiz. Apuntado, me lo leyó: diecisiete veintiuno, corte de equipo, causa pendiente. Dijo: así se apunta. Dijo: lo que has dicho no lo he oído bien; si todavía quieres decirlo, dímelo otra vez.
Dije: no lo digo.
Dijo: bien, por hoy hasta aquí. Tú, sentada, sin moverte.
Estuvieron arreglando más de una hora. Los niños, esperando en el pasillo; repartieron caramelos, de los de papel pegado. Xiao Man alisó los papeles de todos y los apiló en un fajo. El mío, al bolsillo; sin comerlo.
Los del arreglo entraban y salían. Uno con chaleco de electricista corrió dos y tres viajes. Oí telefonear a alguien detrás del vidrio: la cinta, sin nada; la máquina, sin nada; ¿entonces qué fue lo que saltó? Lo del otro lado, no se oía. Tiró del cable, lo enchufó de nuevo, y volvió a llamar.
El de seis años volvió a dormirse, dormido en el banco largo; su madre le arropó el abrigo. Xiao Man me preguntó: ¿grabaste hasta el cincuenta?
Dije: hasta allí.
Dijo que él también, y preguntó: lo de detrás, el papel blanco, ¿te lo hicieron leer?
Dije: no.
Dijo: a nosotros tampoco. Dijo: ¿entonces para qué lo imprimen?
No contesté.
Arreglado, el maestro me llamó a volver: que había que regrabar un par de frases.
Rebobinar. Del uno al cincuenta, todo. Mi voz en el altavoz, apagada, como con una tela de por medio. Brillante, allí; poner, allí; hasta las dos frases de la cuenta equivocada y repetida, allí, la equivocación sin cortar, guardada tal cual. Acabado el cincuenta, el maestro apretó parar.
Más adelante.
En el altavoz, ningún sonido.
No era el no-sonido del siseo. El siseo es ruido de máquina; yo sé que debajo del siseo se esconde lo que no entra. La grabadora de papá la escuché cuántos años: debajo del siseo, vacío; pero el siseo, por sí, estaba. Esta vez hasta el siseo se puso delgado, como si a la cinta le hubieran vaciado el trecho, vaciado limpio, las dos orillas de la cinta unidas en una, la unión sin costura.
El maestro rebobinó el trecho tres veces. Las tres, igual. Sacó la cinta y la puso contra la luz, a ver si en la cara de la cinta había pliegues; miró un rato largo, la volvió a montar, y puso de nuevo. Igual.
Dijo: aquí no está tu voz.
Dije: yo la dije.
El maestro miró el reloj del armario. El reloj, vuelto en sí; la aguja, derecha del todo. Dijo: niña, la cinta no tiene daño. La máquina, tampoco. Palmoteó el armario, como se palmotea una bestia.
El de los auriculares detrás del vidrio habló también, la voz por el altavoz chico. Dijo: lo de ahora fue sobrecarga. Tres salas, saltando a la vez. Saltó la del cuarto, saltó también la central de la planta baja. Hizo la cuenta y dijo: en treinta años, no había saltado así.
Las palabras de ellos, no las entendía. Pregunté nada más: ¿y lo que yo dije, dónde está?
Nadie recogió la pregunta. El maestro volteó la caja de la cinta, miró la etiqueta de la cara dos veces, y la volvió a voltear. El de detrás del vidrio se quitó los auriculares y me hizo señas a través del vidrio: que los niños no se metan. Dejé de meterme. Me quedé sentada en el cajón, los pies sobre la cruz del suelo.
La cruz, pintada; en el borde, un trocito de pintura gastado, dejando ver el amarillo de debajo. Me quedé mirando ese amarillo. Mirado un rato, dijeron que bastaba, y salí.
El maestro rebobinó la cinta y la metió en la caja. Dijo: el trecho de hoy, cincuenta, completos. Suficiente.
En el bus de vuelta, los dos niños, dormidos. La madre de Xiao Man le pelaba una naranja; el olor de la piel de naranja aplastaba el dulce de las pastillas para la garganta. Al pasar el puente miré fuera: la cuenta de los postes, cortada en el puente; al otro lado del puente, siguió contando; hasta cuánto, no conté.
Yo no dormí. El caramelo del bolsillo, clavándose en la pierna.
Me acordé del duodécimo mes del año del apagón. Antes del registro todavía. La fábrica pasó varios días sin corriente; en cada cuarto, velas encendidas, la cera corriendo y acumulándose en un anillo dentro del candelero. Dijo una palabra nueva, que quería decir oscuro. Mientras la decía, la llama de la vela se puso baja un tramo. La noche que volvió la corriente, el patio entero celebró. Yo no.
La palabra, perdida. La busqué: pasándomela por la boca una y otra vez, lo que salía eran otras palabras; salía negro, salía oscuro, y ninguna era esa. Estuve mustia unos días; mamá me tocó la frente, creyendo que estaba enferma. Después volví a ser de las vivas, y el asunto quedó pasado. Mamá, hablando con la gente, decía que a los niños se les olvida alguna palabra: cosa de todos los días.
En aquel entonces no sabía que había sido eso. Ahora lo sé. Eso quita cosas sin elegir hora. Debajo de la vela quitó una vez; debajo de la luz roja, otra.
Al llegar a casa se había hecho de noche. Del punto donde bajas el bus a casa quedaba un trecho; las farolas, encendidas por la mitad, la otra mitad oscura. Al pasar junto a la sala de radio levanté la cabeza hacia la ventana de atrás. Dentro, oscuro. El alambre de la anilla de la cerradura, sin verse; supe que estaba allí.
Al entrar, mamá en el fogón; la olla hirviendo, golpeando la tapa. Preguntó: ¿se grabó?
Dije: grabó.
Preguntó: ¿todo bien?
Dije: bien.
La olla sonaba. Mamá no preguntó más. Ella nunca va detrás de las preguntas: si hablas antes de otra cosa, escucha la otra cosa.
Saqué el caramelo del bolsillo y lo dejé sobre la mesa. Mamá lo peló; el papel, pegado al caramelo, y al pelarlo se llevó una capa. Alisó el papel, dos o tres pasadas, y lo metió dentro del cuaderno de lana. Dije: ¿y para qué, metido ahí? Dijo: buen papel; sirve de base para el patrón.
Acabada la cena volví a mi cuarto y tiré de la cuerda de la luz. Saqué de debajo del colchón el pañuelo atado; abierto, el botón de latón dentro, lustroso. Lo puse de peso sobre el cuaderno. La esquina enrollada del cuaderno, prensada, llana.
Probé a decir la palabra otra vez. La boca abierta. Las manos también levantadas, a medio subir — las dos encima, y la cosa como que estaba. Al llegar al borde de la boca, salió otra. Una palabra llana, sin ningún ya dentro: una palabra llana, dicha, y acabada.
Lo probé otra vez. La mano, a medio subir, se cayó primero.
Me acordé de He Laosan dibujando el gesto de llevar una cosa cargada; a mitad del gesto, la mano se cayó. Eso suyo fue perderse. Yo no. Mi mano no se ha caído. El peso colgante de la mano, sigue. Lo tomé por la palabra, apretado; apretado un rato, la palma otra vez sudando.
Conté lo que quedaba en la boca. Del uno al cincuenta, todo. El cuarenta y cuatro, allí; poner, allí; firme, allí. Soltar anda en el catorce y el veinte, partido en dos; el entero, no está — el entero, aquel año, nunca llegó a imprimirse. Los impresos, ni uno de menos. Eso quita lo que quiere quitar; lo impreso, no lo quiere.
Acabada la cuenta, una capa de ceniza dentro, como si se asentara. Contando, uno por uno, como se pasa lista. Los nombrados, todos respondieron. El no nombrado: ni un número se le deja.
Apagué la luz y me acosté. El silencio de los oídos, sin acabarse de ir; quedaba un fondo. Como tinaja al fondo: el poquito de agua del fondo, un meneo, un sonido.
Antes solo sabía de eso que da. Da palabras, da sonidos, da esas cosas sin acabarse. Que quita, es la primera vez que lo veo. Quitado uno, no deja marca. En la cinta, no; en la lista, no; en mi boca, tampoco.
En la mano, sí. La sensación de la mano, la cosa a medio pasar, sigue.
Antes de acostarme encendí otra vez la luz y miré la palma. En la palma, dos marcas de uña. Cuando la cosa estaba, esta mano pesaba más que ahora.
Me dormí apretando esa sensación.
A la mañana siguiente vino el anotador y le entregó a mamá un papel: el trecho de cinta de ayer, arriba lo ha reclamado. El original no se queda en la sala. Dijo que lo del archivo no era cosa de ellos.
El papel, tres renglones. El primero, un número, una culebra de cifras. El segundo: el original de la recogida, gestión por el cauce propio. El tercero, la fecha. Me lo leyó mamá; leído, prensó el papel bajo la cesta de costura.
Mamá cogió el papel, sin firmar. Dijo: reclamado, ¿y el ejemplar que se guarda al niño?
Dijo el anotador: el cuaderno, guardado igual. La cinta, cosa de la cinta. Hizo una pausa y añadió: qué aspecto tenía esa cinta, no lo vi. La caja que se llevaron, sí la vi: caja de madera, con algodón en carda dentro. Y sobre el algodón, dos capas de periódico prensadas.
Al irse se paró un momento en la puerta y, vuelta la cabeza, me dijo: tu casilla del treinta y siete, impresa quedó. ¿La has visto?
Dije: la vi.
Dijo: entonces valió.
La puerta, cerrada. Lo oí bajar, piso a piso, el paso pareja. Abajo se quedó un rato más con mamá en el patio, dijo media frase de algo, y tras la ventana no se oía. Empujó la bicicleta fuera de la puerta; la cadena de la bici, sonando todo el camino.
Volví al cuarto, abrí el cuaderno, hasta el renglón de doscientos uno: soltar. La media línea de la acepción, vacía desde aquel año. Cogí el lápiz y puse la punta sobre la media línea.
Se quedó un rato; no salió letra.
No era no querer. Era que la sensación de la mano, al tocar el escribir, se recogía hacia dentro: como lo apretado en la palma, que al aflojar el dedo se cae hacia abajo.
Guardé el lápiz. Cerré el cuaderno; el botón de latón, al medio.
En el alféizar, secándose la lana de mamá. La madeja roja, fuera, secándose al brillo. El rojo, para un chaleco para mí; la medida, tomada; sujetada en una aguja de bambú, sin empezar punto todavía. Lo miré un rato largo. El fondo dentro de los oídos, allí: un meneo, un sonido.