La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

21 · Las palabras aplanadas

Capítulo 21 · 14,7 mil palabras

La tarde del plazo de tres días, en la fonda había una cosa más que la vez pasada: Wang Chaosheng puso sobre la mesa una grabadora de doble pletina, asa de metal envuelta en cinta adhesiva amarilla, y de las dos portillas una con tapa y la otra vacía; la cinta la montó en la de tapa. La fonda, la de siempre a las tres; el de los fideos, atrás, y el que dormía, cambiado por uno fregando mesas: al llegar a su mesa y ver la máquina abierta encima, rodeó la mesa y siguió.

Ella puso la caja de hojalata sobre la mesa y la corrió hacia él. En la tapa, la esquina que quedaba del certificado arrancado, levantada.

Wang Chaosheng no tocó primero la cinta. Sacó de debajo de la taza el recibo, lo alisó y lo prensó contra el canto de la mesa; después abrió la caja, montó la cinta y apretó la tecla. Dentro de la máquina, un clic; el transporte arrancó, una capa de siseo muy llana. No se puso auriculares: así escuchaba, las dos manos alrededor del vaso de agua sola. El contador de pase era de tres cifras; en la de unidades, un trozo roto, el ocho y el cero, imposibles de distinguir.

El siseo andó casi media cara. Cuando llegaron los dos golpes de los tubos de la calefacción, no se movió. Al carraspeo último apretó la tecla de rebobinar, devolvió la cinta y la puso otra vez. Pasado el carraspeo, paró la máquina.

Dijo él: este carraspeo. Es tuyo.

Ella no contestó.

Dijo él: contigo fui compañero seis años. Con el catarro, toses así.

Sacó la cinta, la devolvió a la caja de hojalata con el gesto de quien recoge una pieza de porcelana: primero miró que la boca de la caja quedara pareja. De los dos huecos de la fecha del recibo sacó la pluma y los llenó, casilla a casilla; llenos, encajó el capuchón, y en los dedos que encajaron el capuchón, todavía el oscuro de la fundición. Corrió el recibo hacia ella. Recibo de una cinta de grabación. Siete caracteres y una fecha, ni uno de más.

Dijo él: ¿y la renuncia?

Dijo ella: no se puede firmar. En el procedimiento, la renuncia se firma el día de la Ceremonia, en el sitio de la recogida; firmada antes, no vale.

La frase era mitad verdad. La otra mitad la acababa de componer en la boca del túnel.

Wang Chaosheng la miró un rato. Con tantos años de trastos, estado, precio, procedencia, una cosa por cosa, oía dentro de la frase lo que iba mezclado. Metió la caja de hojalata en la bolsa de plástico trenzado, prensada bajo los diccionarios, la cuerda apretada en dos vueltas.

Dijo él: la cinta la recibo yo. La firma, el día de la Ceremonia se habla. Si entonces firmas, quedamos en claro. Si no firmas — hizo una pausa —, si no firmas, devolver ya no puedo. Esta cosa, pasada por la mano, no tiene vuelta atrás.

Dijo ella: lo sé.

Se levantó; el segundo botón del abrigo de militar, flojo, atado con un cabito de hilo blanco. Colgó la bolsa del hombro, y en la puerta volvió la cabeza, pero de lo que habló no fue de la cinta: la semana que viene, dijo, su Shu Shu sale en la tele. Lo retransmite todas las cadenas del mundo. Abrió la mano hacia la puerta: mis compradores, ese día, no salen de casa.

Se fue. El que fregaba mesas se acercó y fregó la suya dos veces: la primera, la mesa entera; la segunda, solo el sitio donde había estado la máquina.

Esa misma noche guardó el recibo y la autorización en el mismo cajón; el recibo, prensado bajo la autorización. La casilla de la renuncia, en las tres copias, vacía de nuevo. Pensó que la firma era cosa buena: una firma por una cinta, un carácter por casilla, que nadie escriba de más. Llegada ahí, se paró: el pensamiento no era de ella; como oído en boca ajena.

El registro de la clase de traducción de Zhou Shu llegó al día siguiente, bolsa de papel kraft, reenvío de la estación. Antes no lo leía al detalle; esta vez lo leyó desde el principio. En los registros de principios de diciembre, el relato de Zhou Shu seguía corto: Dice que brillante. Lo dijo cuatro veces. La capa de abajo se mueve primero. A mediados, las frases empezaron a alargarse, y el modo de alargarse estaba mal — no era decir más; era que lo dicho eran todas fórmulas. La entrada del catorce de diciembre decía: ha dicho una palabra; significado, luminosidad; grado, cuatro; dirección, hacia arriba; proceso, en curso. Bajo la casilla de la firma de quien relata, el oficial de compilación lo copió tal cual.

Sacó del librero el tomo impreso de He Che y fue hasta la sección de las clases de palabras. Luminosidad, grados del uno al siete; en las palabras de dirección, arriba, el segundo. Lo cotejó: significado, grado, dirección, proceso, cuatro cosas, y ni en una fallaba; el orden, el mismo.

La regla de que los relatos se acortan una vez tras otra la había fijado la Administración; la llevaba treinta años guardada. Ahora los relatos se alargan una vez tras otra. Volvió atrás, y la entrada del catorce de diciembre la leyó otra vez. Ni un carácter estaba mal. Con el lápiz pasó una línea suave bajo ese renglón, sin llegar al final; paró.

De noche volvió Zhou Shu, escribió los deberes, la rendija de la puerta abierta. Al acabar salió a por agua, y ella preguntó qué había dicho hoy. Zhou Shu, el vaso en la mano, lo pensó un momento — ese pensar no existía antes; antes las palabras salían junto con el agua —, y dijo: ha dicho una palabra; significado, luminosidad; grado, cuatro; dirección, hacia arriba; proceso, en curso.

Preguntó ella: cuando lo oyes tú, ¿cómo es?

Dijo Zhou Shu: así es. Acabado el agua añadió: dicho así, se lo graban rápido.

No preguntó quiénes eran ellos. Zhou Shu volvió al cuarto de dentro con el vaso; al pasar junto al canto de la mesa, los dedos planos: la mano entera pasó rasa sobre el canto, sin apretar. Se quedó mirando aquella mano un rato. Hace treinta años alguien le contó que, enlazando palabras, ella apretaba el canto de la mesa: un apretón, una palabra. Se lo contó Wang Chaosheng; ella misma no se acordaba. Miraba ahora otra mano sin apretar, y de pronto entendió que esta familia perdía lo mismo, con treinta años de por medio, perdido en el mismo sitio.

La luz de la lámpara de mesa, una línea por la rendija de la puerta. Cerró el libro de gramática; en el lomo, la etiqueta pegada por He Che, levantada por un borde; la alisó con la uña.

He Che vino al tercer día, sin avisar: llamó desde la portería, arriba, y dijo que traía tres hojas y quería dárselas en mano. Ella lo hizo pasar a la salita pequeña de la tercera planta. El gancho flojo de la pizarra blanca seguía flojo, y el proyector, sin encender otra vez. Al entrar lo primero que vio fue la pizarra; la enderezó con la mano, enderezada, el gancho seguía flojo, y lo dejó estar.

La maleta de ruedas lo seguía; una rueda sonando. Puso las tres hojas sobre la mesa larga y las corrió hacia ella. Propuesta de suspensión de la camarada Zhou Shu en la recogida de traducción profunda. En la casilla de proponente, el nombre del propio He Che; la fecha, veintiuno de diciembre.

Veintiuno. El día en que ella marcó su teléfono — sonó hasta el final sin que nadie descolgara — fue el veintidós. Emparejó las dos fechas; no lo dijo.

Dijo él: una propuesta que arranca del lado de la recogida camina por el procedimiento. La calidad del relato baja, entra en fase de aplanamiento; recogiendo más, cada frase que entre en el texto llevará su signo de interrogación. Un corpus de treinta años: una frase aplanada dentro, y detrás, todo problema.

Lo dijo muy igualado, como de lectura. Y en las tres hojas, en efecto, estaba escrito así: cláusula primera, cláusula segunda, fundamento, nota; en la nota, el artículo séptimo del Reglamento (en pruebas). Nada que rascar.

Preguntó ella: ¿lo sabe ella misma?

Dijo He Che: quien supiera de aplanado no sería ella. Cuando algo se aplana, la gente toma el ejemplar de la norma: lo de la mano y lo de la boca, una sola hoja. Ella ahora cree que habla mejor que antes.

Hasta aquí dijo, y se paró. En la salita, sobre el radiador, un trapo; seco, y alrededor, manchas que fueron húmedas y se secaron. Miró una vez el trapo y retiró la mano de las tres hojas.

Dijo ella: la llamada de la otra vez.

Dijo él: escribiendo estaba esto. La cláusula segunda me lleva tres días atascada. La segunda tiene que decir si su relato todavía sirve; si sirve, suspensión no hay; si no sirve — no acabó; alzó el vaso de papel, el vaso, vacío, y lo volvió a dejar.

Sacó de la maleta de ruedas las dos cajas de fichas y las puso sobre la mesa: la de antes del cincuenta, la de después. Abrió la primera, fue hasta una casilla, sacó una ficha y la corrió hacia ella. En la ficha, letra suya, copiada una frase: maestro, usted lee la partitura, nosotros escuchamos el instrumento. Debajo, una línea horizontal; bajo la línea, una fecha anotada: veintinueve de noviembre.

Dijo él: esta frase no se puede verificar. Según la norma, lo que no se puede verificar no entra en el sistema. La norma la escribí yo, seis años.

Guardó la ficha, la insertó en su casilla, sin prisa en el gesto. Después igualó las tres hojas; igualadas, no las volvió a correr hacia ella: las dos manos encima.

Dijo él: la firma, no te apures. La propuesta la entrego el lunes. Aprobada o no, se sabe al acabar el procedimiento. Si aprueba, firmes o no, para; si no aprueba — se paró otra vez. Esta vez ella esperó un rato; él no siguió, y torció él mismo la conversación: si no aprueba, se verá.

Al irse, la rueda de la maleta sonó todo el pasillo, sonó hasta el descansillo, giró, y nada. De vuelta a la mesa larga, las tres hojas se quedaron: él las había dejado. Leyó la cláusula segunda. Quedaba la marca del atasco: el papel de ese párrafo, más peludo que el resto; goma de borrar por allí, lo borrado reescrito, la letra un cuerpo menor que la de las demás partes.

La propuesta no acabó el procedimiento. El viernes por la tarde llamó la Administración de distrito: que fuera un momento, tercera planta, que lo del documento se decía en persona.

Aquel despacho de la tercera planta no lo había pisado nunca. Sobre el radiador, un trapo, parecido al de la estación. Sobre la mesa, un cristal; bajo el cristal, prensada una hoja: no un documento, una redacción escolar, corregida a pluma roja, la corrección media página; al pie, sin nombre, solo una fecha, de hace treinta y tantos años. El maestro de lengua de antes. Completó por dentro la casilla de aquella lista de personas.

Gu Ling era mayor de lo que ella pensaba; el pelo, blanco por la mitad — no el blanco de la edad: el de quien no ha tenido tiempo de mirarse. Le sirvió té; la taza, con las letras impresas del organismo. Primero corrió hacia ella un documento: las tres hojas de la propuesta de He Che, y en la esquina superior derecha, un sello nuevo: no se admite a trámite; en la casilla del motivo, una línea: el procedimiento no procede; el lado de la recogida carece de competencia para iniciar asuntos de condición.

Dijo Gu Ling: el procedimiento es correcto. Este He Che, en el procedimiento, nunca se ha equivocado. Así que este sello solo puede caer sobre el procedimiento.

Miró ella el sello. La tinta roja del tampón, pareja.

Dijo Gu Ling: el informe lo he retenido yo. Antes de retenerlo lo llamé por teléfono, cuarenta minutos. Lo que él pide, no lo puedo aprobar. El miércoles que viene es la Ceremonia de Traducción Plena de los Treinta Años, emisión en directo para todo el mundo: recinto, señal, corpus de texto, expedientes abiertos desde hace tres años. Los niños de la lista, ciento cuatro; el orden, encerrado en el sistema desde hace un mes. Asuntos de condición, a diez días de la Ceremonia, ninguna promoción los ha parado jamás.

Dijo ella: cita el artículo séptimo.

Dijo Gu Ling: el séptimo rige la calidad de la recogida, no la condición. Si no fuera He Che, este sello cae sin que hiciera falta ni telefonear.

Lo dijo sin prisa; frase y frase, una pausa, como quien espera el turno del otro, y si no llega, sigue. Se acordó de alguien que paraba igual, con treinta años de por medio: se acordó de Wei Dongquan, y le pareció que no — Wei Dongquan se para esperando lo de allá; este ha hecho costumbre de esperar al otro.

Dijo ella: el relato de Zhou Shu, ya no sirve. ¿Lo aplanado entra, y entra en el texto?

Dijo Gu Ling: aplanado o no, no lo decido yo; tampoco lo decide He Che. Está la Sección de Verificación.

Preguntó ella: ¿y la Sección de Verificación qué verifica?

Dijo él: verifica el formato. Dicho esto se paró un momento, bebió un trago, y al devolver la taza al cristal le dio media vuelta en el cristal. En este puesto llevo once años. Sé que el formato no verifica lo aplanado. Lo sabía cuando corregía redacciones: los ejercicios de letra más pareja no siempre escriben lo suyo. Pero la institución reconoce la letra pareja. Treinta años lleva el mundo reconociendo una sola cosa: que el habla de los niños no es pareja. Hace treinta años los niños dijeron por nosotros las frases; dijeron sin igualar, sin atar, con baba; pero eran frases originales. El miércoles que viene, más de cien cadenas del mundo esperan una frase original. Yo retengo una propuesta para que el crédito que esta institución ha juntado en treinta años no se venga abajo en un renglón aplanado — cuéntame tú la cuenta: ¿cómo se paga?

Ella no le hizo la cuenta. Preguntó lo que quería preguntar desde la puerta: el Día de la Vigilia, ¿quién mandó el coche?

El coche llegó al pie del edificio el mismo día del registro, tres días antes que el aviso; lo llevaba apuntado de hace casi un año: en el archivo, nada; en el registro de la portería, la casilla del motivo, vacía.

Gu Ling no contestó enseguida. Miró hacia el cristal, como buscando el giro dentro de la corrección de la redacción.

Dijo Gu Ling: lo mandé yo. El coche no pasa por sello; el aviso, sí. Los hijos de familias de intérpretes, en el registro, una columna aparte — columna aparte desde la Primera Promoción. El año en que te registraste, tú ya estabas en esa columna. En treinta años, esa columna suma cuarenta y un niños, allí desde que nacieron. Shu Shu, la treinta y nueve.

Preguntó ella: ¿y a qué esperan?

Dijo Gu Ling: esperamos la ventana. No a que le pase algo: a que abra la boca. Lo de la frase original, pasados los doce, se acaba; promoción tras promoción, se acaba. Nosotros, los grandes, gramática cada vez más gruesa — los tres tomos de He Che están también sobre mi mesa —, pero en treinta años, los que han dicho una frase entera a lo de allá, todos niños. Yo no vigilo su casa: vigilo esa columna. Y en esa columna, la promoción de su madre es la única que dijo entera la palabra cincuenta.

Ella, sentada, sin moverse. La redacción bajo el cristal, cerca de su mano; los dos primeros caracteres de la corrección a rojo: fallo por. Los dos de detrás, dentro del reflejo del cristal, sin leerse.

Dijo Gu Ling: las tres copias de la renuncia, sin firmar. Lo sé. Si quiere firmar, en el sitio hay supervisión; firmada, el orden se suple ese mismo día. Si no firma — retiró las tres hojas de la propuesta de delante de ella y las metió en una pila de papeles unida con clips; pila gruesa, separada por promociones; los papeles de la pila de más abajo, amarillos —, si no firma, deje a la niña descansar hasta el día. Estos días, parar la clase también vale. La propuesta de He Che, aunque no se admita, el motivo se lo paso a la Sección de Verificación. Trasladarlo, lo traslado; pero no cuente con eso.

Cuando ella se levantó para irse, Gu Ling la acompañó hasta la puerta, y en la puerta añadió una frase, baja: aquella de hace treinta años la vi yo también en la tele. Ese año yo todavía daba clase. Hizo una pausa, esperando que ella siguiera; ella no siguió, y él abrió la puerta de par en par.

El bus de vuelta pasaba por el túnel, cuatro kilómetros, las luces de dentro, casilla a casilla. Apoyada en la ventana, pasó el día entero desde el principio: una cinta pasó por una mano, y un carraspeo la dio por legítima; una propuesta prensada bajo los clips, y bajo los clips, siete promociones de papel amarillo; una columna aparte, cuarenta y un niños — en qué lugar iba ella, no lo preguntó; Zhou Shu, la treinta y nueve: ese número lo guardó, sin sitio donde guardarlo, guardado en el pecho.

En casa, Zhou Shu en el cuarto de dentro, la puerta entreabierta. Antes de entrar se quedó un momento en la rendija. Zhou Shu no escribía los deberes: escuchaba. Los auriculares puestos, el cable colgando, el otro extremo sin enchufar en nada. Al notar alguien en la puerta, Zhou Shu se quitó un auricular; el otro, puesto.

Dijo Zhou Shu: el miércoles que viene. Lo sé. La maestra ha avisado: salimos en la tele, que lave el uniforme.

Dijo ella: el maestro He te ha parado la clase. Estos días no hace falta ir.

Zhou Shu se quitó el otro auricular, lo dejó sobre la mesa, derecho. Lo pensó un momento y dijo: entonces escucho en casa.

Preguntó ella: ¿y escuchas qué?

Zhou Shu señaló los auriculares y dijo: eso que dice ahora, con los ojos cerrados sé lo que va a decir. Dice brillante, y sé que la frase de después vuelve a ser brillante. Se paró un momento y añadió: como aprenderse la lección.

La conversación no la pudo seguir. Dijo que se lavara las manos, a comer.

Cocinando oyó un ruido desde el cuarto de dentro; fue a ver: Zhou Shu tenía extendido sobre la mesa el cuaderno del por verificar, y en las casillas de hoy, letra. Todo el mes, las casillas con esas mismas letras, muy iguales, una letra por casilla. Hoy había escrito: brillante, brillante, brillante. Tres casillas, tres letras, del mismo tamaño, con el mismo espacio. Los dos meses de antes no: letras grandes y pequeñas, unas pisando la línea de la casilla, otras saliéndose del cuadro.

Ella se quedó en la puerta, sin entrar. Zhou Shu acabó la tercera, encajó el capuchón, levantó la cabeza, la vio y dijo: hoy, esto es todo.

Ella soltó un ajá. El calendario de mesa, prensado bajo el teléfono; se acercó, lo sacó y fue hasta la casilla del miércoles que viene. En la casilla, letra pequeña impresa: primero del duodécimo mes lunar. Con el lápiz puso en la casilla un punto, lo pensó, y al punto le dio una vuelta para hacerlo circulito. Acabado el círculo devolvió el calendario bajo el teléfono, prensado un poco más hondo que antes.

Cinco días.

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