La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

20 · El presente continuo

Capítulo 20 · 12,1 mil palabras

Pasado el Año Nuevo, empecé a contar la palabra ya.

La de fin de frase. Una frase con un ya, un ya contado.

El primer día conté once. Por la mañana, ya he comido; al mediodía, ya he escrito; hecha la noche, ya me he acostado. Once.

Al tercer día, cuatro.

Al séptimo, una. Y esa, aprendida de Wang Chaosheng. Decía él que el habla de la fundición desgasta la garganta. Dije yo: la mía, desgastada la tuve.

Después se acabó también la una.

No era que no pudiera decirla. Es que lo dicho doblaba la esquina solo. Mamá me mandó mirar la tetera; miré una vez y dije: hierve. Dijo mamá: ya hierve, vierte. Dije: hierve. La tetera seguía echando vapor. Estuvimos las dos mirando el vapor un rato. Mamá la bajó del fuego.

Volvieron las clases; pasé a quinto. En la clase de lengua, frases: la maestra empezaba por ya. Cuando me tocó, me levanté. La frase estaba, la cosa estaba; al llegar al ya, el camino se cortó. Me quedé de pie medio minuto. Dijo la maestra: siéntate, piénsalo otra vez.

Me senté y lo pensé una clase entera; no salió.

Mi compañero de mesa se apuraba por mí; al acabar la clase me lo enseñó: ya acabé los deberes; repítela. La repetí: sigo escribiendo los deberes. Él me miraba. Yo le miraba. Dijo: así no va. Dije: va yendo. Él no pudo seguir.

Después de clase la maestra me llamó, las dos solas. No mencionó la frase. Sacó del cajón un caramelo de pera, me lo dio y dijo: chúpalo, no lo muerdas. Corregía cuadernos con la cabeza baja; dos corregidos, levantaba la vista y me miraba una vez. El caramelo, a medio derretir, dijo: vete a casa. Dije: voy yendo. Se quedó un momento quieta, hizo un gesto con la mano; no sonrió, y tampoco corrigió.

La frase la escribí así: ya se ha hecho de noche. Las letras, escritas a mano; no dichas. La maestra puso un visto y puso una fecha.

La sala médica de la fábrica, demolida hacía tiempo; ahora la consulta estaba en el extremo norte. De camino mamá y yo; yo pasaba por dentro las frases que iba a decir. En el sitio estaba de antes la de la bata gris, la que pasó lista el año del registro. La bicicleta, apoyada en la puerta; el timbre, mudo: lo apretabas y no se levantaba.

Dentro, olor a lisol, más fuerte que antes. En el cuarto de al lado alguien tosía: una tos, y un rato largo quieta. La otra voz preguntó: esta niña, ¿también le llega el plazo? Dijo la de la bata gris: uno tras otro, en fila.

Me preguntó algunas más. Si el año pasado había nevado. Dije: nieva — me atasqué, cambié: entonces nevó. Ella apuntaba. Qué apuntaba, no lo veía. Me mandó contar el ayer.

Dije: estoy comiendo fideos.

Dijo ella: lo de ayer, qué comiste; di ya comí.

Dije: estoy comiendo.

Esperó un poco. No corrigió más. Abrió la libretita y escribió. Escribiendo se le cayó la goma de la muñeca; se la volvió a poner y siguió escribiendo.

Dijo: el plazo llega pronto. A casa, a esperar.

Preguntó mamá: ¿la escuela sigue o se deja?

Sigue, dijo. Que siga hasta el día que sea.

Al irse se paró en la puerta y, vuelta la cabeza, le dijo a mamá: El día que dejen de decirlo, dejan de decirlo. No lo busquen. Dijo mamá: lo sé.

Esa frase la había dicho una vez el año del registro. Dicha esta vez, montó en la bicicleta del timbre mudo y se fue. Esta vez no llegó a decirlo por cuarta.

Al no poder con el ya, busqué un relevo. Cosa acabada, decía: hecho. El agua hervida: hierve, hecho. Mamá lo entendía. Wang Chaosheng también. Los demás, no.

En la calle, a por salsa de soja, la dependienta preguntó: ¿a llenar? Dije: se va llenando. Dijo: ¿se va llenando es cuánto? Dije: llena, hecho. El de la fila de atrás lo dijo por mí: llénela llena. La dependienta me miró una vez, no dijo nada, y la llenó llena igual.

El seis del primer mes vino Wang Chaosheng. Guantes de trabajo de la fundición, dos pares; trajo uno para casa, dijo que iba de paso, a cobrar.

Se quedó en la puerta, sin entrar. Me sacaba media cabeza; la cicatriz de sabañones en el dorso de la mano, allí. Su habla, más corta.

Dijo: a cobrar.

Dijo mamá: entra a tomar algo caliente.

Dijo: en el turno.

Lo pillé. Su ya, también se le había ido.

Pregunté: ¿andas todavía en la escuela?

Dijo: no — se atascó un momento, cambió: ya no voy. Y dijo otra vez: no voy.

Mamá cogió los guantes. Él golpeó los pies en la puerta, la costumbre vieja de antes. Golpeados, me preguntó: tu cuaderno, ¿sigue?

Dije: sigue.

Dijo: guárdalo. No lo cambies.

Se palmeó el bolsillo. El bolsillo, hundido. Se metió en la nieve; el pie derecho arrastrando media suela, huellas una grande una pequeña.

Los guantes, al armario, por mamá. Palma de tela vaquera, dorso de goma. Dijo mamá: para trabajar.

De noche despertaba una vez, a la hora fija, sin mirar el reloj. Despierta, escuchaba un rato. Dentro, solo la aguja de mamá; fuera, solo el viento; otro sonido, ninguno. De día Wei Dongquan dijo que él despierta a las tres de la noche. Contaba mis respiraciones; por los treinta y tantos, dormida.

El día que se llevaron la máquina vieja fui a verlo. El camión entró marcha atrás al patio; varios cargaban. La de válvulas subió al camión, la cuerda apretada, doblando un arco. El maestro Qiao, a un lado, las manos metidas en las mangas. Dijo: veinte años a su servicio.

Dicho esto entró hacia el cuarto; en la puerta se paró otra vez y miró atrás, al gancho del tirante donde colgaba el cable del micrófono. En el gancho, nada.

El camión salió; rodadas pisando rodadas.

Me quedé un rato sentada en la portería. En la estufa del viejo Song se tostaban ahora rebanadas de panecillo de maíz; me partió una. La parte quemada, hacia abajo; le di la vuelta y mordí. Dijo el viejo Song: frío, sabe mejor. Dije: sigue frío.

El viejo Song soltó una risa, y no siguió. También él, viejo; la puerta, guardada cada vez más suelta: a quien llegaba le daba el registro, y registrado quien fuera, adentro lo dejaba.

El parte se paró el diez. El anotador me pidió devolver el cuaderno. Antes de entregarlo lo repasé una vez más. Las páginas del primer año, palabras apretadas, dos al día. Las del tercero, una al día, y no todos los días. La última página, una sola casilla con letra: un brillante. Las casillas de después, vacías hasta el fin de la página.

Aplané la esquina enrollada del cuaderno antes de dárselo. La libreta azul, del principio al final, el treinta y siete seguía vacío. La cogió, sacó del bolsillo la lesna, la golpeó dos veces contra la mesa, sin sacar polvo, y volvió a guardársela.

Puso el cuaderno en su pila, lo igualó y lo ató con cuerda. Atado, se sentó de nuevo y de pronto dijo: tu treinta y siete, el número me lo guardo.

Dije: ajá.

Dijo: después se imprime. Impreso, te guardo un ejemplar.

Dije: bien.

Se agachó a su pila de papeles y no levantó más la cabeza. Me quedé de pie un rato y salí. Fuera empezaba a deshelarse la nieve; del alero caían gotas, pareja la caída.

Dijo él: ¿y los cabos de lápiz?

Volqué dos del calcetín. El primer año metí cuatro; dos se acabaron de usar. Al último, la punta toda gastada.

Dijo: quédatelos.

Wei Dongquan también estaba. Sentado detrás de la mesa del punto de registro, sin la bolsa de tela en la mano; la bolsa, en el alféizar, todavía cuadrada. Preguntó al anotador qué hora era.

Las cuatro.

Las cuatro, dijo. Yo despierto a las tres de la noche.

Contó un poco de aquel asunto. No era que quisiera contarlo; era que nadie lo cortaba, y las palabras corrían solas hacia abajo. Contaba lo de las cintas: qué año se entregaron, qué año entraron al almacén, qué año al pasar inventario faltó una caja. Esos días los contaba sin abrir cuaderno: los soltaba de la boca; los días, en él, todos vivos. A media cuenta se paró y dijo: ¿por dónde iba? Dije: el año del almacén. Soltó un ah, no siguió, y se fue. Al irse levantó la bolsa de tela del alféizar; primero la sopesó en la mano, y después se la cruzó.

Dijo que despertarse también era bueno; despierto, a escuchar. Escuchar qué, no lo dijo.

El que vino a recoger los trámites del relato vino el dieciséis del primer mes. Empezó por la frase de siempre: que antes de que acabara el plazo, el derecho de relato de ella se extinguía.

El derecho de relato.

Las tres palabras las sabía. Juntas, no las conocía. Me quedé ahí parada. El hombre ya hablaba con mamá: que los registrados de antes, uno por uno, se daban de baja; que el papel tenía que seguir su curso. Mientras hablaba, la mano no dejaba de frotar su carpeta de papel kraft; frotada tanto, que las esquinas de la carpeta brillaban.

Mamá firmó. Firmado, preguntó: dada de baja, ¿qué es ella?

Dijo el hombre: alumna.

El hombre se quedó sentado un rato más y bebió un trago de agua. Preguntó a mamá si en casa había algún otro registrado. Dijo mamá que solo esta. Buscó en la carpeta, sacó una hoja, la miró una vez y la volvió a cerrar. Antes de cerrarla vi que en la hoja había una raya roja, atravesada. Guardó la carpeta y dijo: al llegar la edad, todos igual, uno tras otro. La voz con que lo dijo, como quien lee el tiempo.

Y eso fue todo.

Sin subir la montaña, sin entrar en la sede, el día quedaba con un trozo grande vacío. Aprendí de mamá a escoger verdura, a conocer la lana. Lo rojo que tejía mamá venía de deshacer un suéter viejo. La lana deshecha traía las curvas viejas; tejida hasta la manga, las curvas viejas todavía sin aplanarse.

Después fui con mamá a la cooperativa, a cortar tela para la ropa de primavera. Gente apretada; sobre el mostrador, la tela echada en rollos. Mamá me hizo tocar: dijo, este, grueso. Toqué. Dije: está grueso. Dijo la dependienta: cómo habla la niña, fino. Dijo mamá: ajá, con su modo de hablar. Cortó seis cuartas, y la sobra también la echó. De vuelta volvió a nevar; el rollo en mis brazos, y cuanto más lo abrazaba, más pesaba.

El trabajo de casa no se acababa. Fregar el armario, amasar, cocer al vapor. Yo al fuego, mamá a la paleta. El aceite en la olla, dijo mamá: mira el aceite. Miré. El aceite, primero llano; después, ondulado, anillos caminando hacia el centro. Dije: sube. Dijo mamá: a media subida, espera. Esperamos. Que esta mitad se volviera toda, las albóndigas dentro, crepitando.

Entre esta mitad y aquella mitad, ninguna palabra gobernaba. Lo pensé por dentro. Pensado, no dicho.

Una noche dije: mamá, te voy a decir una cosa.

La mano de mamá no se paró. Dijo: di.

Dije: cambié palabras por cosas.

La aguja de mamá se paró un momento. Solo un momento.

Dije: siete canicas cambiadas. Una con flor roja. También medio lápiz, una goma chica, dos caramelos. De los de papel pegado. Los caramelos, comidos hace tiempo.

Dijo mamá: ¿y las canicas?

Queda la de la flor roja, nada más.

Dijo mamá: ¿dónde la guardas?

Dije: debajo de la caja de los útiles. Dicho esto fui a revolver. Debajo de la caja de los útiles, no. Buscamos con la linterna; de debajo de la cama rodaron unas cuantas bolitas de tierra. Al final la encontramos en el hueco de la pata de la cama; el vidrio, frotado hasta mate, la flor roja dentro, difícil de ver bien.

Dejé la canica sobre la mesa.

Mamá la miró una vez y dijo: devuélvela a su sitio.

La devolví. Mamá tejió dos puntos y dijo: el día del cambio, yo estaba en la boca del puente. Te vi.

Dije: ¿y por qué no me gritaste?

Dijo mamá: estaba pensando cómo decírtelo al llegar. Al llegar hablaste tú primero de otra cosa, y ya no lo dije.

La aguja, un punto, un punto. Quise preguntar qué día, y no se me venía el día. El ya de aquel día no me salía. Dije: tú lo estás viendo.

Dijo mamá: lo estoy viendo.

Y no se dijo más.

Dos días después mamá sacó su cuaderno de lana, fue hasta la página del medio y lo extendió bajo la lámpara para que lo viera. El papel, aceitado; la letra, clara todavía. Dijo mamá: la línea más difícil, aquí. No la acabé de reconocer. Dijo mamá: tú la dijiste. Dije: la estoy diciendo. Dijo mamá: la estás diciendo.

Mamá cerró el cuaderno y lo guardó al fondo del armario. Al guardarlo bajó primero la goma, se la puso en la muñeca, asentó el cuaderno plano, y se volvió a poner la goma.

Después lo dije otra vez. Dije: mamá, digo una frase. No lo dice eso; lo digo yo.

Mamá dejó la labor de lana sobre las piernas y me miró.

Dije: no debí cambiarlas.

Esta frase no lleva ya. No hace falta que lo lleve. Dicha, ni una palabra se atascó.

Mamá me miró un rato y dijo: entendido.

Y dijo: a dormir; mañana te coso un botón.

Al día siguiente me cosió el botón de verdad. El segundo botón del abrigo; el de antes, flojo desde hacía medio año.

Hablar con mamá fue tomándose una forma. Dije: mamá teje la manga. Dijo mamá: tejiendo. Dije: papá está en el turno. Dijo mamá: en el turno. El año del cambio de máquinas, dije: la fábrica está cambiando de máquina. Dijo mamá: cambiando.

El reloj de papá lo arreglaron una vez; al volver, atrasado. Dije: el reloj de papá, atrasando. Dijo mamá: atrasando; ya lo ha ajustado dos veces.

Frases así, antes, llevaban su forma de antes y su ya. Ahora no hacía falta. Mamá nunca me corregía. El anotador me corrigió una vez; después, nadie.

Una vez probé el ya por mi cuenta. Colgué la palabra en su sitio, por dentro, y quise decirle a mamá: tú ya —

Al llegar al ya, la frase no había nada. No era olvido: era que la palabra no se dejaba agarrar. La mano agarra una canica; eso, no. Cambié de frase y dije: tienes una manga tejida.

Escribí el ya en el dorso del cuaderno de aritmética. Una página llena. Acabado de escribir, lo leí: las letras, todas conocidas; ni una cabía dentro de una frase. Mamá entró a recoger los cuencos, miró una vez, no preguntó. Arrancó la página, la dobló y la metió dentro de su cuaderno de lana.

Dije: ¿y para qué, metida ahí?

Dijo mamá: metida está.

Las cuadrículas del cuaderno venían torcidas de imprenta, un renglón más ladeado que otro. Los ya yo los escribía sin torcer: uno por uno, de pie. De pie en el papel; en la boca, ninguno.

La palabra buena, dicha. El ya, sin salir. Dijo mamá: ya hay una tejida.

Esta frase la dijo ella por mí. Solo esta vez.

Hice la cuenta de los días. El día en que He Laosan echó llave era el día de su cumpleaños de doce. Mis doce, con día contable. Esa cuenta no la he hecho con mamá; mamá tampoco conmigo. En casa no hay un reloj en hora: el despertador, diez minutos adelantado; el reloj de papá, diez atrasado. Los días, en medio, sin prisa y sin retraso.

El viento de la primavera entraba por la rendija de la ventana y ladeaba la llama de la lámpara. Mamá tapó la rendija con papel; dos capas, la de fuera pegada fuera de la de dentro.

De noche, sin dormir, iba a la clase de He Laosan. Por el Laba, cada pasada dejaba menos; menos tanto, que me dormía contando lo perdido. Esta vez la pasé entera. La cosa a medio pasar, las dos manos encima, ninguna que soltara.

Pasada, conté.

Ni una de menos.

Abrí los ojos y los volví a cerrar en una rendija. La luz del cuarto de fuera, encendida; la aguja de mamá, un punto, un punto. La manga, cerca del fin.

Dije: mamá, no está acabada.

Dijo mamá: tejiendo.

Dije: ajá, tejiendo.

La mecha de la lámpara de gas, siseando. Conté las frases de hoy. Con ya, una.

La que dijo mamá.

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