La séptima edición del Pequeño diccionario de la lengua de los niños se repartió un jueves; el maestro de la clase de traducción mandó a cada uno traer la edición vieja, entrega pareja de vieja y nueva, un mes de transición, decía, y Zhou Shu llevó los dos tomos a casa juntos en la mochila; la vieja, de tapa verde, con las orillas peladas; la nueva, de tapa azul grisácea, casi un dedo más delgada.
Después de la cena Lin Wanzhao extendió los dos tomos sobre la mesa, uno junto a otro; contó primero la página legal, después las entradas. La vieja, doscientas; la nueva, ciento cincuenta. Pasó desde el número cincuenta hacia adelante: en la vieja, tras el cincuenta venían cinco páginas en blanco; en la nueva, tras el cincuenta venía palabra tras palabra — las páginas en blanco ya no estaban; ni los números ni las páginas.
Cogió los deberes de traducción de Zhou Shu y los puso a cotejar. El ciento uno viejo, en la nueva edición era el cincuenta y uno. El ciento cincuenta viejo, en la nueva, el cien. Cotejó cinco; en los cinco faltaba lo mismo, cincuenta. Fue hasta la última entrada: la última seguía siendo escuchar, el número cambiado de doscientos a ciento cincuenta.
Escribió en el cuaderno de tapa blanda: nueva = vieja menos cincuenta.
El viernes por la mañana llamó primero al camarada Tong.
Él dio primero la unidad, el nombre, el número del documento. El documento ella no lo había visto aún, y él ya dio el número dos veces; la segunda, más despacio, para que ella lo apuntara.
Dijo ella, del cincuenta y uno al cien, ¿adónde fue?
Dijo él, no hace lema.
Dijo ella, esos cincuenta números antes ocupaban cinco páginas en blanco.
Dijo él, ocupaban pliegos.
Dijo ella, ¿y los números?
Dijo él, se renumeró.
Dijo ella, dos generaciones que no cotejan. Los niños se graban el número viejo, y el registro oficial también lo anota viejo.
Al otro lado se oyó pasar una hoja.
Dijo él, lo nuevo cotejado con lo nuevo.
Dijo ella, ¿y el registro oficial de treinta años?
Se detuvo. Una detención más larga que el vuelteo de papeles.
Dijo él, el registro oficial sigue igual.
Dijo ella, ¿y este diccionario cómo se usa de aquí adelante?
Dijo él, como diccionario.
Ella colgó. El documento llegó a la estación por la tarde, copia en distribución, y traía metida una resolución de la Oficina de Traducción; una sola página, el principio impreso como una sola línea: toda entrada sin relato de referencia en tres promociones consecutivas no recibirá lema. Sobre la firma, una línea pequeña: tres organismos cofirmantes. El jefe de sección le encargó de paso una aclaración por escrito sobre la correspondencia entre la tabla de entradas de la nueva edición y la serie de hojas de traducción de treinta años de la estación; ella dijo que la correspondencia era menos cincuenta, y él dijo que entonces escribiera menos cincuenta; ella lo escribió en dos renglones y lo entregó.
Al entregarla se acercó Xiao Jiang con la taza de esmalte, sopesó los dos tomos, uno en cada mano.
Dijo él, más delgado.
Dijo ella, cincuenta palabras más delgado.
Dijo él, delgado va bien. Los chicos lo pueden cargar.
Abrió la nueva y fue más allá del cincuenta; pasó unas páginas, no sacó ninguna en blanco, y volvió a pasarla desde el principio.
Dijo él, ¿y las páginas en blanco?
Dijo ella, ya no hace lema.
Dijo él, ¿y los números entonces?
Dijo ella, se renumeraron.
Cerró los dos tomos, los dejó donde estaban, igualados. Cogió la taza, dio dos pasos y volvió.
Dijo él, ¿entonces los números anotados antes, anotados para nada?
Dijo ella, el registro oficial sigue igual.
Dijo él, ah.
Se fue. En el borde de la taza, la costra de té, un aro más gruesa.
De noche volvió a casa. Zhou Shu copiaba palabras bajo la lámpara, con los números viejos. Ella le acercó la nueva edición; Zhou Shu la tocó con el lápiz, un punto, y la devolvió.
Dijo Zhou Shu, el maestro dice que cambiaron los números, lo de antes no hace falta volver a aprenderlo.
Dijo Lin Wanzhao, ¿entonces cuál te aprendes?
Dijo Zhou Shu, me aprendo el que me acuerdo.
Al decirlo siguió copiando. En la cabeza de la página copiada iba un número, el viejo, ciento uno, y al lado, entre paréntesis, nueva cincuenta y uno. La punta del lápiz venía gastada; hizo girar el lápiz hasta encontrar punta y siguió copiando.
Por la tarde bajó a la segunda planta de sótano de la sala de archivos. El olor a naftalina, el de siempre; el encargado seguía tejiendo detrás del monitor viejo; lana gris, con el punto más apretado que la vez pasada.
Lo que pidió fue el expediente de los trabajos editoriales del diccionario de la Octava Promoción, treinta y cuatro páginas. La ficha la había hojeado una vez dos meses antes, junto a la del sello azul sellado caído torcido; entonces había pedido otra cosa.
Para sacar un expediente había que llenar un volante. El encargado le corrió el volante, clavó las agujas en la lana y quedó con una mano libre para el registro de consulta. La piel del registro, lustrada de tanto roce; las esquinas con una capa de cinta adhesiva. En la columna de consultas de este expediente, nada; la línea de arriba databa de siete u ocho años atrás.
Dijo el encargado, este expediente llevaba años sin que nadie lo moviera.
Dijo ella, ahora lo movemos.
El expediente subió: carpeta de papel kraft, grapado parejo. Del registro de los trabajos editoriales leyó primero el final; al final venían grapadas dos hojas de anexo, una con el historial de los trabajos editoriales promoción por promoción, otra con una lista, y la lista traía impresa la primera línea: enterados de los trabajos editoriales del diccionario, por promoción (vivos).
Primero, Wei. Primera Promoción.
Segunda, Lin Wanzhao. Séptima Promoción, vocal infantil.
Letra de imprenta, el espaciado igual, alineada como las líneas de arriba y de abajo. Su nombre en medio, ocupando su casilla, ni ancha ni estrecha.
La miró dos segundos, y miró otra vez delante y detrás: antes del primero no había nadie; el tercero era un apellido que no conocía, Quinta Promoción.
El encargado acabó una carrera de punto y le dio la vuelta a la labor.
Dijo ella, esta lista, ¿para qué sirve?
Dijo el encargado, para los oficios. Va de anexo en todos los que se distribuyen.
Dijo ella, ¿qué oficios?
Dijo el encargado, el de hoy, por ejemplo. El de su estación también lo lleva; vuelva y mire el anexo.
Dijo ella, el anexo no lo he visto.
Dijo el encargado, entonces se habrá perdido al insertarlo.
Volvió a la página del historial. En la fila de las actas de los trabajos editoriales de la Séptima Promoción, la signatura del expediente, completa; en la de paradero, dos líneas: la primera, la sala de archivos del propio organismo; la segunda añadía una frase — febrero de 1994, incendio en la sala de archivos; los tomos dañados, traspasados al depósito de archivos dados de baja.
Febrero de 1994. Lo pasó una vez por dentro. Aquel año tenía once años, a un año de los doce.
Preguntó al encargado, el incendio del noventa y cuatro, ¿lo sabe usted?
Dijo el encargado, lo sé. Ardió el cuarto de dentro.
Dijo ella, ¿cuánto ardió?
Dijo el encargado, en los papeles consta que dos estanterías.
Acabada la frase, le dio la vuelta a la lana y añadió: se salvó bastante. Humo denso y papel que teme el agua: de las dos cosas solo se podía elegir una.
Copió la signatura al cuaderno de tapa blanda, y copió también las dos hojas de anexo. Copiando la lista, la pluma se detuvo en su nombre, menos de un segundo, y siguió por el tercero.
De vuelta en la estación subió un momento a la tercera planta. He Che seguía corrigiendo el original: pluma roja, papeles pequeños, cortados un poco más grandes que una caja de cerillas. La maleta de ruedas, en la esquina, con las ruedas hacia fuera.
Le dejó sobre la mesa la tabla de entradas de la nueva edición.
La leyó entera, sin coger la pluma roja. Arrastró desde el pie de la mesa la segunda caja de fichas, la destapó, contó menos de diez fichas y sacó la del cincuenta y uno, la dejó junto a la tabla. La ficha, en blanco; en la esquina derecha, el número impreso.
Dijo él, los números se los han quitado.
Dijo ella, aquí usted todavía los tiene.
Dijo él, las fichas son mías.
Dijo él, mientras quede la ficha, queda el número.
Dijo él, borrar un número es fácil, añadirlo es difícil. Ya lo he dicho.
Echó una ojeada a los tres tomos impresos de su mesa. El segundo, abierto por la página de la tabla de entradas: números hasta el doscientos, la fila del cincuenta y uno al cien vacía; los números, allí.
Dijo ella, su original no lo ha cambiado.
Dijo él, el original es mío.
Dijo él, ellos sacan el suyo, yo compongo el mío.
Dijo él, si de aquí adelante algo no coteja, cotejen con el mío.
Dijo ella, ahora hasta se ahorran la dificultad de añadir.
Devolvió la ficha en blanco a su sitio, cerró la caja y dejó la mano un momento sobre la tapa.
Dijo él, que lo ocupe un hueco y que no haya nada no es ocupar del mismo modo.
Dijo él, lo que está ocupado, más adelante se puede llenar.
Dijo ella, ¿y quién lo llena más adelante?
No respondió. Le corrió de vuelta la tabla hasta el borde de la mesa y alineó el canto del papel con el índice — la hendidura al costado del índice seguía allí, algo más pálida.
Dijo ella, la resolución dice: tres promociones consecutivas sin relato de referencia.
Dijo él, han buscado en tres corpus.
Dijo ella, ¿y usted cuántos ha buscado?
Dijo él, tres.
Dijo él, cero es cero.
Dijo él, cero casos no equivale a que no haya.
Dicho esto, encajó el capuchón en la pluma roja; le llevó dos intentos.
El depósito de archivos dados de baja quedaba al norte de la vía del tren; fue el sábado por la mañana, abrían a las ocho y media, y abrió el hombre de los guantes blancos con pelillos. Dos filas de estanterías de hierro, hondas; al fondo, cajas de cartón apiladas, y dos hombres de chaqueta acolchada metiendo cajas nuevas — las cajas arrastrando el fondo por el suelo, sonando todo el camino.
Entregó el volante de consulta. En el volante, una casilla: uso.
Escribió: privado.
El guardamaterial lo miró un instante, no dijo nada, y señaló el tercer hueco del fondo. Los dos de la chaqueta acolchada bajaron una caja y la dejaron sobre un banco de tabla; uno dijo algo, el otro soltó una risa, y siguieron adentro con las cajas nuevas. En la nave no había calefacción; junto al banco, una estufa de carbón, y encima de la tapa una tetera sentada, sin hervir.
Las cajas venían cargadas de humedad, envueltas en papel kraft; la mitad de los nudos, muertos; el guardamaterial los levantó con el cuchillo de corte.
El tomo dañado era más delgado de lo que ella pensaba. El índice, allí; páginas del uno al ciento veintiséis; contó los números contra el índice, no faltaba ninguno, índice y páginas cotejando. En la línea cuarenta y cuatro, impreso: opinión de la vocal infantil (copia en custodia). La tinta de esa línea, más oscura que las de arriba y abajo; tan oscura que se veía salida de otra máquina.
Sobre la carcasa del tomo, pegado, el volante de traspaso, la fecha del daño por fuego llenada hasta el día: catorce de febrero. Pensó dónde había estado ella ese día. Pensó un rato; no salió. De aquel febrero no le venía ni una cosa; solo se acordaba de que aquel invierno la nieve fue grande y su padre decía que el carbón estaba húmedo, que el fuego no prendía bien.
Pasó a la página cuarenta y cuatro.
El papel no era el mismo. Primero lo probó frotándolo entre los dedos; no le salía preciso; abrió en abanico las páginas cuarenta y tres, cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco para comparar el grosor: la cuarenta y cuatro, claramente una línea más gruesa, y más blanca. La puso contra la luz de la ventana: en el papel se veían las verjas del verjurado; en las demás páginas, no.
La letra tampoco era la misma. Las páginas de delante y de detrás, dos manos distintas, ambas a pluma, apretadas. La cara de la cuarenta y cuatro, cursiva diligente, estable, tinta pareja — mano de adulto.
La frase de arranque: tras estudio, se acuerda retirar las entradas citadas de la lista de la presente promoción, para tramitación en pieza separada, con copia en custodia.
Detrás venían todavía una docena y pico de caracteres. Copió desde el principio, carácter a carácter; acabada la copia contó: veintisiete caracteres; anotó el veintisiete en la esquina del papel.
El guardamaterial estuvo un rato a su espalda.
Dijo él, ¿quiere pesarla?
Dijo él, atrás hay una báscula dada de baja del correo, de las de pesar cartas.
La báscula, de platillo de latón; la aguja, frenada por una mota de vidrio. Desprendió la página cuarenta y cuatro y la puso encima; cambió por la cuarenta y tres, luego por la cuarenta y cinco. La cuarenta y cuatro bajaba la aguja más de una división.
El guardamaterial echó una ojeada a la escala.
Dijo él, este papel es grueso. Al grosor del papel se le llama de una manera: gramaje.
Dio dos cifras: esta página, de ochenta gramos para arriba; las demás, sesenta.
Anotó: cuarenta y cuatro, ochenta gramos para arriba. Las demás, sesenta.
Siguió hacia adelante. La página noventa y uno era la lista del consejo editorial: cuadros impresos, nombres a mano. Del consejo adulto, cinco líneas. Debajo, aparte, un cuadro con tipografía pequeña: vocalía infantil. Dentro, cinco nombres.
El segundo era su nombre. Tres caracteres; el segundo, torcido; el trazo último, saliéndose del cuadro. Debajo del nombre, un presente, de otra mano, de adulto.
Se quedó mirando ese cuadro. Desde la puerta el guardamaterial dio prisa: a las once y media echaba llave.
Dijo ella, ya acabo.
Copió también esa página. Al llegar a su nombre la copió tal cual, trazo a trazo; copiada, salía del cuadro igual.
Al salir, el guardamaterial llenó la hora de salida, once veinte, y le pidió la firma en la casilla del consultante. Firmó. Dijo el guardamaterial, la próxima, llame con antelación. Envolvió la caja como estaba, y el nudo lo hizo corredizo.
En el camino de vuelta metió la copia dentro del cuaderno de tapa blanda. Al pasar el cruce del tren el coche dio un salto, y ella echó la mano y apretó el cuaderno.
Llegó a casa por la tarde. Zhou Shu escribía los deberes en la mesa; los dos diccionarios seguían extendidos uno junto a otro, con el lápiz encima, en medio. Al dorso del papel de deberes, una columna de números: a la izquierda los viejos, a la derecha los nuevos, flechas en medio; cotejados hasta el décimo, y parado.
Dijo Zhou Shu, mamá. El cincuenta y uno no coteja.
Dijo Lin Wanzhao, no coteja.
Dijo Zhou Shu, cincuenta números; sin más, ya no están.
Dijo Lin Wanzhao, los números se han corrido hacia arriba.
Dijo Zhou Shu, entonces el cincuenta y uno ya no es el cincuenta y uno.
Dijo ella, ajá.
Zhou Shu movió el lápiz de un diccionario hacia el otro, sin cambiarlo de sitio.
Dijo Zhou Shu, al borrarlos, ¿preguntaron a los niños?
Lin Wanzhao cogió los deberes de traducción y fue hasta esa página: □, sin número, acción, inacabado. Se quedó mirando la página.
Dijo ella, preguntaron.
Dijo Zhou Shu, ¿qué promoción?
Dijo ella, la Séptima.
Dijo Zhou Shu, la Séptima, ¿de qué año?
Dijo Lin Wanzhao, antes de que nacieras tú.
Zhou Shu soltó un ah. Volvió el papel de los deberes al anverso y siguió escribiendo; a dos renglones se paró.
Dijo Zhou Shu, el tuyo está en blanco.
Dijo Lin Wanzhao, el mío está en blanco.
Zhou Shu abrió la edición vieja por las cinco páginas en blanco y puso la palma encima, un apretón.
Dijo Zhou Shu, ¿las has visto? Estas vacías.
Dijo ella, no me acuerdo.
Zhou Shu la miró un rato.
Dijo Zhou Shu, yo las he visto una vez.
Lin Wanzhao no contestó. Apiló los dos diccionarios, la vieja debajo, la nueva encima, y los corrió a la esquina de la mesa.
Zhou Shu recogió el estuche y se fue a su cuarto. Antes de cerrar la puerta dijo: mañana no reparten la nueva. Lo ha dicho el maestro.
De noche se sentó sola a la mesa. La bolsa de papel kraft abierta: la copia de las dos hojas de la lista, la copia de los veintisiete caracteres, el resguardo de consulta. Los apiló, les dio una grapa y los metió en la bolsa. El mapa seguía al fondo, sin moverse. Anudó la bolsa y la dejó en el segundo estante del librero. Con la bolsa encima, aquel estante quedó lleno.
Abrió el cuaderno de tapa blanda y repasó las líneas del día: nueva = vieja menos cincuenta. Lista, segunda. Cuarenta y cuatro, ochenta gramos para arriba.
Pasó a página nueva y escribió un renglón: Séptima Promoción, consejo editorial, segunda.
Debajo abrió otro renglón y escribió cuatro palabras: Yo no me acuerdo.
Ese renglón no lo tachó.
Dejó la pluma sobre la mesa, la punta hacia dentro. Del cuarto de Zhou Shu, ningún ruido; por debajo de la puerta salía una línea de luz, que luego se apagó. Se quedó sentada un rato; oyó a alguien de arriba vaciar el agua, un tubo sonando de punta a punta, y parar.