La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

16 · Las páginas en blanco

Capítulo 16 · 12,3 mil palabras

Cien días antes de mi duodécimo cumpleaños. El número lo fijé yo.

El calendario colgaba detrás de la puerta. Mamá arrancaba una hoja cada mañana. Aprovechaba que cocinaba, cargaba el calendario al alféizar y lo pasaba. Pasaba hasta mi página del cumpleaños y contaba hacia atrás: cien hojas. En la hoja cien doblé una esquina; por miedo a que mamá la viera, la estiré y le dejé una marca de uña.

Aquel día busqué un cuaderno. Del almacén de grano, cuaderno de formularios, traído por papá; en el pie de página, dos caracteres impresos, bao yi. Cuadrícula impresa, diez renglones por página. Escribía con el cabo de lápiz; corto el cabo, le puse un canuto de bambú.

Primero fui a ver al anotador. En el punto de registro estaba sentado, la pinza de metal sujetando un fajo de hojas.

Le pregunté: si uno escribe lo que importa, para que se quede cuando ya no está, y lo lee la gente que se queda, ¿cómo se llama eso?

Levantó la cabeza. Mirándome un rato más largo que de costumbre.

Dijo: ¿quién se ha ido?

Dije: la tercera abuela del patio de atrás. En su casa han encontrado un cuaderno, y todos dicen que menos mal que lo escribió.

Dejó la pinza de metal en la mesa. La dejó suave.

Dijo: eso se llama testamento.

Dijo: tú eso no lo puedes escribir.

No me moví.

Dijo: escribir, puedes. Pero no se lo enseñes a gente que no conoce.

De vuelta escribí en la tapa: Testameto. Mal escrito; en qué estaba el fallo entonces no lo sabía. Mal escrito, tampoco cambié de cuaderno. El cuaderno, treinta y ocho páginas; las conté. Suficiente.

El diccionario lo repartía la Administración, uno por cabeza. Pequeño diccionario de la lengua de los niños, tapa verde, más grueso que un cuaderno escolar, papel blanco, olor a tinta de imprenta. Lo repartía el punto de registro, un viernes, junto con los cuadernos; a cada uno, un fajo para cargar a casa. Mi copia traía una mancha de agua en la esquina inferior derecha; llovió en el camino de vuelta, y de todas las gotas solo aquella mancha entró. Al tacto, arrugada. La primera página, el uno; el número impreso en la esquina superior izquierda, y debajo, la palabra.

Escribía copiando el diccionario. Dos al día; a los cien días, acabado.

Uno, brillante. Escribí: cuando se va la luz.

El uno fue el que más tarde me salió. Escrito, lo miré un rato. Aquel día era también el día en que lo oí por primera vez; eso no lo escribí.

Nueve, despacio. Escribí: pan al vapor, esperar el vapor redondo de la olla.

Entre los veinte, firme. Escribí: el cuenco, puesto encima, no se mueve.

Treinta y uno, aprieta. Escribí: la piedra encima del tinajo de encurtidos.

Había palabras fáciles. Había palabras que me daban un día entero. Las que no salían, dejaba el número vacío, escribía la siguiente, y luego volvía.

Me puse una regla: dos al día, no más. El día de más, al siguiente una menos. Una vez escribí cuatro en un día; al día siguiente escribí una, y acabada me picaba la mano, y con ganas de escribir más cerré el cuaderno, lo metí debajo de la almohada y me quedé un rato sentada.

Las equivocadas las borraba. La goma, cortada en esquinita; gasta, le sacaba una capa nueva con la hoja de cuchilla.

La palabra treinta y siete estaba escrita en el diccionario, y mi renglón no me salía. Abrí la libreta azul: la casilla del treinta y siete seguía con medio radical de hablar. Puse los dos cuadernos frente a frente, un rato, y ninguno se movió.

Más abajo, el cuarenta y uno, anda. Escribí: papá empuja el carro hasta la boca del callejón, y mira atrás una vez.

El cuarenta y cuatro, al escribirlo me paré un momento. Cuarenta y cuatro. El número lo conocía, y no sabía decir de dónde. Aquel renglón lo acabé, y en el margen dejé otra marca de uña.

Quedaban ochenta días cuando llegué a los cuarenta y tantos.

Quedaban setenta, y en los sesenta y tantos. En el cole repartieron el papel de las vacunas, y por el dorso hice la cuenta: dos al día, llegar al doscientos daba justo en la víspera del cumpleaños; ni un día de sobra.

En el cincuenta pasó una cosa.

Acabado el cincuenta, pasé la página. Página blanca.

Pasé otra. Blanca otra vez.

Fui pasando una a una. Papel muy blanco, más blanco que las páginas con letra; en el margen, ni número. Pasadas cinco, en el pie volvía a verse número: ciento uno.

Cerré el diccionario y lo volví a abrir; del cincuenta y uno al cien, contando. Cincuenta números, cinco páginas, blancas. Conté apretando con los dedos, dos veces.

Lo primero que pensé fue falta de páginas. Los libros del cole pierden páginas a cada rato; un descuido de la encuadernación, y cambian el ejemplar. Metí el diccionario en la mochila y fui al punto de registro.

El anotador estaba cortando papel. La cortadora apretada; se limpió las manos primero.

Pasé el diccionario hasta la página cincuenta y uno y se lo corrí.

Dije: del cincuenta y uno al cien, blanco.

Pasó hojas. Despacio, una a una. Pasadas, me devolvió el diccionario.

Dijo: así viene todo.

Dije: ¿todos los ejemplares así?

Dijo: todos.

Dije: entonces es que les faltan páginas. ¿Se pueden cambiar?

Dijo: no les faltan.

Dijo: no se puede imprimir.

Dije: la libreta azul detrás tiene números. Con números, sin letra.

Dijo: el cuaderno es el cuaderno, el diccionario es el diccionario.

Dije: ¿y por qué no se puede imprimir?

Igualó el papel cortado sobre la mesa y lo dejó reposar un compás.

Dijo: a ustedes ya les preguntamos.

Dije: ¿cuándo preguntaron?

Dijo: hace tiempo.

Se levantó a por el termo. El agua hervía desde hacía un rato; al echarla, sonaba fuerte.

Dije: yo no me acuerdo.

Acabó de echar el agua, apretó el tapón, dos veces.

No recogió.

Al rato dijo: llegar al doscientos, y se acaba. Después no hay.

Metí el diccionario en la mochila. Al salir dijo detrás: esas cinco páginas, no las dobles.

No volví la cabeza. Mi copia, en la página cincuenta y uno, ya traía su marca de uña.

Al día siguiente, en clase, pasé el diccionario debajo de la mesa, hasta las páginas blancas. La maestra vino, me quitó el diccionario. Se puso al lado de la pizarra pasando hojas; llegó a la cincuenta y uno y se paró.

Dijo: ¿arrancadas?

Dije: viene impreso.

Pasó otra, y otra vez se paró. Pasó las cinco enteras, volvió a la ciento uno, miró, y volvió atrás.

Preguntó: ¿quién arrancó?

Dije: no arrancó nadie. Todos los ejemplares vienen así.

Cerró el diccionario, vino y me lo devolvió. Al devolvérmelo me miró una vez de más, y no preguntó. Al recreo me llamó y me preguntó de dónde era el diccionario. Dije que de la Administración. Dijo que estaba. Dijo: las páginas no se doblan. Se giró a borrar la pizarra; a mitad de borrar se paró un momento, y siguió borrando.

Del punto de registro fui a casa de Wang Chaosheng. Su casa, detrás de la sala de calderas; en la puerta, el mono de trabajo de su padre tendido. Su madre se había ido al sur, a traer tela; quedada en volver para el Año Nuevo. Dentro, él solo; en la olla, media olla de papilla, fría.

Dije: enséñame tu diccionario.

Lo sacó de debajo de la almohada. El suyo, con la esquina doblada hacia arriba; aplastado con un ladrillo.

Pasé hasta el cincuenta y uno.

Blanco.

Se lo enseñé. Él miraba la olla.

Dije: el tuyo también blanco.

Dijo: ya lo sabía.

Dije: ¿lo sabías?

Dijo: al tercer día de traerlo ya pasé hasta el final.

Cogió el diccionario, dio un tirón de hojas desde el cincuenta hacia adelante, llegó a la ciento uno y la dejó aplastada con la mano.

Dijo: yo me acabé en el cuarenta y seis. Del cuarenta y seis en adelante no me acuerdo.

Dijo: esas cinco páginas no van conmigo.

Tiró el diccionario hacia la almohada. El ladrillo se resbaló de la cama; lo recogió y volvió a aplastar.

Dijo: préstamelo una noche.

Dije: ¿para qué?

Dijo: para algo.

Dije: ¿para qué algo?

Dijo: en tu testameto no está mi letra; nadie lo quiere.

No entendí la frase. No recogí.

El diccionario, prestado una noche, devuelto al día siguiente. Al devolverlo me metió en la mano una canica con flor roja; decía que por el desgaste. En casa pasé hasta la página cincuenta y cinco. En la página, un renglón a lápiz, borrado; la marca, ahí. Torcida; huella de cuatro caracteres.

Fui a buscarlo. Estaba en cuclillas detrás de la sala de calderas, dibujando la rayuela con tiza en el suelo.

Dije: el cincuenta y cinco, ¿qué escribiste?

Dijo: por escribir.

Dije: ¿qué escribiste?

Aplastó un trozo de tiza con los dedos.

Dijo: las páginas en blanco son las mejores.

Dijo: las páginas en blanco no las revisan.

Dije: ¿revisar a quién?

Se levantó y se palmó los pantalones. Palmados, dio dos pasos y paró.

Dijo: en todo caso, no es verdad.

Dije: ¿y si no es verdad, para qué lo escribes?

Dijo: verdad o no, se ve en el papel. El papel es verdad.

Sacó del bolsillo tres papeles, cortados de cajetilla; en cada uno, una palabra, letra suya, saliéndose de la casilla. Dijo que los tres ya se habían ido: una palabra, dos canicas.

Dije: esas palabras él no las ha dicho.

Dijo: si él lo ha dicho o no, en el papel no se ve.

Dijo: lo que está en el papel, todo es verdad.

Guardó los papeles y se los apretó. La palabra del primero la vi: no estaba en el diccionario, ni en la zona blanca, ni en zona alguna. Letra llenando la casilla, trazada dos veces, trazo a trazo.

Dije: escribiendo así, luego los números se lían.

Dijo: no se lían. Los números de ellos, los míos. Cada uno escribe los suyos.

Se fue. La cuadrícula del suelo, a medio dibujar; media casilla, vacía.

Esa noche puse la página cincuenta y cinco debajo del cristal de la mesa. Dos días apretada; la marca se aclaró algo, y no se fue.

Una vez llevé una hoja a la sala de radio. El maestro Qiao estaba dentro afinando; la máquina encendida, dentro siseando. Me desató el alambre de la anilla del candado para que dejara la hoja en la mesa. La lámpara de la mesa no daba; le dio dos golpecitos y dio.

Preguntó: ¿todavía apuntas palabras?

Dije: apunto.

Dijo: en el papel. En el papel se queda.

Dije: lo sé.

Giró la perilla adelante y atrás; el siseo crecía con ella, y menguaba. Dijo: esta máquina, lo lleno y lo vacío, todo lo ha pasado. Dijo eso sin mirarme; miraba la perilla.

Dejé la hoja debajo de su taza y salí. En la puerta gritó una más: despacito, que va oscuro el camino. Al salir devolví el alambre a su sitio; al cabo, dos vueltas.

Quedaban cincuenta días cuando llegué al cien.

En medio estuve dos días con fiebre, tumbada, y me quedé atrás con cuatro palabras. Buena, las recobré a tres por día, dos días; en la mano me salió un callo. Mamá me tocó la mano; me la dio la vuelta y la miró.

Dijo: ¿qué escribes?

Dije: deberes.

Contaba sus puntos. Al llegar al puño contaba más a menudo. Acabada la vuelta decía: acabes pronto y a dormir.

Una noche, contando puntos, dijo de golpe una palabra. Dijo: despacio.

Levanté la cabeza.

Dijo: de chiquita. Decías despacio, lo dijiste tres veces. Yo me acuerdo que está.

Dije: todavía despacio.

Dijo: ajá.

Volvió a contar sus puntos. Dos renglones contados, dijo: a dormir. No me dormí; escribí el renglón de "despacio" otra vez, y la segunda vez, igual que la primera, dejé un renglón.

El cuaderno de lana, debajo de su almohada. Había visto una esquina; una orilla de lana azul. No la saqué.

Con cuarenta días por delante, quedaban tres renglones vacíos. Uno lo pensé en cuclillas junto al fogón: la tetera sonando en la tapa del fogón, y escuché una tetera entera, desde que cantaba hasta que calló, y no salió. Uno era el treinta y siete: la palabra la sabía; la frase de debajo no me salía. Y uno en el que ya ni la palabra se me acordaba; quedaba la sensación, esa de haber tenido la palabra en la boca, redonda, cayendo hacia abajo. Ese también lo dejé vacío. Tres renglones vacíos; repasé los números por encima, repasados gruesos, para que se viera que el sitio quedaba guardado.

Aquel mes Wei Dongquan vino una vez a la fábrica. Se sentó un rato largo en el punto de registro, la bolsa de tela sobre las rodillas, cuadrada. Al irse me vio el cuaderno en brazos. La tapa hacia arriba; el Testameto, mirándole de frente.

Extendió la mano. Le di el cuaderno.

Pasó tres páginas. Despacio. Pasadas, cerró, apretó la tapa con la mano y me lo devolvió.

Preguntó: ¿llegaste a qué número?

Dije: las que salen, todas. Las que no, unas cuantas.

Dijo: las que no salen, no las fuerces.

Dijo: forzada, ya no es ella.

Dijo: esto no va al registro.

Dije: lo sé.

Dijo: no se lo enseñes a la gente que lo quiera.

Dije: no lo quiere nadie. Dentro no está lo que ellos quieren.

Me miró una vez. La mirada, más larga que de costumbre.

Dijo: las palabras son de ustedes.

Dijo: este cuaderno, más.

Alzó la bolsa de tela y se fue. En la puerta se paró, sin volver la cabeza, dijo algo; el viento de fuera, fuerte, y no lo oí. No pregunté.

Con treinta y ocho días por delante, de noche se fue la luz. Escribí con vela. La mecha hizo un nudo; la saqué con aguja y seguí. La cera gotó sobre la tapa y se endureció en una bolita amarilla; la arañé una vez, sin irse, y la dejé.

En la víspera del cumpleaños llegué al doscientos.

El doscientos era escuchar. Escribí: el ruido del maestro Qiao echando la llave.

Escrito, conté el cuaderno desde el principio. Del uno al cincuenta, renglón a renglón. El renglón del cincuenta y uno lo dejé vacío; del cincuenta y uno al cien, cinco hojas de renglones en blanco. Del ciento uno al doscientos, renglón a renglón. Contado, conté otra vez los renglones vacíos. Cincuenta y tres. Cincuenta en medio; tres, guardando el sitio.

Abrí también el diccionario y lo puse junto al cuaderno. La libreta azul, al extremo. Los tres cuadernos, en fila.

La libreta azul: detrás, números impresos hasta el cincuenta; detrás, números sin letra.

El diccionario, del cincuenta y uno al cien: ni números.

Mi cuaderno: cinco hojas de renglones vacíos.

Los miré un buen rato. No se me revelaba nada. Abrí la libreta azul por la casilla del treinta y siete. El medio radical de hablar seguía; los trazos, sin perder color. Cogí el lápiz y al lado de la casilla puse un punto; punto suave, y un hoyo en el papel.

Los guardé: el diccionario debajo de la almohada, el Testameto metido en la hendidura de las tablas de la cama, la libreta azul entre los libros de aritmética.

Apagada la lámpara, saqué otra vez el diccionario. Pasé hasta después del doscientos.

Después seguía blanco. Tres hojas; sobrantes de la encuadernación, sin cuadrícula: papel blanco y ya.

Saqué el lápiz de canuto de bambú. En el primer renglón escribí: doscientos uno.

Escrito el número, a buscar la palabra. De las que yo sabía y que no estaban en el diccionario, la primera era soltar. La casilla del treinta y siete me quedaba con su medio radical de hablar, sin acabar nunca; y esta palabra no estaba en número alguno.

Escribí soltar.

Me salió rápido: pocas rayas. Escritas, se quedaban detrás del número, mirando un punto más pequeñas que las demás palabras.

Escrita la palabra, tocaba la línea de debajo, la del significado. Lo pensé un buen rato. La del cuenco me salía; la de la piedra me salía. Esta, con el lápiz en la mano, no me salía.

La llama de la lámpara dio un brinco. Cerré el cuaderno; primero, dormir.

La media línea de debajo, la dejo por ahora vacía.

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