La lengua de los niñosde Amara Okonkwo

14 · El gramaje

Capítulo 14 · 13,7 mil palabras

Acabado el Año Nuevo, el frío seguía.

En el primer mes no había cole. Yo iba a la administración todos los días.

Mamá dijo: todos los días para allá.

Dije: a dar los partes.

Dijo: ¿y desde el día cinco ya se da?

Dije: se da.

No dijo más. Sacó la ceniza del fogón y la echó en el cesto.

Mamá me sacó la libreta azul de la mochila y la pasó.

Dijo: delgado el cuaderno.

Dije: lo dieron ellos.

Dijo: detrás hay números.

Dije: sin letra.

Dijo: ¿y sin letra para qué se queda?

Dije: después se imprime.

Dijo: ¿quién lo dice?

Dije: el anotador.

Me devolvió el cuaderno. Al devolvérmelo le dio un golpe contra la rodilla; golpeado, igualados los cantos, entonces me lo metió.

Dijo: entonces lo guardas.

Planta baja de la administración, extremo este. Cuarto frío. El anotador, las manos dentro de las mangas.

Solo para escribir las sacaba. Sacadas, rojas.

Este año tosía. Tosía una vez, paraba, y otra vez.

Después de toser se tapaba la boca con la mano. En la mano, polvo de tiza.

La frotaba en el pantalón. Frotada, un cuadrito blanco.

Dijo: en cuanto venga la primavera, se pasa.

Dije: ¿se pasa qué?

Dijo: la tos.

Dije: ajá.

La taza de esmalte de la mesa era suya. Dentro, algo remojado; remojado, dos grandes borlas.

Dijo: no bebas. Amargo.

Dije: no bebo.

Aquellos días mis números eran uno.

El anotador preguntaba: ¿ayer cuántos?

Dije: dos.

Preguntaba: ¿y hoy?

Dije: uno.

Escribía. Al terminar no levantaba la vista.

Dijo: ¿y hacia abajo?

Dije: ¿hacia abajo qué?

Dijo: los números.

Dije: ¿los números también andan?

Dijo: andan.

No pregunté más.

El cuarto se quedó un rato en silencio. En el silencio se oía la radio de fuera, echando un aviso.

El maestro Qiao carraspeaba primero, y después leía.

El primer renglón de la lectura era: atención, todas las unidades.

Wang Chaosheng también venía. Daba rápido.

Daba: Brillante. Aprieta. Este. Abajo.

El anotador anotaba. Al terminar preguntaba: ¿más?

Wang Chaosheng decía: hay. Firme.

Una vez el anotador me mandó conectar con él.

Dio: Brillante. Anda. Este.

Esperé.

Acabó de dar y se volvió hacia mí. Iba a avisarme.

Dije: no hables.

Dijo: no he hablado.

Dije: querías.

Se calló.

Lo conecté: dice que al este hay algo brillante que anda.

El anotador escribía. Al terminar no levantó la vista.

Anotado, se fue. Dijo que tenía un asunto.

Dije: ¿qué asunto?

Dijo: la puerta.

Dije: ¿y el de la bici?

Dijo: se fue.

Dije: ¿adónde?

Dijo: no sé. Acabado el Año Nuevo no ha vuelto.

Me volvió el bolsillo del revés para que lo viera. Vacío; una liga nada más.

Dijo: todo está cambiado.

Dije: ¿cambiado en qué?

Dijo: cambiado, en nada.

Se puso la liga en la mano y la tiró una vez. Tirada, se la puso en la muñeca y se fue.

Me quedé en la puerta mirando un rato. La farola rota de la puerta, sin arreglar todavía.

El chico del patio de allende el río también vino un par de veces.

Ya no traía la almohada. Iba por su pie.

Daba: no ha habido.

El anotador escribía. Al terminar me giró el cuaderno para que lo viera.

Dijo: estas dos palabras.

No conocía la primera.

Dijo: sin reportar.

Dije: lo sé.

Dado, se iba. No me miraba.

Una vez, en la puerta, se volvió y dijo una frase.

Dijo: aquella vez la dije fingida.

Dije: ¿qué vez?

Dijo: en la montaña.

Dije: ajá.

Dijo: yo no oí nada.

Dije: aquella vez dijiste que oíste un poquito.

Dijo: eso era fingido.

Y se fue. Se iba con la cinta del zapato abierta; andando, las pisaba.

Aquel día, dados mis números, no me fui.

Me quedé en el taburete, las manos sobre las rodillas.

Esperaba que siguiera hablando.

El cuarto, en silencio. Fuera alguien barria el patio; barre, para, barre.

Esperé mucho. Tanto que el anotador encajó el capuchón.

Cerró el cuaderno. Dijo: por hoy basta.

No me moví.

Dijo: ¿hay más?

Dije: hay.

Volvió a abrir el cuaderno. Hizo girar la pluma entre los dedos.

Dije: dice que lo sujetas.

Dijo: ¿sujetar?

Dije: dice que lo sujetas. Dice que cuando quede firme, sueltas.

Escribía. Escribía despacio; palabra a palabra, hacia abajo.

Al terminar preguntó: ¿más?

Dije: dice que espera.

Paró la pluma.

Dijo: ¿espera?

Dije: ajá.

Acabó de escribir y leyó el renglón entero.

Leyó: dice que lo sujetas. Cuando quede firme, sueltas. Está esperando.

Al terminar de leer no habló. Dejó la pluma sobre el papel.

Dijo: otra vez "tú".

Dije: ajá.

Dijo: ¿antes había dicho "tú"?

Dije: sí.

Dijo: ¿cuándo?

Dije: en invierno.

Escribía en el cuaderno. Al terminar se paró un momento.

Dije: ¿qué has escrito?

Dijo: no es asunto tuyo.

Dije: ajá.

Dije: dice que espera, ¿aguantará esperando?

Dijo: ¿qué?

Dije: dice que espera. ¿Aguantará esperando?

Dejó la pluma.

Dijo: ¿y tú, miedo?

Dije: ¿miedo a qué?

Dijo: está esperando.

Dije: puede aguantar.

No habló. Volvió a coger la pluma.

Dije: ¿esta qué número es?

Dijo: ¿cuál?

Dije: soltar.

Pasaba el cuaderno. De adelante hacia atrás, despacio, hoja a hoja, deshojando.

Dijo: el cuaderno solo llega impreso al cincuenta.

Dije: ¿y el cincuenta y uno?

Dijo: después se imprime.

Dije: ¿puedo anotarlo en el treinta y siete?

Dijo: el treinta y siete está vacío.

Dije: lo sé.

Pasó hasta el renglón del treinta y siete.

Pluma en la mano. Escribió un carácter.

A mitad del carácter se paró.

Dije: ¿acabado?

Dijo: no.

Dije: ¿y por qué no lo terminas?

Dijo: no lo sé entero.

Miré la casilla. La primera mitad era el radical de hablar.

Dije: ¿y la otra mitad?

Dijo: no la sé.

Dije: ¿entonces qué hacemos?

Dijo: se queda.

Dejó la pluma.

Cerró el cuaderno. Dijo: esta vez toca enviarlo arriba.

Dije: ¿enviarlo dónde?

Dijo: al cuarto del patio de atrás.

Dije: ¿qué cuarto es ese?

Dijo: donde están los cuadernos.

Dije: ¿se puede entrar?

Dijo: no.

Igualó el fajo de la mesa. Igualado, lo ató con cuerda; atado en cruz.

Dije: ¿y lo atas para qué?

Dijo: para cargarlo.

Lo alzó, en el hueco del brazo, y salió.

Lo seguí hasta la puerta.

Al patio de atrás no podía entrar. La puerta, de madera, con una anilla de candado.

En la anilla del candado, un trozo de alambre, con las puntas retorcidas dos vueltas.

Por la rendija de la puerta miré dentro. Patio a oscuras; nada.

Esa mañana dos hombres cargaban una caja.

Caja de cartón; debajo, los dos sosteniéndola, y así hasta el cuarto del patio de atrás.

Encima de la caja, pegado, un papel con dos caracteres. No los conocía.

Dije: ¿qué es eso?

El anotador dijo: cuadernos.

Dije: ¿cuántos cuadernos?

Dijo: no los ha contado nadie.

Dije: ¿cuánto hay en el cuarto?

Dijo: dos armarios.

Dije: ¿llenos los armarios?

Dijo: llenos.

Dije: ¿y llenos, qué?

Dijo: se mete hacia dentro.

Dije: ¿y si arde, qué?

Dijo: hay agua.

Dicho esto levantó la vista y me miró una vez.

No pregunté más.

Por la tarde vino Wei Dongquan.

Camisa oscura, otra vez. La bolsa de tela al brazo, la boca atada.

Hablaba con el anotador. No oía lo que decían; una frase, sí.

La frase era: esta vez, ¿cuántas?

El anotador dijo: nueve.

Wei Dongquan dijo: ¿cuántas darán?

El anotador dijo: todas.

Wei Dongquan se paró. Parado, miraba el cuaderno de la mesa.

Dijo: ¿todas?

El anotador dijo: lo manda arriba.

Wei Dongquan dijo: ajá.

Al salir me vio.

Dijo: anteayer dijiste una más.

Dije: ajá.

Dijo: ¿dijiste qué?

Dije: dice que lo sujetas. Cuando quede firme, sueltas. Está esperando.

Oyéndolo se quedó de pie, quieto.

Dijo: otra vez.

Lo repetí.

Dijo: esta frase me la guardo.

Sacó del bolsillo un cuaderno, lo abrió y escribió.

Mientras escribía yo miraba su bolsa de tela. Al brazo; abajo, un rincón colgando, cuadrado.

Atada con cuerda.

Acabó, guardó el cuaderno.

Dijo: de aquí en adelante, no digas de más.

Dije: ¿por qué?

Dijo: una frase de más, una frase más que no se puede recoger.

No lo entendí.

Dijo: con recordarlo basta.

Dije: recordado.

Y se fue. Andaba sin ruido.

Esa noche oí gritos.

De día, nada. De noche, en casa.

Mamá clavaba puntadas en una suela. La aguja, pasada por el pelo antes de pinchar.

Papá empalmaba la cuerda de la lámpara. Rota; le puso un tramo, y al terminar tiró dos veces de prueba.

La radio acabó. Acabada, seguía estando.

Me acosté. Me puse el acolchado encima de la manta, en los pies.

Me dormí.

Primero se levantó mamá. Encendió la lámpara.

Dijo: ponte el acolchado.

Me lo puse. Un botón, equivocado de ojal.

Dijo: no vayas.

Dije: voy a ver.

No me sujetó.

Llegué corriendo a la puerta del patio. Ya había gente de pie.

Hacia la fábrica, un cielo rojo. Rojo por capas, capa sobre capa.

Olor a papel quemado.

Corrí hacia la puerta de la fábrica.

Gente de pie, todos con la cabeza levantada.

Alguien con una palangana. De esmalte; despintada, hierro negro a la vista.

Sacaban agua del depósito, viaje a viaje hacia dentro.

Alguien gritaba: aparte.

Al que gritaba no lo conocía.

Dos filas en la puerta; una pasando palanganas llenas hacia dentro, otra pasando vacías hacia fuera.

La palangana llegaba fría a la mano. Tirada el agua, salía vapor blanco.

Junto al muro había un hombre de pie, con un cuaderno en la mano.

Pasaba hoja a hoja, rápido.

Pasado, se metía el cuaderno bajo el brazo y cogía otro.

No llevaba palangana.

Yo pasé dos veces la palangana vacía. A la tercera alguien me apartó.

El que me apartó dijo: al lado.

Me quedé al lado.

Alguien dio una patada a un termo; el interior, hecho añicos, el agua echando vapor.

Nadie lo recogió.

La tía Zhang hablaba con gente en el patio. Dijo: lo que arde es el patio de atrás.

Dije: lo sé.

Dijo: ¿y tú cómo lo sabes?

Dije: lo he visto.

No preguntó más.

El anotador salió de dentro.

Traía el pelo mojado, pegado a la frente. Dos fajos de cuadernos en brazos.

Dejó los cuadernos en el suelo y volvió a entrar girado.

A la segunda vuelta sacó un fajo. Los cantos, chamuscados; un aro negro.

Al dejarlo le temblaba la mano.

Alguien gritaba: no entres más.

Entraba igual.

A la tercera salió tarde.

Salió con las manos vacías.

Se arrodilló y tosía; tosía con los hombros dando tirones.

Alguien lo levantó.

Apoyado en la pared se quedó un rato de pie.

El maestro Qiao también estaba. En la puerta, las manos dentro de las mangas.

Dijo: los altavoces no han pasado nada.

Dije: ¿qué?

Dijo: los de dentro, quemados.

Dijo: el del patio, no.

No siguió. Miraba hacia dentro.

La mujer de la chaqueta gris se quedó en la puerta. Gritaba: todos a dormir.

Nadie se movía.

Gritó otra vez. Nadie, otra vez.

Después la mujer de la chaqueta gris se puso en cuclillas a contar cuadernos.

Contaba un fajo y encima le ponía un ladrillo.

Al quinto fajo paró. Dejó el ladrillo y lo volvió a coger.

No siguió contando.

Cuando el fuego se apagó, ya clareaba.

En la pared, una franja negra. Desde la ventana hacia arriba, una.

El cristal, no; el marco, sí. Madera chamuscada; tocar, y suelta migas.

El anotador sentado en el escalón. Un pie sin zapato.

El zapato en el suelo al lado; la pala con un agujero quemado.

No se lo puso. Así se quedaba sentado.

Dije: tu zapato.

Dijo: no pasa nada.

El suelo, una capa de agua; sobre el agua, ceniza de papel flotando.

Vi un trozo de papel. En la esquina, un carácter, medio quemado.

Me puse en cuclillas a mirar. No se distinguía.

En el suelo había una pinza de metal. La del anotador, para los cuadernos; ennegrecida.

La cogí con la manga de almohadilla. La pinza, todavía caliente.

Me la metí en el bolsillo.

Quise coger el trozo de papel. Alguien me tiró del brazo.

Era mamá. Dijo: quema.

No lo cogí.

Mamá me llevaba de vuelta tirando.

Mano fuerte. En todo el camino no habló.

En casa me sentó al canto del kang y me sirvió un cuenco de agua.

Dijo: bébete.

Dije: ¿qué ha pasado en la fábrica?

Dijo: un incendio.

Dije: ¿qué se ha quemado?

Dijo: papel.

Dije: ¿y los cuadernos, se han quemado?

Dijo: no sé.

Dijo: de aquí en adelante, para allá no vayas.

Dije: tengo que dar los partes.

Dijo: dar los partes, pero para allá no vayas.

No dije nada.

Me quitó el acolchado y lo sacudió. Salió un olor.

Dijo: mañana te lo lavo.

En la manga del acolchado, una mancha negra. La frotó con la mano; sin salir.

Dijo: déjalo.

Puso el acolchado sobre la cuerda, sin lavarlo.

Saqué la pinza de metal y la puse en el alféizar.

Mamá dijo: ¿qué es?

Dije: una pinza.

Dijo: ¿de dónde?

Dije: cogida.

Dijo: cogida también se lava.

Ya no dijo nada. Fue a amasar.

A la mañana siguiente fui a la administración.

La puerta del cuarto del patio de atrás, cerrada.

En la anilla del candado, un trozo de alambre, con las puntas retorcidas dos vueltas.

Por la rendija salía vapor blanco. Vapor húmedo.

Al pie del muro, papel mojado apilado; fajo a fajo, hundido.

Me puse en cuclillas a mirar. La letra del papel mojado, corrida; no se distinguía.

Encima de un fajo, aplastando, un ladrillo.

El anotador estaba. Sentado a la mesa.

Ojos rojos. El dorso de la mano, vendado; venda blanca, con ceniza en el canto.

Dije: ¿cuánto se ha quemado?

Dijo: dos armarios.

Dije: ¿lo que estaba enviado también estaba dentro?

Dijo: dentro.

Dije: ¿y lo tuyo?

Dijo: saqué tres fajos.

Dije: ¿y lo que yo dije?

Se paró un momento.

Dijo: está.

No hablé.

Se levantó, fue detrás de la mesa y sacó un fajo.

Los cantos de aquel fajo, chamuscados en un aro. Negro; apretar, y suelta polvo.

Lo puso en la mesa y pasó hojas. Pasaba deshojando con la yema; donde no abría, un soplo de aliento y otra vez.

Pasó hasta una página, me giró el cuaderno y me lo corrió.

Dijo: este es tuyo.

Miré la página.

Papel blanco. Las demás páginas, amarillas.

Dije: esta página no la has escrito tú.

Dijo: sí.

Dije: tu letra es chica. Esta letra es grande.

Cerró el cuaderno.

Dijo: no mires más.

Dije: ¿esta qué página es?

Dijo: la cuarenta y cuatro.

Dije: me la guardo.

Dijo: ¿y para qué la guardas?

Dije: por nada.

Saqué la pinza de metal del bolsillo y la puse en la mesa.

La pinza, negra. Donde la apretaba se desprendió un pedazo de negro, y blanco debajo.

La miró una vez.

Dijo: ¿de dónde la cogiste?

Dije: del suelo.

Dijo: quédatela.

Dije: ¿y tú no la quieres?

Dijo: me queda otra.

Me volví a meter la pinza en el bolsillo.

Dije: ¿cómo se prendió?

Dijo: la línea eléctrica.

Dije: ¿cuál?

Dijo: la vieja.

Dije: ¿y ese cuarto, seguirá con cuadernos?

Dijo: seguirá.

Dije: ¿y cabrán?

Dijo: se meten hacia dentro.

Se llevó el fajo en brazos. Al llevarlo, sostenido por debajo.

De vuelta al patio. En el camino, nieve; derretida y vuelta a helar, resbaladiza al pisar.

Resbalé una vez; la mano contra el suelo. La palma, manchada de negro.

En el alféizar puse piedrecitas. Cuatro.

La cuarta no entraba. La ponía y rodaba.

Puse tres.

La libreta azul, en la mochila. Treinta y seis. El treinta y siete, vacío.

Venido el buen tiempo, empecé el cole.

Erya no vino al cole.

La maestra decía que su casa se había mudado.

Dije: ¿mudada dónde?

La maestra dijo: no sé.

Lo conté en casa. Mamá dijo: mudarse también está bien.

Dije: ¿bien qué?

Mamá dijo: menos camino.

Los partes a la administración quedaron dos veces por semana.

El anotador seguía cosiendo las hojas los viernes. Tres agujeros con la lesna; antes de punzar aplastaba el papel y le dejaba una marca.

Nunca más me preguntó "¿hay más?".

Yo tampoco lo dije.

Después no volví a preguntar por aquella página.

Eso fue después.

Fui por un papel. En el papel, dos palabras: traspaso. Debajo, una dirección.

La dirección, en un patio. Dos filas de casas bajas.

Probé tres cuartos hasta dar con él.

Puerta abierta. Nadie dentro. Llamé una vez.

Salió un hombre. Dijo: ¿a quién busca?

Dije: busco los talones de la séptima generación.

Dijo: al fondo.

En el depósito de archivos dados de baja encontré un fajo.

El estante, al fondo; encima, polvo. Fui a buscar un taburete.

En la bolsa, un año escrito. El año lo conocía.

Desaté la cuerda. Cuerda de papel; un tirón y se rompe.

Dentro, cuadernos. Los cantos chamuscados, un aro negro.

La primera página, índice. En el primer renglón del índice, el año, y detrás, tres caracteres.

Los tres caracteres eran: séptima generación.

Los miré dos segundos y seguí.

Conté las páginas. Del uno al ciento veintiséis.

En el índice, también ciento veintiséis.

Abrí la página cuarenta y cuatro.

El papel de aquella página pesaba más que el de las demás.

Después supe que al grosor del papel se le llama de una manera: gramaje.

La levanté contra la lámpara.

A contraluz se veía la trama de dentro. Las demás páginas no tenían esa trama.

La froté con los dedos. Más lisa que las otras.

Aquella página traía letra. Letra de adulto.

No sabía de quién.

El del depósito me dio unos guantes. Blancos, con pelillos en el canto.

Dijo: copiar sí, llevar no.

Dije: copio.

Dijo: copiar también con su papel.

Me dio un papel. En el papel, una casilla que decía "uso".

Escribí: cotejo.

Copié una página. Copié la cuarenta y cuatro.

Copiada, conté la letra: veintisiete caracteres.

Anoté el número en la esquina del papel.

Doblé el papel dos veces.

Devolví los guantes.

Dijo: ¿vas a volver?

Dije: volveré.

Dijo: avisando antes.

Dije: ajá.

Anudé el cuaderno como estaba. La cuerda, rota; le di un nudo apretado.

Lo metí en el estante. En el estante había un hueco, de la forma de él.

Al meterlo entró un poco de lado.

Lo enderecé.

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