En el último mes del año, todo lo tendido en el patio estaba duro.
Sobre la cuerda, las fundas de los edredones; congeladas, tiesas. Un golpe de palo y sonaba un golpe seco.
Mamá extendió el cuaderno de lana sobre el kang. Me estaba alargando las mangas.
Las mangas otra vez cortas. Deshiló una vez y volvió a montar.
Dijo: este año creces rápido.
Dije: ajá.
Me estiró la mano y la midió. Al terminar le dio una vuelta de lana al dedo.
La radio seguía sonando como siempre. Una vez de madrugada, una vez al anochecer.
Yo escuchaba. Sigue estando.
El día que vino Wang Chaosheng traía el bolsillo sonando todo el camino.
Andaba y sonaba. Las canicas chocando dentro; chocar una vez, sonar una vez.
Dijo: mira.
Sacó del pecho un papel.
El papel, doblado dos veces. Los pliegues peludos; en los cantos, una línea blanca.
Traía letras impresas. Azules, a mimeógrafo, algo grasientas al tacto.
Dije: ¿de dónde?
Dijo: impreso afuera.
Dije: ¿quién lo imprime?
Dijo: no sé.
Extendió el papel en el escalón y aplastó las cuatro esquinas con piedras. Piedras arrancadas del cantero, con tierra pegada.
Al terminar se palmó las manos. Negras.
El primer renglón traía letra grande. Lo leí despacio: traductores de la séptima generación.
La palabra "traductores" no la conocía. La señalé con el dedo: ¿qué es esto?
Dijo: ahí pone traductores.
Dije: ¿qué es un traductor?
Dijo: uno que habla.
Dije: yo también sé hablar.
Dijo: no es eso.
No siguió. Corrió el papel hacia abajo un poco.
Debajo, renglones de palabras. Brillante. Anda. Este. Aprieta. Abajo. Firme.
Letra torcida; cada una ocupando una casilla y media.
Más abajo, una frase.
La leí entera: dice que falta un poquito. Que falta un poquito para que quede firme.
Esa frase la habíamos conectado Wang Chaosheng y yo. La conocía.
Dije: esto lo he dicho yo.
Dijo: ajá.
Dije: ¿arriba está mi nombre?
Dijo: no.
Dije: ¿entonces cómo saben que soy yo?
Dijo: no hace falta saberlo.
Dije: ¿y para qué lo quieren?
Dijo: hay gente que lo quiere.
Dije: ¿quién?
Dijo: gente de afuera.
Dije: ¿afuera dónde?
Dijo: no sé. El que junta papel dice que cuanto más chico, mejor.
Dije: ¿chico cuánto?
Dijo: cuanto más chico, más caro.
Dije: ¿yo soy chico?
Dijo: tienes siete años.
Dije: ocho.
Dijo: el cumpleaños es lo que cuenta.
Bajé otra vez a buscar. En el papel apenas había letras que conociera. Busqué Lin, y no estaba.
Dije: ni uno hay.
Wang Chaosheng dijo: los nombres no los quieren.
Volvió el papel. El dorso, blanco; la tinta pasaba un poco, y por detrás se veían las letras al revés.
Más abajo había otro renglón.
Lo leí: dice que al otro lado han dejado un sitio, que es para ustedes.
Al terminar de leer me quedé quieta.
Dije: esto no lo he dicho yo.
Dijo: lo digo yo.
Dije: ¿tú por qué dices esto?
Dijo: me mandaron añadir una frase.
Dije: ¿añadir qué?
Dijo: una frase que nadie haya oído.
Dije: ¿y cómo se añade lo que nadie ha oído?
Dijo: piénsala y ya.
Dije: no se me ocurre.
Dijo: a mí se me ha ocurrido.
Y no siguió. Las piedras las fue pateando una a una hacia el cantero.
Pregunté: ¿qué es séptima?
Dijo: la que va tras la sexta.
Pregunté: ¿la séptima qué?
Dijo: no sé. Arriba está escrito.
Conté los de mi clase. La séptima no era yo. Tampoco sabía yo la que era.
Le pregunté a Wang Chaosheng: ¿y tú qué has cambiado?
Metió la mano en el bolsillo y fue sacando a puñados.
Siete canicas. Una traía una flor dentro, roja, como un hilo enrollado en el interior.
Medio lápiz bicolor; rojo por un lado, azul por otro, los dos afilados.
Un trozo de goma, cortado; el trozo, chico, el corte liso, con la marca del cuchillo en el canto.
Dos caramelos. Con el papelito pegado, sin manera de pelarlo.
Dije: ¿todo esto es cambiado?
Dijo: cambiado.
Dije: ¿con quién?
Dijo: con el de la puerta.
Dije: ¿una palabra por una canica?
Dijo: una palabra por una canica.
Dije: ¿y las frases?
Dijo: las frases, dos.
Dije: las mías son caras.
Dijo: las tuyas, caras.
Dicho esto fue recogiendo las canicas una a una hacia el bolsillo. Al terminar se palmó el bolsillo, y el bolsillo volvió a sonar.
Dije: ¿y Erya?
Dijo: ya no viene.
Dije: hace días que no la veo.
Dijo: su madre le vendió el cuaderno.
Dije: ¿vendido?
Dijo: vendido. El que junta papel le dio un fajo de cuadernos escolares.
Dije: los cuadernos los dan ellos.
Dijo: lo que dan también se vende.
Dije: ¿y vendido, con qué da los partes?
Dijo: ya no da.
Me apreté la libreta azul contra el pecho. Dentro del acolchado, abombando.
Wang Chaosheng me miró. Dijo: ¿qué temes?
Dije: nada.
Dijo: tu cuaderno no lo quiere nadie.
Dije: ¿por qué?
Dijo: no tiene letra tuya.
No lo entendí. No pregunté.
Dijo: escribe tú también una.
Dije: ¿escribir qué?
Dijo: una que hayas oído. Escrita, se la das, y te cambian tres.
Dije: ¿no eran dos las tuyas?
Dijo: las tuyas, tres.
Dije: entonces no cambio.
Dijo: como quieras.
Guardó el papel. Al guardarlo lo alisó; tres alisadas.
Al día siguiente me encontré a Erya en el patio.
Traía a su hermano en brazos. El hermano, abrigado; los brazos no se le abrían.
Dije: ¿por qué no vienes?
Dijo: ya no voy.
Dije: ¿por qué?
Dijo: no me salen.
Dije: a mí también me dejaron de salir una vez.
No recogió. Subió a su hermano un poco más arriba.
Dije: ¿y tu cuaderno?
Dijo: mi madre se lo dio al que junta papel.
Dije: ¿cambió qué?
Dijo: dos láminas de Año Nuevo.
Y añadió: y un fajo de cuadernos. Los cuadernos traen cuadrícula; se escribe mejor que en el otro.
Dije: ese cuaderno lo daban ellos.
Dijo: lo que dan también lo cogió mi madre.
El hermano se echó a llorar. Ella le dio dos palmaditas.
Dijo: no voy. Voy y no me salen igual.
Dije: ajá.
Se fue con el hermano en brazos. La cinta del zapato, abierta; no se la ató.
A mitad de camino se le cayó un zapato al hermano. Volvió a por él.
Recogido, se metió el zapato bajo el brazo y siguió con el hermano en brazos.
Por la tarde fui yo sola a la puerta de la fábrica.
Al pie del muro había un hombre en cuclillas.
Una bicicleta apoyada en la pared. En el portaequipajes, una caja de cartón, atada con cuerda en cruz.
Llevaba guantes. Grises, de lana; la liga del pulgar pelada, los cinco dedos al aire.
Fumaba. Una calada, y el cigarro pinchado entre los dedos, la mano caída.
Al terminar apagó la colilla contra la suela. Y la colilla la recogió y la guardó en el bolsillo.
Wang Chaosheng llegó corriendo. Llegó al muro y se puso en cuclillas.
Sacó del bolsillo un papel doblado en cuadradito.
El hombre lo recibió. No lo miró. Metió el papel en el pecho, bajo la camisa, y se lo apretó.
Le desató la cuerda de la caja. Desatada, metió la mano y sacó un puñado de canicas.
Dijo: cuenta.
Wang Chaosheng contó: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.
El hombre sacó también un puñado de caramelos. Dos.
Wang Chaosheng dijo: la otra vez también dos.
El hombre dijo: la otra vez traías más palabras.
Wang Chaosheng dijo: esta vez tampoco vienen pocas.
El hombre dijo: esta vez tres son viejas.
Wang Chaosheng se calló. Se metió los caramelos en el bolsillo.
El hombre me vio entonces.
Sacó de la caja un cuaderno y lo abrió delante de Wang Chaosheng.
El cuaderno venía engrapado. Las grapas a la izquierda; una, torcida.
Dijo: este es de la vez pasada.
Wang Chaosheng lo recibió y lo fue pasando. Página a página; paró en la cuarta.
Dijo: aquí hay cosa mía.
El hombre dijo: busca. Si encuentras tu nombre, tuyo.
Wang Chaosheng buscó. Buscó dos veces.
Dijo: no está.
El hombre dijo: da lo mismo.
Le quitó el cuaderno y lo metió en la caja. Al meterlo apretó hacia abajo el papel de dentro.
Dijo: y esta, ¿quién es?
Wang Chaosheng dijo: ella conecta las frases.
El hombre levantó la vista hacia mí. Ojos chicos; el blanco, algo amarillo.
Dijo: conecta una.
No dije nada.
Dijo: dices una frase y te doy caramelo.
Seguía sin decir nada.
Wang Chaosheng dijo: ella no puede decirlo.
Y añadió: ella dice que dice que falta un poquito.
El hombre escribía en el cuaderno. El cuaderno sobre la rodilla, en pie; escribía muy despacio.
Al terminar dijo: ¿más?
Wang Chaosheng dijo: hay. Dice que al otro lado están dando parte de una cosa muy lenta.
El hombre escribió. Al terminar paró la punta.
Dijo: esta está vieja.
Wang Chaosheng dijo: ¿vieja cómo?
Dijo: esta ha estado impresa.
Cerró el cuaderno. Antes de cerrarlo dobló aquella página por la mitad; dobló una esquina.
Dijo: el contenido no importa.
Dijo: al comprador lo que le importa son cinco palabras: algo que un niño dijo.
No lo entendí.
Las cinco palabras las conté dentro de mí.
Algo. Que. Un. Niño. Dijo.
Cinco.
Las conté otra vez. Cinco, otra vez.
Cuando contaba la tercera, ya tenía el cuaderno guardado.
Me dio un caramelo.
Me lo tendió sujetado con dos dedos.
No lo cogí.
Dejó el caramelo encima del muro y se giró a empujar la bici.
El caballete sonó una vez. Montó, dio media vuelta a los pedales y se fue.
La caja en el portaequipajes, a saltos. Un salto, y la cuerda más suelta.
Wang Chaosheng cogió el caramelo del muro.
No pudo pelarlo; se lo metió en la boca con papelito y todo.
Dijo: si no lo quieres, lo quiero yo.
Dije: papel.
Dijo: no molesta.
De vuelta a la administración quedaba algo de luz.
El maestro Qiao barria nieve a la puerta. La amontonaba hacia el cantero, un montecito.
Dijo: entra, que fuera hace frío.
Dije: busco al anotador.
Dijo: dentro está.
Al terminar apoyó la escoba tras la puerta. Tras la puerta, dos ganchos; uno torcido. Colgó la escoba del derecho.
Dije: afuera hay gente imprimiendo nuestras palabras.
Dijo: que imprima.
Dije: impresas ya son suyas.
Dijo: lo del papel, para quien lo coge es suyo.
Sacó el cautín del alféizar y le sopló la ceniza de la punta.
Dijo: no cojas.
Dije: no he cogido.
Entró. Dentro tenía el suelo lleno de altavoces, y los probaba uno a uno.
El anotador estaba sentado a la mesa. Traía polvo de tiza en las manos, también entre los dedos.
Preguntó: ¿hoy ha habido?
Dije: ha habido.
Dijo: da.
Di: Brillante. Anda. Abajo.
Escribió. Al terminar preguntó: ¿más?
Dije: no.
Alzó un poco la cabeza.
Dijo: ¿os ha buscado gente de fuera?
Dije: sí.
Dijo: ¿quién?
Dije: uno de la puerta, con bici.
Anotó en el cuaderno. Al terminar cerró el cuaderno.
Dije: ¿qué has escrito?
Dijo: no es asunto tuyo.
Dije: ajá.
Guardó el cuaderno en el cajón. El cajón, sin llave; cerrado dejaba una rendija.
La mano se le quedó un compás sobre el cajón, y la retiró.
Vi que por la rendija asomaba una esquina de papel. Azul.
Dije: ¿también tú tienes impresos en el cajón?
Dijo: no.
Empujó el cajón. Empujado, metió las manos dentro de las mangas.
Dijo: por hoy basta.
Salí. En la puerta añadió una frase.
Dijo: lo que les den de fuera, no lo metan en casa.
Dije: no he metido.
Dijo: ajá.
Salí.
Dos días después era viernes.
El anotador cosía el cuaderno. Tres agujeros con la lesna; antes de punzar aplastaba el papel y le dejaba una marca.
Pasó hilo blanco, dio un nudo por debajo y mordió el cabo del hilo con los dientes.
Al terminar abrió el cajón. Dentro, un fajo de papeles, azules, igualados.
Los sacó a contar. Contados, levantó la vista y me miró una vez.
Dijo: tú no mires.
Giré la cara.
Preguntó: ¿el de fuera qué os pide?
Dije: palabras.
Preguntó: ¿y qué más?
Dije: una frase que nadie haya oído.
Se paró. Devolvió los papeles al cajón.
Dijo: no les den.
Dije: no he dado.
Dijo: dada también vale. Escrita ya no es de ustedes.
No lo entendí.
Cogió mi libreta azul y la abrió por el treinta y seis.
La miró un rato.
Pasó atrás y me devolvió el cuaderno.
Dijo: te acuerdas del número.
Dije: me acuerdo.
Dijo: treinta y seis.
Dije: ajá.
Cerró el cajón.
Dijo: vete.
Dije: ¿y usted?
Dijo: yo voy detrás.
Salí, y no a casa. Di la vuelta a la casa y me puse en cuclillas detrás del cantero.
En el cantero no había flores, solo tierra. Tierra helada; en cuclillas, frío.
Esperé un rato.
El anotador salió. Traía un fajo de papeles en el hueco del brazo.
Fue hacia el patio de atrás. Sin nadie; al pie del muro, cestos rotos apilados.
Junto al muro había un hombre. Traía una bolsa negra en la mano, cuadrada, con el asa dura.
El anotador le dio los papeles.
El hombre los recibió, los pesó con la mano y los metió en la bolsa. No los contó.
Dijo una frase. No la oí.
El anotador movió la cabeza una vez.
El hombre se fue. Andaba rápido; la bolsa negra dándole a la pierna, un golpe y un sonido, otro golpe y otro sonido.
El anotador seguía junto al muro. Se quedó mirando el suelo un rato.
Después se frotó las manos dos veces en el pantalón y volvió girado.
Venía con las manos vacías.
Salí de detrás del cantero, me palmé las rodillas. Dos huellas de tierra.
Anochecía. Se encendió la farola de la fábrica; la rota seguía sin arreglar.
En la puerta estaba Wei Dongquan.
Camisa oscura, la bolsa de tela al brazo. La boca atada con cuerda.
Dijo: parad.
Wang Chaosheng se paró. Venía de junto al muro, otra vez con el bolsillo lleno.
Wei Dongquan dijo: saca el papel.
Wang Chaosheng le dio el papel del bolsillo.
Lo miró. Miraba despacio, renglón a renglón hacia abajo.
Al terminar lo levantó más alto, contra la luz.
Dijo: las letras de este papel no son las letras que tú dijiste.
Wang Chaosheng dijo: son las mías.
Wei Dongquan no recogió.
Se giró hacia mí: ¿aquella vez qué conectaste?
Dije: dice que falta un poquito. Que falta un poquito para que quede firme.
Dijo: otra vez.
Lo repetí.
Dijo: al papel no se parece.
Dije: ¿qué no se parece?
Dijo: las letras.
Dijo: cambiadas las letras, ya no es lo que dijiste.
Preguntó: ¿y él qué más os pide?
Dije: una frase que nadie haya oído.
Preguntó: ¿quién piensa?
Dije: Wang Chaosheng piensa.
Preguntó: ¿y tú has pensado?
Dije: he pensado.
Preguntó: ¿se te ha ocurrido?
Dije: no.
Se paró. Parado, miraba la farola de la puerta del patio.
Añadió: si no se te ocurre, no la fuerces.
Dije: ajá.
Decía una frase y paraba. Parado, esperaba que alguien recogiera.
Nadie recogía. Seguía él solo.
Dijo: las palabras son de ustedes. El papel, no.
Dije: ajá.
Dobló el papel dos veces. Doblado, otra vez por la mitad; un cuadradito.
Se lo metió en el bolsillo del pecho. El bolsillo, con botón; se lo abotonó.
Dije: ¿qué llevas en el bolsillo?
Dijo: papel.
Dije: ¿y para qué lo llevas?
Dijo: para guardarlo.
La bolsa de tela seguía al brazo. Abajo, pesada; un rincón colgando, cuadrado.
Atada con cuerda. No la abrió.
Le eché una mirada a la bolsa.
Dijo: no mires.
Dejé de mirar.
Wang Chaosheng dijo: entonces mañana vuelvo.
Wei Dongquan dijo: ve.
Dicho esto se fue. Andaba sin ruido. Las suelas, blandas.
Wang Chaosheng sacó las canicas y, en cuclillas bajo la farola, las contó.
Dijo: siete.
Contó otra vez: siete, otra vez.
Dijo: mañana cambio por goma. Se me acabó la goma.
Dije: ¿no te cortaron un trozo?
Dijo: el trozo se me perdió.
Y se fue corriendo. Corriendo, el bolsillo seguía sonando.
Al llegar a casa mamá pelaba apios.
Tenía las manos rojas de frío; los nudillos, gruesos.
Dijo: ¿por dónde andabas?
Dije: en la puerta de la fábrica.
Dijo: ¿y qué hay ahí?
Dije: un hombre.
Dijo: ¿qué hombre?
Dije: el de los papeles.
Soltó un ajá. Le cortó la raíz al apio y se la tiró a las gallinas.
Las gallinas escarbaban al pie del muro. Abrían un hoyo.
Dije: mamá.
Dijo: ajá.
Dije: ¿qué es un traductor?
Se paró un momento.
Dijo: ¿quién lo dice?
Dije: lo he oído decir.
Dijo: no sé.
Llevó los apios adentro.
Mamá extendió el cuaderno de lana sobre el kang y me lo enseñó.
En el cuaderno había palabras. Letra de ella, grande; tres o cuatro por página.
Había una parte remojada en aceite, el papel oscuro; las letras se veían igual.
Dijo: esto todo lo has dicho tú.
Dije: ¿yo?
Dijo: de chica.
Dije: ahora también soy chica.
Sonrió una vez. Sonreída, cerró el cuaderno.
Dije: ¿y lo apuntas para qué?
Dijo: tú lo dices y yo lo apunto.
Dije: ¿para enseñárselo a alguien?
Dijo: no.
Dije: ¿entonces es como lo de afuera?
Se paró un momento.
Dijo: yo apunto lo que dices tú.
Dije: ajá.
Dejó el cuaderno debajo de la espuerta, y dejado, le dio una palmadita.
Papá sacó la grabadora.
En el último mes del año la había limpiado una vez; en el armario, con la tapa de tela levantada.
Me mandó decir una frase.
Dijo: dices una frase y te la grabo.
Dije: ¿decir qué?
Dijo: lo que sea. Lo que das tú.
Dije: dice que falta un poquito.
Apretó la tecla. Lo dije.
Rebobinó y puso.
Salió un siseo. Dentro del siseo no había nada.
Lo puso otra vez. Siseo otra vez.
Dijo: no entra.
Mamá, desde la cocina, dijo: ya se había dicho que no entra.
Papá dijo: esta vez lo he limpiado.
Dicho esto lo puso otra vez.
Sacó la cinta y la dejó en el armario. Derecha; los dos carretes hacia arriba.
Dije: entonces lo digo otra vez.
Dijo: ya no.
Tapó la máquina.
Saqué la libreta azul de la mochila y la abrí por el final.
Seguía en el treinta y seis.
El treinta y siete, vacío.
Detrás había números, sin letra.
Cerré el cuaderno y lo metí en la mochila. La correa se me volvió a abrir.
De noche acabó la radio. El viento hacía sonar los alambres de fuera.
Me quedé tumbada escuchando un rato.
Sigue estando.
No hablé.