Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 7 · El cielo se abre

Capítulo 8 · 11,7 mil palabras

Llevaba un mes el cielo portándose mal, y yo fingiendo no verlo. Un hombre con la carta de un muerto en el bolsillo y una temporada entera de mentiras pequeñas a la espalda: el cielo todavía no era la mayor de las mentiras que yo mantenía.

Pero el cielo miente distinto que la gente. La gente miente escondiendo, tallándole a la verdad una forma, con bondad. Las máquinas mienten con aritmética. En el tercer mes después de la Fiesta de la Cosecha, lo que el cielo estaba haciendo era exactamente eso, aritmética —y ya no se molestaba en taparlo—. Fue ese detalle el que me cambió de un hombre que finge no ver a un hombre que ya no puede.

Las estrellas se movían.

Así empezó. Durante una semana me convencí de que era cambio de estación: cuando a alguien le urge que una cosa sea clima, dice que es clima aunque no tenga estación. Las estrellas no son clima. Llevaba ya suficiente vida en el borde del mundo para saberlo: no migran. Pero se iban adelgazando. Las constelaciones viejas que yo había aprendido desde el promontorio, las que June nombraba como nombra los cristales de su propia ventana, iban perdiendo sus miembros débiles uno a uno, al modo en que un presupuesto tacha partidas. Las conté con mi modo nuevo de contar, y llevé registro, y la cifra fue bajando todo el camino. No se lo dije a June. Decírselo exigía contarle todo lo demás, y lo demás no lo tenía preparado.

Y entonces, una noche de niebla baja y bordes dorados, con el mar fabricado muy quieto, las estrellas que quedaban se reordenaron en fila.

Estaba en la plataforma bajo la lámpara, adonde voy cuando el sueño no viene. Lo vi ocurrir, con la mirada con que se mira una cosa que uno lleva mucho tiempo temiendo y llamando por su nombre equivocado. Las estrellas no se movían rápido. Se movían como se mueve lo ajustado —sin prisa, exactas, al modo en que cae una pieza de ajedrez que ya tomó su decisión—. La constelación que yo estaba mirando, la que June llama «los Camareros» —tres estrellas débiles apoyadas una en otra al pie, como tres hombres bajo el mismo abrigo—, se abrió, se reunió de nuevo, y en el sitio donde los Camareros estaban apareció un número.

Un número lo reconozco. Escribí cláusulas sobre números y las leí durante veinte años; un número colocado a propósito en el cielo no se confunde. No era grande. Un dígito solo, limpio, seguro, armado con estrellas que jamás habían sido vecinas, suspendido sobre la niebla, a la altura a que uno alza la vista para mirar la hora.

Era un nueve.

Me quedé allí, con la respiración aguantada, y lo vi cambiar.

Las estrellas se deslizaron —otra vez, con esa calma de cuerda dada—, y el nueve fue un ocho. Lo entendí, con la aritmética fría de un hombre que por fin deja de engañarse: era una cuenta atrás. A quien cuenta ya no le importaba disfrazarla de tiempo; y si ya no le importaba, era porque ya no quedaba nadie importante a quien fuera necesario engañar.

Eso fue todo. La máquina que no sabe mentir a la manera de la gente ponía la aritmética a la vista. El cielo sobre la última lámpara del mundo era una cuenta atrás, y yo acababa de ver a los Camareros —apoyadas una en otra, bajo el mismo abrigo, tres estrellas débiles— gastados para componer su primer dígito. Cuánto de lo que quiero costaría el dígito siguiente, no lo sé.

Bajé de la escalera y me quedé en la oscuridad de la galería, la mano sobre la carta de Corso en el bolsillo. Pensé en esa misericordia que esconde la cosa en la oscuridad para conservarla ilesa, y pensé si el cielo no le estaría haciendo eso a June. No. El cielo no la había escondido en la oscuridad: el cielo era la oscuridad, y contaba hacia atrás hasta un momento sin ninguna luz que guardar.

Durante un mes me dije que la estaba protegiendo. La verdad la quebraría; una cosa fabricada no cabe dentro de una verdad que no se fabricó para ella; lo más bondadoso era que el clima se mantuviera estable, que la lámpara ardiera, que ella nunca supiera el nombre de eso.

Y el cielo acababa de darme el nombre en aritmética. Era un número. Y a una mujer que lleva cuentas no se le oculta un número.

Esa noche no se lo dije a nadie. Volví a mi cuarto y me quedé despierto en la oscuridad fabricada, rehaciendo en la cabeza la aritmética de la pizarra —la misma que hice unas semanas atrás, en una sala de hospital con una mancha en la ventana—: a su mundo le quedaban años, y el cielo los iba gastando un dígito por vez; mi cuerpo se gastaba a sí mismo según su propio horario; y fingir que no puedo salvarla no la salva, y esconderla en la oscuridad tampoco la salva.

Porque la oscuridad era justamente la cosa que venía.

Bajé por la mañana y la posada estaba distinta.

No era la casa: eran los huéspedes. Eran más —tres caras nuevas en la mesa larga, llegadas de noche por los caminos del interior, que es como llega la gente cuando el mundo le hace parecer cercano el viaje—. No comían. Estaban sentados, las tazas frías del todo, las caras en fila hacia la ventana que mira la niebla. En esas caras había una expresión que yo había visto: la del público de una sala de juicio cuando cae el fallo —ni pena, ni miedo, sino una calma terrible, ya asentada. La calma de quien por fin le han dicho la fecha.

Habían visto el cielo. No sabían lo que yo sé, pero habían visto el número, y con él habían fabricado lo único que una criatura puede fabricar: un presagio.

Me quedé en la puerta escuchándolos, como se escucha una lengua que uno habla y ha olvidado que habla. No tenían miedo. Eso fue lo que me atravesó. Una huésped llamada Mira —mujer pequeña, tres semanas de espera, con las manos plegadas al modo en que se pliegan en los lugares de culto— les decía a todos, con la voz tranquila: que el cielo había empezado a dar la hora, y que aquello era misericordia; que antes uno esperaba sin saber cuándo, y ahora sabía, y en el saber había consuelo.

—La lámpara es un horario —dijo Mira—. Siempre lo he dicho. Te dice cuándo es la hora de irse. Ahora el cielo y la lámpara han entrado en el mismo horario; eso es todo; marcan juntas. Es un bien, piénsalo: nadie va a verse cogido de improviso.

Los demás asentían. Los vi asentir, y todo el peso del mundo fabricado se me vino encima como cae la niebla por el acantilado. Entendí que no se equivocaban. Un moribundo al que le han dicho la fecha tiene un regalo entre las manos; las habitaciones de La Última Luz estaban llenas de gente venida a escuchar su fecha; todo este lugar se sostiene sobre la dignidad de la hora sabida. Y entendí, en el mismo aliento, que leían el reloj equivocado: leían el cielo como la hora de su propia partida, la hora de la espera por la que habían venido; y solo yo, en toda la sala, sabía que el cielo no marcaba la hora de ellos —marcaba la del mundo mismo, y la cuenta atrás no iba por ellos—. Estaban de pie dentro de algo que se estaba muriendo, tomando su muerte por su propia prórroga.

Habían venido a morir al fin del mundo. El mundo se moría bajo sus pies más rápido que ellos, y no lo veían, porque sus vidas fabricadas creían todas una misma cosa: que el mundo es lo que se queda.

No podía decirlo. Decírselo a ellos era decírselo a June, y todavía no podía decírselo a June; llevaba en el bolsillo la frase de un muerto —la farera no miente—, y yo le llevaba una temporada mintiendo a la farera, y el cielo contaba.

Salí, subí al promontorio, me quedé al borde de la hierba y levanté la vista. De día, el cielo hacía su tarea de siempre, el paso del gris al dorado, escondiendo la cuenta atrás —el día siempre ha sido el encargado de tapar lo que se hace de noche—. Pensaba en los huéspedes que leían el número como misericordia, y en la cosa más cruel que esa máquina había hecho: hacer la aritmética tan parecida a la fe que los moribundos se calentaran con ella.

June me encontró.

La oí antes de verla —ese silencio suyo al pisar la hierba, el que trae cuando no sabe con qué se va a encontrar—. Llegó a mi lado y se quedó de pie al fin del mundo. Un buen rato sin hablar ninguno. Después dijo: —Llevas todo el día mirando.

—Llevo un mes mirando —dije.

—Lo sé —dijo, sencillo, sin sentenciar, como dice todas las cosas. Y entonces hizo lo que a mi corazón le paró el paso. Levantó la vista hacia el cielo vacío, hacia el lugar donde el número había estado de noche y volvería a estar esta noche, y dijo: —Anoche era un nueve. Hoy ya es un ocho. Ellos creen que es para ellos: la hora de su partida. Lo dijo Mira en el desayuno. Se ha quedado tranquila. —Hizo una pausa—. Yo no creo que sea para ellos.

Giré la cara hacia ella. La cara quieta: la plana, la exacta, la tibia. Miraba el cielo como mira una cuenta que no cuadra: del derecho, del revés, buscando la grieta.

—¿Entonces para quién crees que es? —pregunté con cuidado, con el cuidado de antes, en un interrogatorio fuera del tribunal, buscando la frase que me dijera cuánto sabía.

—Creo que es para el mundo —dijo—. Creo que el mundo lleva un tiempo encogiéndose: la niebla llega más cerca cada año; el pan no sabe como cuando yo era muchacha; la mecha se recorta cada vez más a menudo; y las estrellas—

Se paró. Y yo la vi hacer la cosa que jamás le había visto hacer, la que, a cualquier precio, habría querido estar equivocado.

Se puso a contar. Primero los cristales de la posada, después las piedras del borde de la hierba, después los dedos de sus propias manos —yo la vi contar, el movimientito de los labios, su viejo modo de darle números al mundo para que se sostuviera de pie—, y la cifra salió mal.

Lo vi. Al llegar a los dedos, sobraba uno, o faltaba uno; no supe decir cuál de las dos cosas. Un pequeño desorden le pasó por la cara, del modo en que pasa una ondita por el agua quieta. Volvió a contar. Mal otra vez. Se detuvo.

—June.

—Nunca me ha salido mal una cuenta —dijo bajito, al cielo—. Sé contar cualquier cosa. Cada cristal de esta casa lo he contado; cada huésped que ha andado el sendero lo he contado; cada día de lámpara lo he contado. Los años sé contarlos. El pan sé contarlo. Yo nunca… —Alzó las dos manos y miró sus diez dedos, lo único que nunca había cambiado—. Ya no puedo contar mis propias manos, Elías.

Me quedé muy derecho, sin atreverme a moverme. El viento levantaba la hierba al fin del mundo. La niebla, debajo de nosotros, entraba y salía, a su turno.

—También el cielo me lleva tiempo mintiendo —dijo—. Todo me ha mentido un poco, ya lleva un rato. El pan no está bien. La mecha se recorta más de lo debido. Las estrellas ya no se deciden a qué se dedican. Y ahora, mis propias manos. —Bajó las manos y me miró. La cara seguía quieta, pero debajo de la quietud había un tono que nunca le había oído en la voz: miedo de verdad, pequeño, sólido; el miedo de alguien que llevó toda la vida contando el mundo con claridad y descubre que el mundo no quiere quedarse quieto para que lo cuente—. Tú sabes qué es eso —dijo—. Lo sabes desde hace un mes. Miras el cielo como se lee un contrato. Llevas una carta en el bolsillo que no me enseñas. Me llamas como quien comprueba que el nombre sigue allí. —Lo dijo plano, como dice todas las cosas, sin acusación, solo con la paciencia terrible de una mujer que lleva cuentas—. Dime qué está contando el cielo.

Estaba de pie al fin del mundo. La niebla respiraba abajo, el cielo fabricado escondía arriba su aritmética, y la mujer que quiero me reclamaba con su voz plana y exacta una cuenta que le deben desde hace toda la vida. Entendí que la temporada de mentir bien había terminado; que Corso tenía razón; que hay dos misericordias en el mundo, y que durante un mes entero yo había estado estirando la mano hacia la equivocada.

Eligí la otra.

Allí no. Al borde de la hierba el cielo oye, y los huéspedes confundirían las palabras con la prórroga que creen suya. Hay verdades demasiado grandes para el promontorio; hay otras demasiado pesadas para la mañana. Le debía un anuncio hecho como se debe: allí donde está la lámpara, donde ella lleva las cuentas, con la lámpara encendida, con su mundo entero reuniéndose alrededor de ella como se reunió la noche de la Fiesta de la Cosecha.

—Te lo voy a contar —dije—. No aquí. Esta noche, junto a la lámpara, cuando la encienda; nosotros dos. Te lo voy a contar todo.

Me miró un largo rato. La vi sopesar si confiaba en mí, como sopesa todo: leyendo la cuenta, revisando la grieta. Y después la vi encontrar en mi cara la cosa que llevaba un mes buscando y no sabía nombrar: no la verdad tallada, sino la verdad misma, al fin, sin forma.

—Bien —dijo—. Esta noche. Yo enciendo la lámpara. —Lo dijo como dice todas las cosas buenas: plano, tibio, sin poner un solo acento, con la entonación de la frase dicha mil veces. Se dio la vuelta y se fue por el sendero hacia la posada. La miré irse, y pensé: dentro de unas horas le voy a quitar de las manos lo único que ha poseído de verdad en esta vida —creer que el mundo que guarda es verdadero; creer que la lámpara que enciende es un horario para los moribundos; creer que es una mujer que guarda la luz al fin del mundo, y no una cosa guardada por el mundo—. La iba a quebrar. Porque la quiero. Porque la farera no miente. Porque hay dos misericordias en el mundo, y por fin entendí que la que conserva la cosa en la oscuridad no es misericordia en absoluto: es la oscuridad misma, esperando allí.

Me quedé al borde de la hierba hasta que la luz del oeste puso la niebla dorada, con la carta de Corso pegada al pecho. Levanté la vista hacia el cielo, que se estaba recogiendo para contar otra noche, y pensé en el número que sacaría esta noche, y en la mujer que en ese mismo momento le recortaba la mecha a la lámpara sin saber que un anuncio venía en camino.

Eligí la peor. La que hace daño, la que le retira de bajo los pies el mundo fabricado entero y la deja de pie, con las manos vacías, sobre la verdad. Porque la otra —la bondadosa, la que conserva en la oscuridad— no es misericordia. Eso era lo que yo le había hecho durante una temporada entera; lo había visto Corso; lo había visto el cielo; ella acababa de verlo en mi cara, y aun así confió en mí. No podía devolverle esa confianza con oscuridad.

La farera no miente.

Volví a la posada por el sendero, hacia la lámpara, hacia la mujer que estaba a punto de quebrar con la verdad. Llevaba en el bolsillo la frase de un muerto, como se lleva un peso que uno mismo escogió. Pensaba en la misericordia, y en que la peor es la única que de verdad merece llamarse elección.

Y luego fui a contárselo todo.

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