Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 6 · La temporada de mentir bien

Capítulo 7 · 12,3 mil palabras

Le regalé demasiadas mañanas.

Esa fue toda mi estrategia, y no supe verla hasta que ella la nombró, porque estaba ocupado siendo tierno. Ya había leído el artículo del nicho, y también la nota al pie de «ellos», y con lo que supe allí decidí que nada tendría derecho a hacerle daño. Y me puse a quererla con un cuidado que, a su manera, fue lo más deshonesto que he hecho en mi vida. Recortaba la mecha antes de que lo pidiera. Sabía de memoria en qué lado del mostrador guardaba las tazas buenas. Le cosí el dobladillo del delantal cuando se le descosió: lo cosí mal, ella se rio, y dijo que ella tenía una aguja mejor.

Sobreactué. Esa palabra sí sé usarla ahora; entonces no. Entonces creía estar sosteniendo con cuidado una cosa a la que casi le había visto la falla. Cada mañana despertaba y ella ya estaba en pie, completa, sirviendo té en una taza a medio llenar —la hora vacía no volvió. O volvió, y ella la tapó por mí. O no volvería nunca—. No podía preguntar: preguntar equivalía a decirle que había algo que se podía preguntar. Así que no pregunté; compensé con las manos; y me dije que aquello se llamaba amor.

Quien lo leyó fue ella.

Una mañana de las de siempre. El cielo fabricado hacía su paso de gris a dorado sobre la niebla, puntual. Bajé a ayudarla con el agua y la llamé antes de que ella me llamara, con la voz muy baja, del modo en que se llama a un nombre cuando se teme perderle la pista. Levantó la cabeza, hizo primero en la cara esa cosa que hace —archivar una frase, guardarla bien—, y dijo, sin apartar los ojos de mí:

—Dices «mañana» con el mismo sabor que «el último día», Elías.

La mano con la que sostenía la tetera se me quedó quieta.

—Cuando lo digo, es de verdad —dije. Era verdad, y la verdad era todo el problema. Ella oyó el problema a la primera, como oye todas las cosas.

—Sé que es de verdad —dijo—. De eso hablo. Basta con que abras la boca y la palabra suene a cosa apretada en el puño. Como la última taza del estante: si la apoyas fuerte, se rompe. —Dejó su propia taza, suave, entera—. Cuando la gente dice así el mañana, es porque no sabe si va a volver.

No tenía yo una frase que no fuera mentira y a la vez no le dejara oír la forma de la verdad, y yo no quería que oyera esa forma, porque la verdad entera, sin tallar, la quebraría. Le di, pues, la verdad más bondadosa que tenía a mano, y dejé que la mañana corriera por encima. Pero la frase se quedó sobre la mesa, entre los dos, como una taza que ya nadie volvió a coger. Supe que empezaba una temporada, una temporada sin fin a la vista: en ella la querría con más cuidado que a nada de lo que he querido; cada gesto de cuidado sería una mentira pequeña; y ella —la que no miente, la que lleva las cuentas, la que apoya las tazas enteras, la que nunca dice adiós sino «hasta mañana»— sería la única de los dos que dice la verdad.

Decidí que necesitaba la realidad. Necesitaba quedarme un rato de pie en un lugar que no estuviera fabricado, dolerme un rato en un lugar verdadero, y recoger la diferencia entre los dos antes de haberla perdido del todo.

A June le dije que tenía asuntos que atender en el interior —es la mentira que digo cada vez que aterrizo—, y dijo: —Bien. Cuídate del tiempo. Era su manera de decir vuelve. Yo dije «hasta mañana». No se le movió una arruga en la cara, porque me creía como se cree al tiempo. Subí, me tumbé, me tumbé con la postura de antes de una exploración, y dejé que el mundo fabricado me soltara.

La realidad tiene un olor. Un olor que no se puede nombrar, que es decir: un olor que es todas las cosas; había olvidado con cuánta insistencia un lugar verdadero se llena a sí mismo. El techo de la sala de hospital era el techo de una sala de hospital. Una técnica amable me preguntó cómo me sentía, y dije que bien, dicho con la precisión de una palabra a la que todavía no me toca tomarme en serio.

No fui directamente a casa. Fui al despacho —un hombre que se va a morir, que decide gastar lo que le queda dentro de un mundo fabricado, debe por lo menos la cortesía de una dimisión en persona a quien deja—. Era martes. Mi mesa ya estaba recogida, recogida al modo de cuando ya no se espera que vuelvas. Me senté frente al socio gerente y dije que renunciaba.

No me exigió razones. Di la verdad en su formato mínimo —me quedan unos dos años, ya sé cómo pienso gastarlos—. Dijo que el despacho me echaría de menos; esa es la versión cortés. Firmé, salí a la calle de ese martes, y en el lugar donde debía sentir la pérdida no sentí nada. Sentí otra cosa: que una taza sostenida durante veinte años se apoyó y la mano no temblaba. Eso me dio miedo: que soltar pudiera ser tan limpio.

La casa la vendí. La vendí mal, por teléfono, con un agente al que nunca vi, cerrado entre dos inmersiones, con los muebles incluidos: el camino del cobarde, y también el único camino honesto, porque a mi corazón no le alcanzaba para pasar mis días una gaveta a la vez. La bola de nieve me la quedé. Llevaba años en la ventana del apartamento; comprada un día de lluvia en un mercado de viejo, de cosas que un hombre vendía de su abuela: una cúpula de cristal pequeña, dentro un faro de hojalata, baratijo, la pintura del pie levantada, el mar del corazón de un niño. La guardé siempre porque, al sacudirla, todo lo demás cae dentro de la cúpula, y solo el faro de hojalata se queda de pie, encendido. La sostenía entonces con las dos manos y pensé en la mujer que guarda la luz al fin del mundo —en ella diciendo que la lámpara de al lado es un horario—, y todavía no sabía que le contaría la bola de nieve, ni lo que llegaría a ser después.

Cómo lo supo Dana, así lo sabe todo: marcó el teléfono fijo que olvidé dar de baja, llegó hasta el agente, y se presentó en la puerta de la casa vacía con una llave que no debía tener y con la cara que conozco desde que tengo memoria.

—Has vendido la casa —dijo—. Has dejado el despacho, y te sumerges a diario, Elías. Todos los días dentro de ese sitio. Los médicos te dan dos años y tú los gastas en—

—En el único sitio donde no duele —dije.

—Eso no es un sitio. —Bajó la voz, y fue peor que si me hubiera gritado—. Es una máquina llena de gente que finge no haberse muerto, y tú finges dentro que no eres uno de ellos, y has vendido una casa para pagarlo.

Ese tramo lo había ensayado, buscando la frase limpia. Pero ella es mi hermana, la única que me conoció antes de que yo aprendiera a redactar frases limpias, y lo que me sale no sale limpio.

—Hay una mujer —dije—. Al fin del mundo. Que guarda una lámpara. A cada huésped lo dibuja en el libro de cuentas, con miedo a que la niebla los olvide. Canta desafinada sin saberlo; nunca dice adiós, dice «hasta mañana». Es lo único verdadero que he encontrado en años. Y quieren apagarla. Mientras me quede un solo aliento, no lo consiento.

Dana me miró un buen rato. Después sacó su verdad más filosa: —Llevas tanto tiempo dentro que ya no distingues persona de personaje. Ni una esposa de un «buenos días» programado.

—Distingo —dije—. En todo ese lugar soy el único que distingue. Ahí está el problema, Dana. Distingo, y la quiero igual.

Se quedó en el umbral, sin entrar. —Dos años —dijo al final—. Dos años gastados en un personaje. En uno que seguirá allí cuando tú ya no estés. Ni siquiera sabrá que te fuiste. Le servirá té al siguiente moribundo, lo dibujará en su libro, y nunca—

—Calla —dije, del modo en que se lo dices a alguien cuando ha dado en el blanco. Ella lo oyó y paró. Estábamos en el vestíbulo de la casa vendida, la bola de nieve en la ventana a mi espalda, y yo pensaba que el faro de hojalata aguanta encendido cualquier sacudida, y no sabía si eso era valentía o si sencillamente así lo fabricaron.

—El domingo comes en casa —dijo al irse—. Hay ensayos clínicos nuevos, Elías, todos los años. No tienes por qué gastar los dos años en—

—Hasta mañana —dije. Porque era la única verdad que me quedaba en la mano. Se la tendí. No supo qué hacía yo con ella. La vi salir del vestíbulo, adentrarse en la casa que yo había vendido, y supe que volvería a hacerle daño. Me senté en el suelo vacío y sacudí la bola de nieve. La nieve subió, blanca y espesa, y cayó junto al faro de hojalata.

La lámpara seguía encendida.

Volví a la posada antes del alba. June ya estaba en pie, completa, sirviendo té en una taza a medio llenar. Me miró como se mira el tiempo: —Cuídate del tiempo.

—Ya me he cuidado —dije, refiriéndome a otra cosa.

Esa misma tarde le conté la realidad —contada del modo en que no quiebra—. Del otro lado de la niebla hay un mundo: la gente compra y vende, se muere de enfermedades comunes, las ciudades tienen ventanas verdaderas y lluvia verdadera; un hombre salió un martes de un edificio, soltó una vida que llevaba veinte años cargando, y la mano no le tembló. No le dije de qué estaba hecha ella, ni que el mundo que describía era aquel en el que despierto cuando la dejo. Conté como se le cuenta a un niño un país donde uno ha estado: todo maravillas, sin los precios.

Le conté la bola de nieve.

—Hace años, en un mercado de viejo —dije—, lloviendo. Un hombre vendía las cosas de su abuela. Una cúpula de cristal pequeña, y dentro, un faro de hojalata. La sacudes y todo el cielo se pone blanco de golpe —nieva dentro de la cúpula, de repente cae entera, más densa que nada—: las casitas, los barquitos, la tormenta entera cayendo; y la lámpara del faro encendida. La sacudes como la saques, sigue encendida. La tormenta va en lo suyo, y la lámpara, en lo suyo.

June se quedó quieta un buen rato, sin moverse: así se queda cuando lee una cuenta que no cuadra. —Es raro guardar una cosa así —dijo—. Una tormenta fabricada que no puede apagar la lámpara. ¿Para qué la quiere la gente?

—De prueba —dije, y dije más de lo que pensaba—. Para demostrar que hay una lámpara que ningún tiempo apaga.

La vi archivar la frase. Ya no había marcha atrás, y no quería haberla. Me miró un largo rato, con esa cara clara, plana, exacta. —Desde la Fiesta de la Cosecha estás de otro modo, señor Ross. Me llamas como quien comprueba que el nombre sigue allí. Todo lo que cuentas son lámparas que no se apagan. —Dejó la taza, entera—. No eres un hombre contento de haber encontrado algo. Eres un hombre con miedo de perderlo. Y no quieres decir qué es lo que temes perder.

Abrí la boca para entregar la verdad más bondadosa. Pero ella ya había oído su forma dentro de todo lo que yo no decía, y era demasiado honesta para mirar hacia otra parte ante una grieta. Supe que la temporada de mentir bien se acababa.

—No tengo miedo de perderla —dije—. Tengo miedo de que se acabe sin que yo sepa todavía lo que era.

Pensó. —En eso somos iguales, entonces —dijo—. Eso lo temí toda la vida, hasta que decidí que no es algo que deba temerse. —Fue hasta la ventana desde la que se ve la niebla—. Quien guarda la lámpara decide primero una cosa: para quién es la lámpara. Para el que se va: tú encendida, y él, al volverse, da la hora. Para el que se queda: tú encendida, y él sabe que en la oscuridad no está solo. ¿Para quién es tu lámpara, señor Ross?

No respondí. No se podía. La respuesta era para los dos, y una de las dos era la mentira que me decía a mí mismo.

El huésped preparado para irse se apellidaba Corso.

Venía a La Última Luz como todos: a sentarse un rato con la idea de la niebla, y llevaba más tiempo sentado que la mayoría. Un hombre callado, servilletas dobladas con precisión, que de vez en cuando se tocaba el bolsillo, donde en realidad no había nada. Cuando alguien toma una decisión, gira una esquina, y se le ve desde el otro lado de la sala: los hombros se asientan, la mano deja de ir al bolsillo, la mirada al tiempo cambia de esquivar a quedarse. Corso giró su esquina a la mesa de esa cena de martes. Levantó la cabeza y lo dijo a la sala, y a nadie: —Creo que mañana ya estoy.

La sala se quedó quieta del modo en que se aquieta la posada cuando algo con peso entra en ella. June lo leyó desde el otro lado de la mesa, como lee a todos: si lo de dentro es verdad, si no viene de memoria. Leyó verdad. —Entonces lo preparamos —dijo.

Esa noche lo dibujó en el libro de cuentas. Yo la vi dibujar, como me dibujó a mí entonces: pequeño, de pie al borde de un silencio muy grande, las dos manos en los bolsillos. Entendí que era su último asiento en el registro, de los que la niebla no lleva, y por eso puso un cuidado mayor: era la única entrada que contaba.

Al clarear lo acompañamos por el sendero hasta el final de la hierba, que es hasta donde June acompaña siempre. Pero esta vez, antes de detenerse, le cogió la mano y la sostuvo un momento, con la voz con que se dictan las reglas de una casa: —La lámpara va a estar encendida. Si miras atrás, estará en su sitio, ni una pulgada desviada.

—Lo sé —dijo Corso—. Para eso está la lámpara. —Lo dijo como dice quien aprendió una cosa de otros y llegó a creérsela. Vi a June hacer un ajuste mínimo. Supe que esa era la frase que quería dejar guardada.

Se volvió hacia mí. —Tú le mantendrás la lámpara encendida. No era pregunta.

—La mantendré —dije.

—Bien —dijo—. De un lugar así solo se pide una cosa: que, cuando a quien le toca la lámpara le falte la fuerza, haya otra mano que la encienda. —Su mano se posó un momento en mi hombro y se retiró; anduvo el último tramo de hierba y tomó el sendero de la niebla. June y yo nos quedamos al fin del mundo mirándolo irse, con la mirada con que se ve partir a alguien en la estación: bañado, comido, puntual, con lo suyo resuelto. La niebla lo recogió sin ceremonia. No supe decir si había visto morir a un hombre o si lo habían dejado pasar; después entendí que aquí es el mismo verbo, y que en eso va todo el uso del lugar.

June volvía delante de mí, con la mano firme. No puso una tercera taza. —Esto lo has acompañado muchas veces —dije.

—Muchas veces.

—¿Se hace más llevadero?

—No —dijo—. Se hace más silencioso.

Eso fue todo lo que dijo antes de la posada. En el umbral había una carta sujetada con una piedra, letra a letra, doblada con precisión. La abrí. Una línea:

La farera no miente.

La leí dos veces, buscando la cláusula. No había cláusula. Solo la frase, lisa, como las servilletas de Corso, como una taza entera que June apoya. Estaba en el vestíbulo de la última lámpara del mundo, con la carta de un muerto entre los dedos, y la carta me dejaba a mí el título —farero—, y yo acababa de pasar una temporada entera mintiendo por esa lámpara. Entendí la frase del sendero —tú le mantendrás la lámpara encendida—: lo había visto todo, y me perdonaba, y el perdón llevaba precio.

La farera no miente.

Guardé la carta en el bolsillo, sin enseñársela a June. Enseñársela era confesar, y yo no estaba listo. Me dije que callar era misericordia. Pero la carta pasó el día entero pegada al pecho, y todos los días siguientes; la llevaba como se lleva una cláusula que por fin se ha leído. Y empecé a entender que hay dos misericordias: la que esconde la cosa en la oscuridad para conservarla ilesa, y la que deja entrar la luz. Y que en toda la temporada de mentir bien yo había estado estirando la mano hacia la primera.

El cielo fabricado sobre nuestras cabezas, en algún punto más allá de la última ventana encendida, ya había empezado a reordenarse en una cuenta atrás.

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