[ARCHIVO DEL ECO · MODO DE REPRODUCCIÓN · CAPA DE HOY: 1937-08-01 · ESTADO: VELOCIDAD CONSTANTE, UNA CAPA AL DÍA]
La madrugada del 16 de septiembre del año siguiente no duermo; estoy en el instituto. A las 03:11:44, el escalón no sube. La curva, plana; la potencia, parada en el escalón 547, un día entero, sin moverse. A las tres y doce llega la capa. Decodificada, la casilla de la fecha: 1936, 1 de agosto. La imagen la reconocemos todos. Veinticinco segundos, grises, el arco del estadio. Ha empezado a devolver las cintas.
Tong escribe en el registro de turno: reproducción, una capa. Luego registra en el cajón y saca un sello de goma recién tallado, dos caracteres: huífàng, reproducción; y al carácter fàng, esta vez no le falta ni un trazo. Sella: el sello a la derecha, la letra a la izquierda. Dice que el de «sin tramas» ya está jubilado, que vaya al alféizar a hacerle compañía. Digo que todavía conserva el de la comisión de servicios. Dice que ese, más, tiene que conservarlo: los tres en fila, y esos son estos tres años.
La televisión de aquel día: los presentadores de cada país dicen cosas casi iguales. El futuro, fuera de antena; el pasado, empieza. Los avisos de las compañías de seguros, los más rápidos, una línea: los datos de esquelas dejan de actualizarse; los productos relacionados, retirados de la venta desde hoy. Las hojas de cita de obstétrica, canceladas en su mayor parte. Las pancartas enrollables de las tiendas de novia, cambiadas: la línea en letra pequeña de «evitar los días aciagos» ya no está; ahora pone «el día propicio, a elegir». La Iglesia del Calendario ya no está; la gente se dispersó tan callada que parece que nunca se hubiera juntado. Los tres impresos de la portería siguen prensados al fondo del armario de chapa, sin abrir. Tong los ha contado: tres, como siempre. Dice que mientras se cuentan, no se pueden abrir.
La primera semana, las televisiones de todo el mundo se pelean por emitir aquella capa. Después dejan de pelearse: no había nada que emitir. De 1936 en adelante, la televisión, aquello, emitía dos o tres horas al día; en la mayoría de los días, una capa traía solo una carta de ajuste, un gran reloj, o un metraje cualquiera de quien sabe quién. Los seguidores de la serie se quejan en internet, que va rellena. Se quejan, sí; al día siguiente, vuelven a esperar. Los días con contenido, la audiencia pasa de la del hueco de cuarenta y siete minutos y doce segundos de aquel año. Nuestro trabajo de capa cambió con ello: poner en hora, anotar la capa, sacar hashes. La línea del epígrafe, «tantos por ciento decodificado», se quedó sin uso; la primera línea del catálogo cambia de fecha cada día, una casilla al día, vacía esperando lo que la llene: esta vez lo que espera es el pasado. Hay universidad que ha abierto una asignatura, introducción a la reproducción; para matricularse, lista de espera.
El 17 de septiembre vino, y se fue. Aquella mañana se comieron judías, las que quedaron de la víspera. Nian a la escuela, yo al instituto, y el que tenía turno, al turno. Por la tarde, acabado el turno, paso por el cruce de la calle Keyuan Norte y me paro un rato junto a la plancha. Al carácter «lento» se le ha caído otro trozo de esmalte; caído otra vez en la izquierda. Paso por encima y sigo. Por la noche hago tallarines: un cuenco que se hace pronto. A la hora del relevo, Tong echa una mirada a la casilla del 17 de septiembre del registro de turno y no escribe nada. Yo tampoco. El 17 de septiembre del año siguiente, igual. Nadie ha dicho nunca en voz alta qué es ese día; ya es un día, y punto. El calendario de Tong está ya pasado al año que viene; sin círculo todavía.
Ahora la señal llega puntual cada día, y todo lo que emite es pasado. Ya anda por agosto de 1937. El mundo entero la toma por serie. Hay quien la sigue cada día; los historiadores se disputan cotejarla; los equipos de subtítulos la han reeditado en ocho lenguas. Los niños miran las calles de 1936 y reconocen matrículas, uniformes, tranvías. En las mesas suele salir la misma cuenta: cuando la reproducción llegue al año en que uno nació, ¿qué edad tendrá uno? La acaban y se ríen; reídos, siguen comiendo. La cuenta del maestro Lu es la más corta: dice que cuando llegue a 1987, ya tendrá los huesos deshechos. Lo dice mientras limpia su magnetófono de bobina abierta, limpiando muy despacio. De aquellas radios viejas puestas en los alféizares, la mayoría ya está apagada. En unas cuantas calles siguen encendidas, toda la calle, vueltas costumbre de la calle: si una casa apaga la suya, viene un vecino a preguntar. El precio del Farol Rojo ha vuelto a bajar; baja más despacio de lo que subió.
Este año han dejado el instituto bastantes personas, y han entrado bastantes caras nuevas. En todos los currículums nuevos figura la misma línea: participación en el proyecto «Eco». No llegaron al descubrimiento, ni a la página de instrucciones; lo que les ha tocado es todo reproducción. Uno de los nuevos me pregunta cómo era aquello los dos años primeros. Digo que los archivos están todos. Dice que él pregunta cómo era yo. Lo pienso y digo que más flaca que ahora.
El recuento acabó esta primavera. Todo lo decodificado, en estanterías públicas; treinta y siete estaciones con su copia cada una; los originales, con nosotros. Shen Yi gobierna el almacén. Cada página que retuvo está en aquella estantería, encuadernada en un tomo aparte: el acuse de recibo de la página de conclusiones con su «sin enviar», la bolsa de papel kraft de la S-31, el registro de entradas y salidas prensado más de cuatrocientos sesenta días, hasta sus propias autorizaciones, numeradas como todo. La primera página es la fotocopia de la página de conclusiones; la línea del pie, «sin enviar», repasada a trazo. Mi rastro de búsqueda no está: se destruyó solo más de un año atrás; el acta de destrucción está, y en la casilla de la firma, bajo el número, un nombre de programa. Esa página también la encuadernó dentro, a tres páginas de la bolsa de la S-31. Vino un periodista a preguntarle cuál fue la vez que más lamenta. De pie junto a la estantería, dice que todo está en el registro. El periodista espera que siga; no sigue. De los jóvenes que vienen a copiar documentos, el más asiduo viene cada semana a copiar dos páginas, y copia todas del tomo DV. Shen Yi lo conoce, y cuando lo ve deja el tomo DV en el sitio de siempre del muchacho. Una vez el muchacho le preguntó: ¿y si la hubiera enviado, entonces? Shen Yi lo pensó y dijo que no hubo un entonces. El muchacho no lo entendió, y él no lo explicó más. Acompaña a la gente a sacar documentos, espera al lado, registra lo sacado y abre la puerta al irse. Ahora, cada mañana, lo primero que hace al abrir es pasar el deshumificador por aquella estantería. Dos veces.
En el archivo de Ye Zhen han abierto una sección nueva; la etiqueta, impresa: ausencias. El primer expediente es el de su hermana. Ficha, cubierta, número; el nombre de su hermana en la primera línea; en la casilla de la categoría piensa un buen rato, y en lugar de «otros» escribe: presente. Las sesenta y una fichas blancas han entrado en la vitrina, ordenadas por su regla: delante, las de más entradas. La fotografía reenfocada del padre del encuadernador también tiene destino ya, junto al índice U; aquella casilla que era del ancho de un dedo está ahora llena. Lo ha repartido en tres capas: «sin imagen», espécimen, ausencias. Entre las tres capas ya no deja hueco. Le pregunto por qué ya no lo deja. Dice que porque todo está en uso. Cada dos meses va al distrito vecino. La tienda de cortinas de su hermana sigue abierta; el rótulo, sin cambiar; el código de cobro, aprendido por su hermana, pegado en el cristal. La máquina de teclas sigue en el mostrador; el rollo de papel, cambiado una vez. Las hermanas no hablan de tramas, ni de la tabla, ni del archivo. Su hermana solo le ha preguntado una vez si tiene mucho trabajo. Dice que no va mal, que más despejada que aquellos dos años. El invierno pasado su hermana preguntó una vez: aquello de ustedes, ¿se acabó de verdad? Dice que se acabó. Su hermana soltó un «ah», sin parar lo que tenía entre manos, y al rato añadió que qué bien. Aquel día las dos hicieron tallarines en la tienda, la olla al lado de la máquina de coser. El módem sigue con corriente; esta vez lo enchufó su hermana, para ver series de televisión. La tabla de la columna «Retroactivo» también ha entrado en el archivo: treinta y una filas, y al final ella ha añadido una línea en pequeño: esta tabla cubre treinta y nueve días; después, ninguna novedad.
La reunión de Adebayo se junta cada miércoles. La de aquella ciudad del sur, la de Spoilers Anónimos; a las ocho, en línea. El móvil de Xiao Gao, apoyado en aquella mesa del comedor pegada a la pared: la que antes nadie quería compartir, donde él comía solo de cara a la pared. Cualquiera puede sentarse; sentarse o no, al gusto. La mayoría de la hora nadie habla, y al cumplirse la hora se disuelve. Una vez pasé por allí y lo oí decir, al otro lado: esta semana no he apostado, y la que viene tampoco me apetece. Nada más; un silencio largo, y una voz que dice bien. El pelo se le ha puesto blanco de verdad, blanco parejo. La faena de antenas este año ha menguado: en los tejados, lo que había que montar, ya está montado. Alguien le pregunta en la reunión qué hará de aquí en adelante. Dice que al sur, y más al sur; siempre queda alguna casa sin antena. La frase que me encargó por medio de Xiao Gao sigue sin llegar. Xiao Gao dice que se le olvidó. Yo apuesto a que no; esa frase, que se quede donde está. Cada miércoles, Xiao Gao limpia la mesa diez minutos antes, y limpiada, apoya el móvil. Una vez le pregunté qué sacaba con ello. Dice que nada; que los miércoles por la noche, allí tiene que haber una mesa.
Zhou Yansheng se jubila este año. Un mes antes de su jubilación se jubila también el maestro Lu, y va a despedirlo con una caja de cintas vírgenes, de las que dejó el hijo de la anciana: la que dice «verano del 94». Los dos cargan la cinta en el magnetófono y no graban palabras. Zhou Yansheng aprieta la tecla de grabación; hace tres intentos hasta que el apretón coge. Lo que graban es el entorno de aquella tarde: la luz con detector de sonido del pasillo, el goteo del cuarto del agua, el ventilador de la Máquina Seis, abajo alguien empujando una bicicleta, el ruido de la cadena. Una cara entera. El maestro Lu se lleva la cinta y dice que esta la guarda él; que aquella cosa recibe entornos, que también él recibe un poco. La caja sin etiqueta, la ponen. Sale lección de inglés: un niño lee, se equivoca, una mujer al lado dice: otra vez. El niño vuelve a leer, vuelve a equivocarse; siempre la misma frase. Al noveno minuto, la cara se acaba. La anciana, al oírlo, dice que era él de niño. Eso nada más.
El día en que le acabaron los trámites de jubilación, Zhou Yansheng viene al instituto a entregar sus credenciales. La foto es nueva; en la foto, las dos manos del hombre quedan fuera del encuadre, y no hay manera de saber si tiemblan. Me llama al pasillo y me entrega una cosa: la tabla de diferencias, la de las dos versiones del 17 de septiembre, sacada de su cajón, donde pasó más de un año bajo llave. Dice que la archive, que esa página también merece estantería. La doy de alta. La página de transcripción de Ye Zhen la entrego yo al mes siguiente, inserta en el mismo tomo que la tabla de diferencias. Al irse no coge el ascensor: baja por la escalera, un paso es un paso.
Al mediodía Lao Song sigue sacando aquel móvil viejo y encendiéndolo una vez. La pantalla se enciende; arriba a la izquierda: sin servicio. Mira, apaga, y lo devuelve al cajón. El justificante de la baja lo conserva, metido en la funda del móvil. Nadie le pregunta qué mira.
Las postales siguen viniendo, una al mes, el matasellos, siempre el 19. Tong las pone al final de la fila del alféizar, un poco apartadas de los tres sellos de goma. Dice que esta persona tiene más paciencia que todos nosotros. No ha contestado nunca, y no piensa contestar.
La pizarra no se la llevó; la dejó al instituto. Los nuevos no saben qué se escribió en ella y la usan para el horario de clases. Una vez, al pasar, vi asomar bajo el horario media línea de tiza sin borrar del todo; imposible decir qué ponía. No la borré, y no lo he contado a nadie.
Las dos versiones del 17 de septiembre siguen juntas en el archivo, números de trama acabados en cuatro y en cinco, al alcance de cualquiera. El año del recuento llegó una carta del archivo preguntando si convenía anotarlas como «caducadas». La carta la tuve retenida una semana y contesté con dos palabras: no anotar. Para caducar hace falta una fecha de entrada en vigor con la que cuadrar, y ellos no la tienen. En un año entero, casi nadie ha sacado aquellas dos entradas, y yo no las he sacado ni una vez. Qué versión vale: llevo dos años haciendo compañía a esa pregunta, y nos hemos hecho vecinos: sin trato, y sin mudarnos.
Mi lista sigue en el cajón del medio de la escribanía, bajo las gafas de leer. Ocho líneas; la octava, todavía vacía. Una tiene ya de hecho su respuesta: el diente ha salido, largo, torcido, como el de su abuelo. Los dientes de su padre también son torcidos. No tacho la línea. Tachar sería cerrar la cuenta, y esta cuenta no hace falta cerrarla. La hoja de «Mi ideal» sigue metida en su cuaderno de cuentas, con una goma nueva. Una vez, ordenando la mesa, di con el cuaderno y la hoja se deslizó media fuera. La empujé de vuelta con dos dedos y di la goma, dos vueltas. Un bien es un bien.
La noche del 17 de septiembre, Nian saca la partitura de las variaciones de «Estrellita» y la pone en el atril. Esa pieza la acabó hace dos años; el certificado está de pie en la estantería, y ya llegó el del cuarto grado; junta los dos, los bordes bien iguales. Dice que hace mucho que no la toca, que a quién se la toca. Mira alrededor y ve el Farol Rojo del mueble bajo. Lo enciende, lo pone en 7,2 megahercios: estática, ninguna emisora; casi dos años, y nunca una emisora. Dice que será él. Toca desde el principio; al llegar al tercer compás, el staccato sigue pesado. Digo que sigue pesado. Dice que la profesora hace tiempo que ya no le corrige eso, que a ella le gusta así. Alguien le enseñó una manera de tocarla: como si alguien caminara de puntillas. Si camina de puntillas o no, no sabría decirlo; la radio siguió en su estática de principio a fin, sin meter una sola palabra. Al acabar cierra la partitura y la deja con los certificados.
Antes de dormir me pregunta qué hay mañana para desayunar. Digo que arroz caldoso, con mijo. Dice que mm. Y ya no se habla más.
De noche no puedo dormir; me levanto por agua y, de paso, vuelvo a encender el Farol Rojo. De golpe, entre la estática, hay otro sonido: una voz femenina, dictando números. Uno, dos, tres. Me quedo de pie. Cuatro, cinco, seis. Subo un poco el volumen. Siete. Se para. Pasa a un acordeón, muy lejos, como al otro lado del agua. Espero que repita la cuenta; no repite. Me siento delante del mueble bajo y escucho el acordeón hasta el final; luego saco del cajón el cuaderno de bandas, busco la línea de debajo del registro antiguo de mi padre y añado una: 17 de septiembre, igual, se detiene en el siete. Letra muy pequeña. No voy a buscar dónde queda esa emisora, ni qué emisora es, ni por qué el siete. Hay cuentas que no hace falta cerrar; hay números que no hace falta cuadrar.
Tengo cuarenta años. De lo que viene, ya no sé nada. Qué año la enfermedad, qué año la vejez, qué día. Amontonadas, esas ignorancias resultan ser ligeras. Cuando el año antes pasado me venían encima, las cargaba todas las noches a la hora de dormir, y yo misma no sabía que las cargaba.
La señal llega puntual cada día, y todo lo que emite es pasado. La humanidad tiene por fin una serie histórica que estrena un episodio al día, y todo el mundo conoce el desenlace, porque todos nosotros hemos sobrevivido.

