Fecha juliana 2459718, viernes. A las diez de la noche, Zhou Yan pasó a la libreta el valor de la S de la fila 162: 0,37.
La punta del bolígrafo dejó el papel y ella se detuvo un momento. Aquellas casillas las había trazado a las siete cincuenta y cinco de la mañana; estuvieron vacías un día entero, como una pregunta soltada en una sala donde nadie la recoge. Ahora estaban contestadas, y seguían siendo 0,37. Cerró la libreta, fue al cuarto de agua a enjuagar la taza; al volver, en el ordenador de guardia había un correo nuevo, fechado cuarenta minutos antes. Mateo.
El correo no llevaba encabezado de cortesía. Tres líneas.
La primera: la lista de resultados negativos, cuarenta y dos estrellas; todas se mantienen negativas. La segunda: se añade una, LP 413-52, once coma tres años luz; el número de archivo me lo inventé yo, por orden de distancia. La tercera: al corte superficial le pegamos primero a esta; el original no se gasta en probar lentes.
Abajo iba un PDF de cuatro páginas. La primera, una captura del catálogo: coordenadas, movimiento propio, paralaje; la columna del paralaje enmarcada en rojo. La segunda, la lista de resultados negativos, cuarenta y dos líneas, una palabra al final de cada una: binaria. Campo magnético. Disco contaminado. Rotación demasiado rápida. Binaria. Fue contando línea a línea: binaria salía diecinueve veces. Al pie de la lista quedaba una línea vacía; en la columna de número, escrito a mano, el cuadragésimo tercero: LP 413-52. En observaciones, solo: enfriada hace trescientos millones.
Once coma tres años luz. Escribió el número en un papel de borrador y lo encerró en un círculo. GY-1402 estaba a cuarenta y un años luz; la confirmación de lo grabado allí la vería gente de fuera de esta generación. Once coma tres era otra cosa: el cuerpo de prueba graba, y la luz de la confirmación vuelve andando once años y cuatro meses, y cae en las manos de esta generación. Esa cuenta Mateo no la puso en el correo; se la completó ella por él y la escribió en la esquina: vuelta, 4.127 días.
El sábado le mandó la foto de la esquina. Devolvió una palabra: correcto.
El corte superficial no usaba nada recién construido. El primero de los diecisiete cuerpos de la secuencia de calibración, reformado por adelantado: sin contenido, sin codificación, solo un perfilómetro a bordo. Dentro de la ingeniería le decían la primera de calibración; en los papeles, cuerpo de prueba del corte superficial. La ventana de lanzamiento quedó fijada en la fecha juliana 2459803, el primer sábado de septiembre.
Ese mes la prórroga del presupuesto empezó a correr. Los documentos seguían el tono de los tres: el sesenta por ciento recortado a la apropiación inicial no se repone; cada mes de retraso corre la ventana del primer impacto cuatro meses. En la estación lo llamaban andar jadeando. Cuatro meses por uno: esa cuenta la hace cualquiera, y hecha, nadie hablaba. Finanzas chincheteó las tres tablas en el tablón del pasillo; estuvieron un mes, nadie las quitó, nadie se paró delante; los que pasaban ponían los ojos en otra parte. Mateo lo dijo más corto en la reunión semanal: se para el dinero un mes, la ventana retrocede cuatro, y retrocede hasta el día en que llegue el suplemento. Preguntaron qué pasaba si el suplemento no llegaba nunca. Dijo: entonces retrocede siempre. El día en que pare, ese día es la ventana. El suplemento llegó en enero de 2023; la ventana había retrocedido seis meses, y la del primer impacto se movió de mayo de 2026 a mayo de 2028; imprimieron la tabla nueva, y la línea del pie —esta tabla se ejecutará según lo previsto— pasó tal cual, sin cambiar una palabra. Las tres tablas viejas bajaron del tablón, dobladas, a la caja de archivo. La ventana de conocimiento creció con ella dos años, de cuarenta y dos a cuarenta y cuatro. A los cuarenta y cuatro años, ella tendría ochenta y cinco. Ese número lo escribió en el dorso del calendario, sin nombre; solo el número.
El día en que arrancó el lanzamiento no hubo ceremonia. El propulsor eléctrico de aquel asteroide rocoso del cinturón principal encendió, y la curva de brillo se dobló dentro del parte rutinario de la red de seguimiento de espacio profundo, entrada número 4.171; no la reenvió nadie.
Una noche de primeros de septiembre, Zhou Yan abrió la administración de su propia transmisión. #PorMiVentana#, abierta a principios del verano, los álamos, los dos libros bajo el lado izquierdo de la cámara. Los espectadores llevaban mucho tiempo parados en cuatro mil; esos dos días habían caído a dos dígitos. Pasó la lista: cuarenta y uno, nueve con el avatar gris, colgados. La última página del chat se detenía tres días atrás; alguien había preguntado: ¿el álamo está bien? Sin respuesta. Pasó una página más: la misma línea.
Se estuvo unos minutos mirando esa pantalla. ¿Quién va a mirar una ventana que no habla? Llevó el cursor a cerrar transmisión, pulsó, confirmó, volvió a confirmar. La página saltó al inicio; en los huecos de recomendación, las transmisiones de otros: una vendiendo tiendas de campaña, una mirando nubes. La página de su cuenta quedó vacía, una sola línea: este usuario no ha iniciado transmisiones.
Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y se fue a dormir. Al día siguiente Eli le preguntó por qué la había cerrado; no le salieron palabras; se señaló la oreja y movió la mano. Eli no preguntó más; se volvió a lo suyo, el alimentador.
En enero se hizo la resonancia. El número que el doctor Shen le tenía guardado —medio año guardándolo, hasta que a él mismo lo iban a trasladar—. El resguardo llevaba todavía el sello del año pasado. Salieron las placas; le fue mostrando el conducto auditivo interno: estrecho, de los dos lados, el derecho peor. Dijo que era estructural: estrecho de nacimiento, no cosa del ruido; el ruido solo lo había adelantado. Preguntó: ¿adelantado hasta dónde? Dijo: las frecuencias altas del oído derecho ya no las tiene; por encima de los ocho mil hercios, el audiómetro al máximo, sin respuesta. Preguntó por el siseo. Dijo: el siseo suena desde dentro; cuando la audición se hunde, él sigue; solo lo irá usted oyendo cada vez menos claro. Lo pensó y dijo: pues me acompaña. El doctor Shen no recogió eso; en la historia clínica escribió: revisión en dos años. Cerró la historia y añadió una frase: con esta enfermedad suya, el que mira la placa se entera antes que usted. Preguntó qué quería decir. Dijo: la estructura está ahí a la vista; hacia qué lado va, la placa se atreve a decirlo antes que yo. No volvió a preguntar. Sabía que en dos años diría lo mismo: Otro día.
Sábado por la noche, el vídeo. Zhou Yao tenía doce años y se comía media pantalla. Preguntó: ¿cómo se llama la estrella de la prueba? Zhou Yan dijo: LP 413-52. Zhou Yao dijo que eso era larguísimo; que ella le dibujaba un nombre. Y sacó de verdad papel y lápiz, dibujando y hablando: las dos letras de ojos, los números de pelo. Acabado, lo alzó ante la cámara. Zhou Yan lo miró mucho tiempo. En la imagen, los ojos de la niña iban cerrados —Zhou Yao dibujaba todo con los ojos cerrados; llevaba dos años—. El exmarido preguntó algo desde fuera de plano; Zhou Yao se volvió a contestarle, y la voz se le hizo papilla. Zhou Yan subió el volumen al tope hasta entender lo que decía: no te oye; escríbelo.
Esa línea quedó tecleada en el cuadro de diálogo, letra del exmarido. Zhou Yan contestó: yo lo veo.
Fecha juliana 2460204, 12 de octubre de 2023: el primer corte, en local. En el lenguaje de la ingeniería, ese día no pasó nada: el cuerpo de prueba se desplegó en penacho a once coma tres años luz, el perfilómetro dejó caer la primera imagen —y todo eso tenía que esperar a que la luz terminara de andar 4.127 días para que a la Tierra le tocara ver—. La estación no puso a nadie de guardia para eso; la llegada de la telemetría era asunto de febrero de 2035, y el cuadro de guardias ya corría hasta ese año, con las casillas vacías y una sola columna rellenada por adelantado: Xiao Ma.
Xiao Ma ya no era Xiao Ma: el ingeniero Ma, veintinueve años, responsable de los datos del corte superficial. Un año y pico atrás, en una guardia de noche, había calculado a mano los cuatrocientos sesenta y ocho mil años, y el trazo con que encerraba los datos era idéntico al que Zhou Yan usó en su día con el Hombro; eso no se lo había contado a nadie. Lo primero que hizo al hacerse cargo del cuadro fue marcar en rojo el día de regreso, y añadir detrás una nota: dos paquetes, el mismo camino; el camino no abre huecos. Preguntó qué quería decir. Dijo: el primer paquete se envía el mismo día del grabado, el segundo catorce meses después, en la verificación; los dos andan el mismo camino de once coma tres años luz, así que el intervalo de llegada a tierra sigue siendo catorce meses. El camino de la luz se cancela. Dijo: ¿y entonces para qué lo marca? Dijo: por si para entonces alguien cree que la buena noticia llegó temprano.
Ese día se fue antes. En el pasillo se cruzó con Eli, que salía con el cubo de pienso y mala cara. Lao Wu se estaba apagando. Lo siguió al cuartito de atrás de la sala de máquinas. El agua de la pecera, limpia hasta deslumbrar; Lao Wu boca arriba en el fondo, las antenas sueltas. La muesca de la coraza seguía en dos milímetros —dos años: creció hasta dos milímetros y no pasó de ahí—. Había mudado hasta la mitad y se había detenido; entre el cefalotórax y la coraza vieja se abrió una hendidura, y ahí se quedó. Eli dijo que hacia el amanecer aún se había movido una vez. Zhou Yan se agachó a mirar la hendidura. Un cangrejo de río muda apalancando primero la coraza y sacándose por la grieta; solo sacado cuenta como nuevo. Lao Wu se había sacado hasta la mitad. Preguntó si no había que ayudarlo. Eli dijo que no: al tocarlo se rompe; solo con su propia fuerza.
A la mañana siguiente Lao Wu estaba muerto. Eli lo sacó; la coraza vieja quedó en el fondo. Dijo: la coraza me la quedo; la coraza es la prueba de que creció. La pecera vacía no se retiró; el agua siguió cambiándose, y hasta el año en que Zhou Yan se fue de la estación, aquella pecera siguió ahí.
En la reunión de fin de año alguien propuso acortar el ciclo de verificación del perfilómetro del corte superficial, de una vez cada catorce meses a una cada seis. Ursula, desde su cuadro de vídeo, dijo: no hace falta. Midan primero la segunda. No le expliquen nada. El acta recogió la frase tal cual.
Los diez años que siguieron quedaron estirados por la espera.
Diciembre de 2024, mes catorce local: el relé acompañante hizo la verificación y soltó el segundo paquete. Eso pasó a once coma tres años luz; la Tierra no tenía manera ninguna de saberlo. Ese día, como siempre, ella copió el valor de la S: fila 1.075, 0,37.
A comienzos de 2031 dejó la estación y pasó al grupo de datos de la ingeniería; la tabla de la S fue a la secuencia de guardia, y Mateo firmó el acta de entrega con una condición: Zhou Yan la verifica una vez por semana. También se mudó de casa. El día de la mudanza guardó los originales de la S en la caja de archivo —el papel ya con los bordes afelpados de tanto voltear; de la fila 1 a la 3.200 y pico, toda su letra—. Con la secuencia de guardia la tabla pasó a imprenta, el formato igual, una fila al día. Ese invierno llamó Lao Tang: el viejo se nos fue el mes pasado. Pausa, y: la lámpara se la apagué yo. Se quedó con el teléfono en la mano en el balcón, de pie hasta que se le durmieron los pies. La fila de esa noche la repuso al día siguiente; no se rompió ninguna.
Zhou Yao hizo el examen de acceso en 2024 y pidió bellas artes. Le mandaron el formulario para que lo viera; lo leyó tres veces y por teléfono dijo: está muy bien. Eso fue todo lo que dijo. El exmarido intercaló desde un lado: idea suya. Zhou Yao le arrebató la cámara: mamá, lo que yo haga de ahora en adelante, ¿va a durar mucho? Preguntó por qué quería saber. Dijo: la profesora dice que los grabados duran unos cientos de años, y el óleo más. Zhou Yan dijo: depende de en qué lo grabes. Zhou Yao rio: pues tendré que elegir buena madera. De esa conversación se acordó muchas veces después; cada vez quiso decir algo, y no lo dijo.
2033: Amina dejó la secretaría general del marco de la Larga Noche. Un periodista le preguntó por aquello que llevaba once años escribiendo. Dijo: sigo escribiendo; sin plazo. La rueda de despedida duró cuarenta y un minutos; esa frase, cuatro segundos. Dos años después, aquello andaba sin paradero conocido; no figuraba en la lista de vaciado de la oficina.
En el reconocimiento de 2034, el oído izquierdo empezó la bajada en los cuatro mil hercios. El médico le puso los dos audiogramas lado a lado: el derecho se había hundido ya en 2022; el izquierdo iba por la misma pendiente. Preguntó cuántos años quedaban. Dijo: depende de cómo la cuide. Dijo: la cuido muy bien. El médico no recogió eso; en la historia escribió: revisión en dos años. Se rio. Otro día, dijo. Esta vez el médico entendió, y se rio también. El siseo había dejado de contarlo hacía tiempo —lo dejó en el día 4.000—; hundido el oído derecho, seguía ahí, solo que había cambiado de modo de sonar: como a través de una pared.
Hubo cosas que en doce años no se movieron. El borrador «Hombro» seguía en 3t, con la marca de tiempo parada en octubre de 2021 y un tamaño de 2.041 bytes; cada año le miraba las propiedades de paso: sin cambios. La página del cuaderno de guardia de 2004 fue digitalizada; la resolución del escaneo no alcanzaba, y la diferencia entre los dos bolígrafos junto al «Visto.» se veía peor en pantalla que en papel. Guardó esa página tres veces: una al sucesor del maestro Qiao, una al archivo, una para ella. La evidencia no envejece; solo se va viendo menos.
El año en que el oído izquierdo empezó la bajada se puso el audífono; el derecho no —no quedaba nada que amplificar—. En las reuniones se sentaba en primera fila, a leer los labios. Mateo lo notó y subió dos puntos el cuerpo de letra de sus informes; no dijo nada más.
Fecha juliana 2464331, 16 de febrero de 2035, cuatro y diecisiete de la madrugada: llegó el primer paquete.
Lo que llegó fue radio: primero a las antenas, después al decodificador, después a la pantalla. La señal había andado once años y cuatro meses sin parar un instante; los que pararon fueron las personas —los que habían esperado once años y cuatro meses, en los minutos del aterrizaje, se quedaron sentados sin moverse—. De guardia estaba Xiao Ma. A las 04:19 acabó la suma de verificación; a las 04:31 despertó al grupo entero. Cuando llegó Zhou Yan, en la sala de máquinas había once personas de pie y nadie hablaba. En pantalla, el perfil: un surco de 210 metros de largo, 6 de ancho, 3,4 en lo más hondo, y a cada borde un resalto de depósito de penacho de 0,8 metros. El mapa de profundidades iba en escala de color; el fondo del surco, rojo oscuro. Grabado. Lo puso Xiao Ma en el grupo, sin puntuación detrás.
No hubo transmisión. Aquella frase de Ursula —el día que salga el número, nadie abre una transmisión— seguía prensada en la página de memorandos de la ingeniería; doce años, y nadie la había tocado. Hu Yisu también estaba despierto de madrugada: abrió el vídeo viejo de 2022, el de la mesa, lo fijó arriba, y a los once minutos le quitó la fijación. De eso ella se enteró después, por la captura de otro.
Mateo no entró en la llamada del despertar. Descargó él solo el paquete completo y volvió a correr el perfil; a las dos horas subió las dos versiones lado a lado: coinciden. Kramer pidió los datos crudos; al día siguiente le llegó el juego entero, con las tramas de verificación incluidas. Alguien preguntó si hacer una rueda de prensa. Mateo dijo: esperen el segundo paquete.
Esa mañana a las diez, el televisor del comedor de la estación pasaba un montaje de noticias viejas, sin sonido; los subtítulos llegaron al quinto punto de la propuesta de 2022, y al salir la media frase del final, un guardia joven la copió en la pizarra y, al final de la frase, dibujó una marca de cotejo. Nadie la borró. La línea se quedó en la pizarra hasta fin de mes, hasta que la tapó el cuadro de guardias siguiente.
La tabla de la S ese día iba por la fila 4.775. 0,37.
El segundo paquete llegó catorce meses después. Fecha juliana 2464758, 17 de abril de 2036, tres y seis de la madrugada.
En esos catorce meses nadie mencionó el corte superficial. No por olvidado: por no mencionarlo. En el semanario de la ingeniería tenía una línea fija: LP 413-52, ciclo de telemetría normal. Al verificar la S cada semana, Zhou Yan le echaba de paso un vistazo a esa línea, y seguía con sus números. El día de ventana era sábado; Xiao Ma de guardia, con dos cafés sobre la mesa: uno suyo, uno que nadie bebía.
Xiao Ma de guardia otra vez. Esta vez no llamó a nadie: apiló primero los dos perfiles, corrió el mapa de diferencias y a las 04:50 lo subió al grupo. A Zhou Yan la despertó el móvil vibrando; sin el audífono puesto, el mundo era plano, y la luz de la pantalla era el único sonido.
El mapa de diferencias tenía un solo color. El surco seguía: 210 metros de largo, 6 de ancho. En la columna de profundidad, 3,4 se había vuelto 2,9. Los resaltos de depósito, a cada lado, 0,3 metros más bajos. La polilínea del borde había redondeado una capa en el plano, como repasada a lápiz.
Medio metro menos profundo.
Nadie hablaba. Ursula estaba en línea; mandó una sola frase: midan primero la tercera. Alguien preguntó qué lo estaba allanando —¿termodinámica o tensión de la costra, evaporación o fluencia?—. Contestó: nada de conjeturas. Mateo entró el último y puso una línea: el ciclo de verificación pasa de catorce meses a noventa días; el tercer paquete llega en octubre de 2037. Y la cuenta se apagó. Kramer se llevó los dos paquetes completos, diciendo que su alumno correría un modelo directo; la anotación, media frase: cuando el modelo no alcance a los datos, hablaremos.
Tras el amanecer, Zhou Yan imprimió los dos perfiles y los chincheteó lado a lado en el negatoscopio. Los miró mucho tiempo. Aquel medio metro perdido era como la marca que deja el yeso en el antebrazo cuando lo retiran: sin frotarla, sin tocarla, en un mes se aplana solo. La piel está viva; debajo de la huella hay algo empujándola fuera. Pero la costra está muerta, muerta desde hace trescientos millones de años. Las cosas muertas no tienen debajo.
Sábado por la noche, el vídeo. Zhou Yao, veintiséis años, en un taller de grabado del sur; la cámara firme, el fondo quieto. Le enseñó a Zhou Yan una estampa recién tallada: una persona de ojos cerrados, de pie ante un cristal encendido, con dos hojas de papel chinchetadas en el cristal. Dijo: es usted. Zhou Yan preguntó por qué seguía con los ojos cerrados. Zhou Yao dijo: al empezar la talla quería abrirlos; la gubia baja, y se cierran igual. Los subtítulos iban puestos, saltando línea a línea. Zhou Yan miró esa línea y asintió.
Colgado el vídeo, volvió al negatoscopio. En el mapa de diferencias dibujó tres círculos de lápiz: uno sobre el 2,9; uno sobre el tramo de borde donde la polilínea se había redondeado; uno sobre el 0,3 que habían bajado los resaltos. Acabado, abrió el libro de registros por una página nueva y escribió arriba la fecha del día y el número de fila.
Fila 5.202. 0,37.