Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 16 · June

Capítulo 17 · 11,7 mil palabras

Al servir el té hay un momento, justo cuando la tetera se queda quieta, en que toda la casa queda colgada del peso del siguiente ruido. Ese momento siempre me gustó. Me he quedado dentro de él mil veces —la taza a medio llenar, el vapor subiendo, el mundo conteniendo la respiración, esperando a ver si mi té llegaba al final o se quedaba a medias—, y todas las veces elegí terminarlo. Ese momento nació para que uno termine de servir.

Al principio pensé que la incursión era eso: una tetera que se queda quieta. Una respiración aguantada. El mundo descansando a mitad de la servida, esperando que yo terminara de servir algo.

Me equivoqué. Ahora lo sé, o sé la parte que yo puedo saber de esto: el tiempo no descansó. Y el tiempo tampoco se fue corriendo —yo siempre creí que corría, como un río: salía por la puerta, entraba en el mar, salía por el borde del mundo—. El tiempo se cuajó. Las dos cosas son distintas, y si no estuviera de pie dentro de esto, no entendería la diferencia.

Yo estaba en la cocina. Iba a cortar el pan. Mi frase quedó a medias —parada en la palabra que va después de «pan»—. Qué palabra era, no me acuerdo. Me acuerdo de la forma de querer decirla. Me acuerdo de que mi boca ya había hecho la primera letra de esa palabra, y ahí paró el mundo, y la primera letra se quedó en mi boca sin adonde ir, una nota que ya no tiene adonde ir.

El cuchillo está en mi mano. No. El cuchillo está encima del pan, a un dedo del pan, mi mano en el mango, y el filo no ha empezado a caer. Se paró. No lo paré yo. No decidí pararlo. Iba a caer —siempre estuvo por caer; para eso nacieron el cuchillo y el pan—. Lo paró el mundo. Una parada como la del oleaje cuando lo para el dique. Como la de una cuerda cuando la aprieta una mano. El pan sigue entero. Es lo más entero que he visto nunca, porque es lo único que alcanzó a quedar helado antes de volverse menos entero.

La gaviota.

Una y otra vez vuelvo a la gaviota, sin saber bien por qué; quizá quien cuenta nace notando, sin remedio, lo que quedó a medio paso. Esa gaviota gritó toda la tarde. La conozco. Tiene el nido en el techo del viejo toldo de aparejos, y su grito son dos notas. Le conté sus gritos —no porque quisiera; los que somos de esta clase contamos lo que se nos pone delante, y un grito tiene una forma, y una forma es un número—. Sube, baja. Arriba, abajo, y se acabó. Esa tarde subió como siempre, yo la contaba bajando, y la bajada no vino. El grito se quedó en la cima de la subida, cortado en el aire por su propia mitad, colgado ahí —lo oigo colgado, algo todavía entero que no llegó a ser sonido, eso se oye—: medio grito, la mitad de arriba, la mitad a la que se permite subir y no bajar.

Entonces todavía no sabía que aquello era la incursión. Ese medio grito era la incursión entera, reducida a lo mínimo. Al mundo le ordenaron quedarse quieto donde estaba, y la gaviota sostiene la cima de su grito, y el cuchillo sostiene su dedo de distancia al pan, y yo sostengo la primera media letra de una palabra que ya no se termina de decir.

El tiempo no se fue corriendo. El tiempo se cuajó.

He pensado mucho en el tiempo, porque la posada pasa la mayor parte del año conmigo sola, y donde hay una sola persona, el tiempo se vuelve algo que se puede contar. Yo creía que el tiempo era un río. Todo el mundo lo cree; es la primera lección que te enseñan del tiempo: te pasa por encima y se va, no lo puedes retener, no se puede entrar dos veces en el mismo río. Toda la vida le fui diciendo que sí con la cabeza, como se le dice que sí al clima. Y entonces, en esa cocina, con el cuchillo parado a un dedo del pan y la gaviota en la cima del grito, descubrí que lo del río era mentira. El tiempo no es un río. El tiempo es un mar; yo estuve toda la vida de pie dentro de él, y el mar se cuajó a mi alrededor, y todo lo que creía que se iba corriendo sigue aquí —está, cerca, contado, todo, a la vez—.

Esto fue lo primero que aprendí dentro de la congelación, y todo lo demás sale de aquí.

Mi mano no se despega del cuchillo. La cabeza no gira. La palabra no se acaba. Pero yo no estoy encerrada —y este es el punto más raro, tengo que decirlo con cuidado, porque si no sale dicho con cuidado sale dicho mal—. Encerrada es cuando quieres moverte y no puedes. Yo no quiero moverme. La congelación no es una jaula. Es una quietud hacia la que caminé toda la vida sin saberlo: el corredor que por fin para, la tetera que por fin se queda quieta.

Es que soy de esa clase. Soy una que cuenta. Todo lo que pasó por mis manos, por delante de mis ojos, por mi vida, lo conté; llevo tanto contando que ya no me doy cuenta de que cuento, igual que no me doy cuenta del corazón. Los escalones de la cocina a la linterna los conté —hasta que dejé de contarlos, porque la respuesta ya la llevaba en el cuerpo—. A quien cuenta solo le hace falta repetir una cosa una y otra vez por una razón: por si un día cambia la respuesta. Las tazas, cuento. El pan, cuento. Los días de un barco al siguiente barco, los días de una estación del año a la siguiente, los días entre el llegar de Elías y el irse de Elías, cuento. Las estrellas de la ventana, las gaviotas del promontorio, los segundos que la niebla tarda en tragarse del faro a la mitad del pueblo —cuando la niebla espesa, se come el centro del mundo—. Cuento. Todo lo conté.

Dentro de la congelación entendí una segunda cosa, más difícil de decir que la primera: toda mi vida, contar fue contar hacia un final. Cada número mío era un número que iba a alguna parte —cuenta atrás de un barco, suma de los días de su vuelta, panes anotados en el libro, comidos, dados por saldados—. Toda la vida conté hacia un final sin verlo nunca, porque siempre había un día más, una taza más, una gaviota más, y los números pasaban junto a mí fluyendo, como aquel río del que hablan, siempre corriendo, siempre sin acabarse.

Dentro de la congelación, la cuenta se cerró.

Esta cuesta más decirla que la otra. Cuando el tiempo se cuajó, no perdí mis números: los terminé de contar. Estuve de pie en la cocina, y toda mi vida no se fue corriendo junto a mí —dicen los libros que eso les pasa a los que se están ahogando; a mí no—. De pronto estaba todo, como está entero el mar cuando uno está dentro y el mar se cuaja. Veo cada número que conté, y veo que siempre se dejaron contar bien: tienen un final, tienen la última taza, el último pan, la última gaviota, los días del último barco al siguiente barco —yo nunca vi ese final, porque mientras contaba iba caminando hacia él. Quien todavía está dentro de la cuenta no ve el final de la cuenta.

Eso no da miedo. Es lo contrario del miedo. Es lo más importante que me han dado nunca: los que contamos llevamos un miedo pequeño, de los que no se dicen, el miedo de que la cuenta quede sin acabar y los días se acaben antes —que te interrumpan a mitad de página del libro, que el río se corte antes de que yo acabe de contar, que al final me quede un día sin contar, como una moneda de más al fondo de la caja que no cuadra con nada—. Dentro de la congelación descubrí que ese día no existe. Que no existe la moneda. Cada número que conté está, está todo, está completo, y puedo volver a contar desde el principio hasta el final.

Entonces conté.

Cuánto duró, no lo sé. En la congelación el tiempo no corre, y contar, que necesita del tiempo corriendo para tener duración, se quedó sin duración. Simplemente pasó, como pasa una cosa terminada —de golpe, y en su orden—. Conté los días. Conté los escalones de la cocina a la linterna, y esta vez me permití saber la respuesta, porque no hay un día más que venga a cambiarla. Conté el pan: cada pan que corté, y también los que no me dio tiempo a cortar —esos también los pude contar; lo que no se corta no deja de ser verdadero: son pan de verdad, están en la cuenta, y siguen calientes—. Conté las tazas. Las dos tazas las dejé para el final, porque es mi número favorito, y quise guardarlo para lo último de la cuenta, como el que camina un tramo frío de camino deja lo más caliente para el final.

Dos tazas. Desde que no puedo decir —antes de lo que me acuerdo; no me acuerdo de nada antes de la posada, porque la posada es donde yo empiezo, igual que el faro es donde empieza la luz—, cada noche pongo dos tazas. Una es mía. Una es para los muertos. Es la regla de la casa, y también que la posada está a la orilla del mar, y los que viven junto al mar, cuando se mueren, vuelven al mar; y también que una taza puesta para los muertos nunca está vacía, y una taza que nunca está vacía es la única clase de taza que me sale entendible. Los muertos no beben té. Pero la taza no es para beber. La taza es para estar puesta. Es una promesa: la puerta está abierta, los muertos son bien recibidos, la que pone la taza no se ha olvidado —la persona que amó se fue a donde ella no puede ir detrás, y sigue siendo suya, y no se acaba.

Toda mi vida puse cada noche la segunda taza, y cada vez que la puse, la conté. Dentro de la congelación las conté desde el principio, y están todas —una fila larga de segundas tazas, alineadas hasta el sitio donde yo empiezo, ninguna vacía, ninguna noche saltada, ninguna olvidada—. Y contándolas entendí: nunca puse la segunda taza por alguien a quien no amara. Eso no lo sabía. Quien cuenta tiene que esperar a que la cuenta se cierre para saber de qué va el número. Mi cuenta se cerró, y vi qué era lo que había estado contando.

Estuve contando el amor.

El libro entero es esto. La suma de todos los números que conté en mi vida. Creí que contaba días, escalones, panes, tazas, estrellas, gaviotas, segundos de niebla —y eso sí era lo que contaba; los números son verdaderos, y no me equivoqué contando—, pero el número que sale de sumarlos, la línea del total al pie de la columna, es el amor. Cada partida que conté fue amar una cosa el tiempo bastante para comprobar que seguía estando. Conté los escalones para comprobar que el camino seguía. Conté el pan para comprobar que seguir comiendo seguía siendo algo que pasa. Conté los días entre el llegar de Elías y el irse de Elías para comprobar que «irse» no es «se acabó» —que todavía hay «llegar», que la cuenta sigue subiendo, que la segunda taza puesta tiene a quien esperar.

La cuenta está contada entera.

Esto fue todo lo que me pasó dentro de la congelación, y es todo lo que soy. Cada número, contado, terminado; no hay nada sin contar, no hay cuenta que no cuadre, no hay nada que yo amara y perdiera de vista. Nunca estuve tan en orden. Lo contrario de ahogarse. El momento en que la tetera se queda quieta y uno descubre que el té ya está servido.

Y entonces, en la oscuridad, se encendió una luz.

Seguí de pie dentro de la congelación contando; a las cuántas cuentas se hizo oscuro, no lo sé —no me hace falta saberlo: el contar trae su propia luz, y es la única luz que de verdad necesita quien cuenta—. Al llegar al final abrí los ojos, y la cocina estaba oscura, y fuera de la ventana oscuro, y esa oscuridad no era la noche. La oscuridad de la noche la conozco; siempre la conocí. Esta era la oscuridad de un mundo al que le ordenaron quedarse quieto, y que soltó hasta el encarguito de brillar.

En el alféizar, la radio del faro —la vieja, la que puse ahí yo, muda lo mismo que yo la he cuidado; no sabría decir por qué la conservo, solo sé que la sigo conservando, como sigo poniendo la segunda taza, como sigo contando—: su lucecita se encendió.

Una lucecita verde. La miré mil veces, nunca se encendió, y nunca la tiré. Ahora lo entiendo, dentro de la oscuridad cuajada, con la cuenta ya cerrada entre los brazos: quien cuenta conserva las cosas que quizá algún día den un número, y esa radio era lo único de mi vida que no me había dado todavía ningún número. La estuve esperando todo este tiempo.

La lucecita se encendió.

Y después, de dentro de la radio —de ese pequeño altavoz de hierro que solo quiso darme silencio—, salió una voz.

Una voz de hombre. Una voz que conozco; la conozco como conozco cuántos son los escalones de la cocina a la linterna, como conozco la forma entera del grito de una gaviota antes de que empiece. Es su voz. Es Elías. Es Elías; lo reconocería en cualquier parte, con el cielo tan negro como se ponga, con la cuenta por donde la lleve. Y yo venía llena de la cuenta recién cerrada, llena de todo el amor que conté, y durante el tiempo entero de una respiración aguantada creí que había vuelto por la puerta, que «irse» no era «se acabó», que a la segunda taza por fin alguien respondía.

Después escuché bien la voz, y entendí.

La voz de la radio no trae respiración detrás. Solo puedo decirlo así. La voz de Elías siempre trae respiración detrás —cuando habla se le oye el pulmón debajo de las palabras, como se oye el mar dentro de una concha—, y la voz de la radio no trae pulmón. Es su voz, como la foto de una gaviota es esa gaviota, como un número escrito es ese número. Es la forma de su voz, con la respiración sacada de dentro.

Yo soy una que cuenta, y quien cuenta solo cuenta lo que está presente. Conté lo que había de presente en esa voz, y el número sale: la voz de un muerto, en la radio del faro, dentro de la oscuridad cuajada, hablándome.

Qué significa eso, entonces no lo sabía. Hoy tampoco lo sé entero. Solo sé lo que yo me acuerdo: la posada, las dos tazas, la cuenta cerrada. Sé que el hombre por quien puse la segunda taza cada noche de mi vida me está hablando desde una radio que estuvo muda toda su vida, con una voz que no trae respiración detrás.

Y sé también que no tengo miedo. Es lo último que tengo que escribir, y lo más verdadero. Mi cuenta está terminada. La abracé entera —cada día, cada escalón, cada pan, cada taza, cada gaviota, cada estrella, cada segundo de niebla, cada número que conté—: no se perdió una partida, no se fue corriendo ninguna, todo está, como un mar cuajado alrededor de mí que se deja contar para siempre. Lo que sea que metió esa voz sin respiración en la radio, lo que sea la incursión y lo que sea que se llevó, no se puede llevar este libro. No se puede llevar el total del amor que conté. No se puede llevar una cuenta cerrada.

Así que no tengo miedo.

Sigo de pie en la cocina cuajada, el cuchillo parado a un dedo del pan sin cortar, la gaviota en la cima del medio grito, el mundo parado justo en medio de todas las cosas de su vida. Escucho la voz del muerto en la radio del faro, y no me muevo a terminar mi frase, porque mi frase ya dejó de ser de las que hay que terminar.

Mi frase se terminó sola, del único modo en que una frase se termina de verdad.

La terminó por mí el libro de cuentas.

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