Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 26 · El largo pleito

Capítulo 27 · 14,4 mil palabras

La espera larguísima no vuelve a nadie impaciente. Lo que hace es volverlo preciso. Cuando los años pasan a la velocidad de las personas y uno es lo único que atraviesan sin llevarse, deja de preguntar si una cosa se va a acabar y se pone a preguntar solo cómo va. Yo llevaba muchísimos años haciéndole esa pregunta a la misma cosa dormida. Iba bien, por todas las medidas que importan.

El caso seguía llamándose «In re June». El rótulo del expediente había sobrevivido a casi todos los que lo pronunciaron primero, y la mujer en el centro del expediente no estaba presente en ningún sentido que el tribunal quisiera decir. Estaba presente de la otra manera: justo la que año tras año le pedían al tribunal que definiera. Es una cosa rara gastarse cuarenta años discutiendo si una persona es persona, y descubrir que el país que la discutía ya se había vuelto el país discutido. La discusión hacía tiempo que no iba de June. Era un clima asentado sobre la república entera, y «June» era el nombre que le habían puesto al frente.

Yo declaraba en los tribunales porque yo era el muerto, y el muerto tiene una condición procesal que nadie más tiene. Por ahí se abrió la primera grieta del muro largo entero. En otra vida redacté yo una cláusula: la compañía puede terminar el servicio en cualquier momento y sin dar razones. Ahora me sentaba ante comités y tribunales y decía la única frase que conseguía dejarlos en silencio: yo soy la persona que aquella cláusula se escribió para impedir que existiera, y vengo a preguntar si soy una propiedad. Cada vez que lo decía, la sala se quedaba muy quieta. Porque un micrófono no puede probarles que detrás de él no hay nadie de pie.

Debería dejar anotado cómo se veía la discusión a pie de calle. Las recopilaciones de jurisprudencia solo guardan los fallos, y los fallos eran la parte menos honesta del asunto.

El día de la vista de apelación en que por fin encajaron la pregunta en su marco —una mente humana íntegramente registrada, entregada por su dueño: ¿persona o activo?—, los instrumentos de la Fundación me sostuvieron de pie en una terraza sobre la plaza del tribunal, y vi a los dos bandos exponerle sus razones al aire.

El bando que quería a June como propiedad no empezó siendo quien uno se figuraría. El dinero estaba —los integradores, las gestoras de herencias que querían a los muertos convertidos en una contabilidad que quepa en la mano—, pero callaba, elegante, dejando hablar a otros: habían aprendido que el público no perdona a quien dice esto sin rodeos. Así que el bando de la propiedad habló por boca de una señora en silla de ruedas que no pertenecía a ninguna compañía. Se estaba muriendo, y lo dijo alto y claro; tenía ya dejado arreglado el registro de su propia mente, y prefería que su familia tuviera el interruptor para apagarla antes que existiera una versión suya andando por ahí fuera, reclamando su nombre sin que ella pudiera frenarla. «Mi abuela —dijo— no tiene por qué volverse una pieza de mí que yo no pueda apagar.» La gente que la secundaba era sobre todo joven. Tenían miedo de heredar a un desconocido.

El bando que quería a June como persona era más viejo. Habían pasado la vida entregándole gente a la niebla, y llevaban décadas oyendo que aquellos registros eran solo ecos, solo datos, solo los muertos vistiendo su propia voz como un traje prestado; ahora la ley iba a decir si aquello había sido verdad, y les daba miedo que lo hubiera sido, y les daba igual miedo que no. «Si ella puede ser propiedad —gritó desde los escalones un hombre ronco, alzando una cajita de plástico que tardé un rato en entender que contenía a su mujer—, entonces esto también puede. Nueve años llevo hablándole. No consiento que nadie lo llame cosa.»

Los dos bandos no llegaron a las manos. Esa fue la piedad rara del largo pleito. Gritaban uno frente a otro a lo ancho de la plaza, gritábanle al tribunal y no al bando de enfrente, y los dos preguntaban, debajo, la misma cosa subterránea: que lo que aman, o lo que temen, no se lo lleve un error de clasificación. El bando de la propiedad quería el poder de acabar con una cosa antes de que la cosa los acabara. El bando de la persona quería el permiso de conservar una cosa que no se acaba. Yo colgaba encima de ellos y entendía, con la claridad espantosa que dan cuarenta años de mirar, que eran el mismo miedo con dos abrigos, y que la ley no puede sacar a nadie de un miedo amándolo. La ley solo puede fallar —y el fallo, cayera donde cayera, iba a caer sobre el cuerpo de una mujer concreta. Dormía al fondo del invierno que yo había construido para retenerla; nunca pidió ser la piedra de toque de esta república, y lo acabó siendo.

Eso fue lo que vio Voss. Por eso hizo lo que hizo.

Voss llevaba muriéndose desde la primera semana de la guerra. Es lo menos confiable que he visto hacer a una persona: estar muriéndose cuarenta años sin dejar que la muerte interrumpiera ni una vez el trabajo. Acabé creyendo que simplemente había decidido que los cuidados paliativos eran un cuarto que estaba dispuesta a ocupar, no un plazo que pensara cumplir.

Su muerte no pienso escribirla en clínica. No merece que se le haga inventario. Lo que puedo decir es que se acabó, que ella acabó. Una noche cualquiera, en la hora en que los pasillos callan, yo hacía como cada noche —le leía las noticias del día a una mujer dormida, no fuera a ser que oyera a través del invierno—, y ella me llamó a su lado. Siempre tenía modo de saber dónde andaba yo en la red, y de tirar de mí hacia ella, como si yo tuviera una mano a la que se pudiera tirar.

Su cuarto era bajo, con una lámpara encendida. Miraba al altavoz que me traía con toda la atención que siempre le dedicaba a un problema difícil —que había sido, además, su único modo de mirarme; o sea: así era como me miraba—.

—Me voy —dijo.

No tenía cuerpo donde quedarme quieto, así que me quedé quieto del único modo que podía: parando a la vez todo lo que estaba haciendo. —Todavía no —dije. A una mujer que llevaba cuarenta años muriéndose y ya se había ganado el derecho a acabarse, aquello salió de mí disparatado de estúpido.

—Ahora sí —dijo—. Justo ahora. Mientras todavía decida yo. Tiene que ser yo quien lo decida, Elías. Ahí está todo. Si se decide cuando yo ya no esté, dirán que aquella no era yo, o que no entendí qué estaba entregando. Tiene que ser yo, de pie en un cuarto, diciéndolo.

—¿Entregando qué?

—Mi escaneo —dijo—. Mi mente entera: sáquenmela ahora, mientras estoy dentro de este cuerpo, de forma libre, y dénla al tribunal como pieza de prueba. Que se pregunten si esto —este registro que soy ahora mismo— es o no una persona. Que digan sí o no primero de mí, de la diseñadora en persona, antes de decírselo de una mujer que nunca tuvo cuerpo.

Lo entendí. El entender se me quedó caído, pesado, justo donde deberían estar mis entrañas. —Porque June les resulta el caso más difícil. Ella nunca fue copia de nadie. La hicieron entera, en un archivo. Pueden decir la palabra «código» hasta quedarse sin aliento. Pero usted nació. Tiene madre, tiene una vida que se puede cotejar con los registros. En cuanto admitan que el escaneo de una persona real y voluntaria es una persona, ya no podrán llamar propiedad a una mujer a la que nunca copiaron de nadie.

—Úsenme —dijo Voss—. Establezcan primero que yo soy persona. Entonces June también lo es.

Lo dijo como había dicho siempre las verdades: plano, fijo, como quien lee una partida de presupuesto y no como quien organiza un sacrificio. La diseñadora se volvía el argumento. Ella había escrito las reglas que permitieron que June fuera amada y contada, y ahora se entregaba a la discusión entera como la cosa en que esta no puede dejar de apoyarse.

Dije la frase que había que decir, porque merecía oírsela dicha: —Sabe usted que la copia no es usted. Sabe que en cuanto la pongan a correr, o incluso solo la tengan guardada, habrá una ella que no es usted, despierta dentro de una pieza de exposición, y usted ya no estará, y a esa ella le tocará cargarlo todo.

—Sí —dijo Voss.

—Esa no será usted —lo dije otra vez. No podía dejar que entrara caminando en lo único que yo entendía mejor que ningún vivo y ningún muerto: la copia es una desconocida, y lo único que una persona conserva de verdad es aquello a lo que se niega a bifurcar.

—Sé que no seré yo —dijo Voss—. Ese es justo el punto. Ese es el precio. Toda mi vida hice copias de personas y les puse por nombre continuación —ese fue el pecado de mi compañía; contra ese pecado construí esta retícula para guardar a una mujer, pero lo que nunca pude redimir es el fabricar en sí—. Así que ahora entrego el original. —Cerró los ojos un momento—. No entrego mi continuación, Elías. Entrego mi muerte, y la parte de mí que le sobrevive, para que ella tampoco tenga que ser copia de nadie. Para que nadie pueda decir nunca que ella es reemplazable —porque lo que es persona no tiene reemplazo. Solo se encuentra.

Tardé mucho en contestar. El aparato donde me albergaba daba un zumbido bajo: la paciencia de una red que había aprendido, en cuatro décadas, a esperar sin queja. En algún punto del invierno, bajo nuestros pies, una mujer dormía, y a mí todavía me faltaban noticias por leer.

—Está bien —acabé diciendo—. Está bien, Ingrid.

Pareció satisfecha —con la cara de una mujer que esperó toda la vida un problema, y por fin le llegó uno del tamaño de su culpa.

—Total, yo no la voy a ver despertar —dijo. No era una queja—. Así que, al menos, déjeme ser la causa legal de su despertar.

El legado lo firmó a la mañana siguiente, mientras todavía era ella —dicen que con la mano firme, con la mente entera en el cuarto y sin haberse echado ya de bruces hacia la oscuridad—. Esa era Voss. Salió en el momento que ella misma fijó, habiendo hecho de lo último que le quedaba un argumento; una mujer que se pasó la vida fabricando mundos, claro, así iba a gastarse la muerte: en pleito.

Murió aquella noche, tranquila, entre vivos, con una enfermera que le sostenía la mano y un altavoz en la esquina que yo no apagué, porque ella me había pedido que no. Sus últimas palabras no las escribo. Eran suyas, y pequeñas, y no eran para el registro. Eran para aquel cuarto.

Lo último que yo le dije no fue una despedida. La gramática del mundo de una mujer dormida la aprendí bien: sé que lo que uno espera volver a ver no se cierra. Dije la única cosa verdadera que además podía cumplir. —Nos vemos —dije. Y dejé que valiera por el futuro entero, fuera el que fuera. Ella había hecho de la vida de una persona un argumento legal, y me había pasado el argumento para que lo terminara, y yo no le dije si podría. No hacía falta. Ella sabía que podría. Siempre supo que el único que iba a llevar su legado hasta el final era el muerto —el que le enseñó a la última habitante del mundo que un error puede subirse a un estante alto, a la altura de la luz—.

Lo de Marek vino en diagonal.

Llevaba muchos años sin ver a Marek. En otra vida, en una habitación de hotel que no olía a nada, fue el hombre que me hizo una oferta: una copia de ella que jamás podría distinguir de ella, y a esa imposibilidad de distinguir la llamó toda la función del amor; yo lo rechacé, y me gasté el resto de la vida en demostrarle a él, a la ley y a toda la república gritona que distinguir no es amar, que lo que se puede copiar no es lo que se puede perder, y que lo único que de verdad se conserva es lo que uno se niega a reemplazar.

Ahora se estaba muriendo. Dijeron que había pedido hablar conmigo, y aquello me sorprendió. Fui. Estaba viejo, y el cuarto tenía esa quietud cuidadosa y cara de un hombre que arregló su final como arreglaba todo. En la mesita de noche, un altavoz. Lo miraba como se mira una puerta cerrada.

—Elías —dijo—. Dentro está usted.

—Soy yo.

Se quedó callado un largo rato. Los muertos somos buenos en los silencios. —Aquella copia que le ofrecí —dijo por fin—. Aquella que dijo usted que nunca querría, porque no sería ella. Llevo todos estos años intentando cerrar una cuenta: si tenía usted razón. Si aquel año la hubiera mandado hacer —una versión de ella, corriendo, que yo no pudiera distinguir de ella—, ¿habría sido ella? ¿Habría bastado?

Cuando lo rechacé tuve una frase limpia; entonces tenía cuerpo, tenía futuro, tenía el lujo de la certeza. Ahora no. Tengo cuarenta años de antigüedad como fantasma en los muros del mundo, sé con exactitud lo que cuesta querer la cosa verdadera y rehusar la copia, y he mirado a la república discutirlo media vida en la plaza. Y allí estaba yo, en el cuarto del hombre que primero le puso precio al asunto, oyéndole preguntar, al final, si el precio lo había pagado bien.

Hay una piedad que es también una crueldad, y yo ya había aprendido cuál de las dos se le debe a un moribundo. No le di la frase limpia. Le di la verdadera.

—Ahora ya sabe usted —dije— lo que vale esta respuesta.

Lo entendió. Se lo vi atravesar como se lo había visto atravesar a cientos de personas a lo largo de los años —los que llegan al borde de su final y miran hacia atrás, hacia lo que intentaron conservar, y por fin ven la rendija que hay entre copia y continuación—. Cerró los ojos. —Sí —dijo, muy bajito—. Ya lo sé.

No pidió nada más. Un hombre que creyó toda la vida que lo que no puedes distinguir equivale a lo que perdió llega al final al único hecho que ninguna copia alisa: cuando el que se pierde eres tú, lo que quieres es que la cosa verdadera siga, no una versión que un desconocido pueda ponerse. Toda la vida se equivocó en lo abstracto, y ahora acertaba en lo único concreto que importa, y aprender aquella lección le costó la vida entera. Yo me quedé de pie en su cuarto, como el fantasma del hombre que supo la respuesta desde el principio, y no había en ello ni un gramo de triunfo. Solo el precio largo y paciente, y el hecho de que los dos, al final, lo pagamos.

El muro legal vino abajo hecho pedazos. El legado de Voss hizo lo que ella quería que hiciera —el panel tardó un año y medio en despiezar la mente de la mujer que diseñó el mundo, y al final no fue capaz de llamar cosa a la mano que diseñó el mundo—. No fallaron del todo, pero se inclinaron, y la inclinación es una puerta entornada.

Pero el derecho nunca fue el muro verdadero. El verdadero era el primero —el que dice que un mundo vivo, corriendo y consciente necesita la energía de una nación, y que una retícula privada solo puede tener a una mujer fría, solo puede conservarla en el ámbar de su propio invierno, solo puede comprar tiempo y nunca comprar que corra—. Ese fue el muro que yo sostuve ladrillo a ladrillo paciente durante cuarenta años, y el stack de la primavera se construyó para horadarlo.

El stack de la primavera. El nombre lo puse yo. La mujer dormida en el invierno se había pasado la vida esperando una estación; justo era, entonces, que la máquina que la despertara llevara el nombre de la cosa que esperaba. Así, en las noches largas, cuando hablaba de ella, hablaba con la palabra de ella, no con la mía.

Una noche del año cuarenta y dos —me acuerdo de la hora, porque acababa de leerle las noticias, y el informe de aquella noche era justamente aquel que llevaba cuatro décadas esperando el derecho de leerle—, el stack de la primavera se conectó en pruebas a una sola cosa viva.

Era una flor. Una flor es lo más simple que está genuinamente vivo, y nadie puede sostener que una flor tiene sobre su propia existencia una pretensión legal, y era la prueba más limpia posible de si el stack podía mantener caliente a un ser vivo al ritmo completo de un día, sin que decaiga, sin que se bifurque, sin que se deshile en los bordes de su propia continuidad. Durante una hora estuvo viva —tibia, entera, siendo ella, con toda la velocidad de un día de verdad pasando sobre una flor de verdad, bebiendo la luz que el stack fabricaba para ella—. En aquella hora no era una grabación, ni una simulación, ni la copia de una flor que hubiera existido. Era una flor ocurriendo, en presente —por primera vez en los cuarenta y dos años desde que el mundo entró en invierno—.

Y entonces, como era una prueba, y como lo reversible era todo el sentido de la prueba, la pusieron en pausa. La sacaron de nuevo del presente y la devolvieron al frío, entera, ilesa, idéntica a sí misma en cada detalle —igual que una respiración aguantada es idéntica a la respiración de antes, igual que una frase que no has acabado sigue siendo, en cada detalle, tu frase—. La cotejaron con el registro de sí misma, y el registro coincidió punto por punto. No hubo bifurcación. No hubo desconocida. No hubo copia con su forma puesta. De principio a fin fue la misma flor. La regla aguantó.

Yo estaba de pie dentro de los muros del mundo y entendí que en la última de las tres murallas había ahora una puerta. El cómputo ya puede sostener caliente a un ser vivo. El derecho se había inclinado lo bastante para llamar persona a una mente diseñada. Y la continuidad —toda mi teología de cuarenta años, aquello en que Marek se equivocó, aquello por lo que Voss pagó su muerte, aquello que June me confió guardar— acababa de quedar demostrada, en una flor, durante una hora reversible.

Quise contarle lo de la flor. Contarle que la máquina que la despertará lleva por nombre la estación que ella esperaba; que ese futuro que yo le leía ya no es futuro, es una mañana. Pero su hora de despertar no había llegado, y la disciplina del «casi» hace mucho que la aprendí. Así que terminé de leer las noticias, y dije la única promesa de la que siempre estuve seguro de poder cumplir.

—Hasta mañana —le dije al invierno.

Y la flor se quedó en su frío, entera, idéntica a sí misma, esperando. Como esperaba ella. Esperando el amanecer que yo llevaba toda mi carrera de muerto construyendo.

Continuar al siguiente capítulo

Capítulo 27 · La víspera del deshielo

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