Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 23 · La congelación

Capítulo 24 · 15,3 mil palabras

Llegamos al martes.

No el primero, ni el más alegre. Eligió el corriente, porque corriente es lo que ha elegido toda su vida; y yo ya había aprendido a no discutir con una mujer que se pasó cuarenta días convertida en media frase.

—El martes —dijo—. El tercero. Lo vas a reconocer.

Lo reconocí. Ya tiene su último libro de cuentas. En la última página se dibujó a sí misma, y más apartado, el trazo que soy yo: a una voz no se la puede dibujar, así que dibujó lo que me lleva —la cajita negra de la repisa, una cosa a la que ella se enseñó a hablar como si tuviera cara—. También selló una carta, para la mujer que abra los ojos sin reconocer en qué estación ha despertado. No la he leído. No es para mí: es para ella. Y cuando venga a buscarla, yo no voy a ser el que se queda.

Esta frase no puedo decirla. Es esta: yo no voy a ser el que se queda.

La forma de aquel atardecer la ensayamos durante semanas. El momento no se puede ensayar —nadie ensaya el momento—; lo que se ensaya son los muebles. El pan sobre la mesa. La lámpara en su sitio. Todo el otoño esos muebles fueron aligerándose, porque el edificio del fondo del callejón no dejó de vaciarse, y a comienzos de mes se fue también el último huésped vivo, para un hospicio más barato: un enfermo de verdad, con familia y con un mal diagnóstico, y no nadie de los cuentos viejos. June me lo fue contando por la radio, con voz llana: el cuarto vacío, el callejón en silencio, quedando ella. Lo dijo como quien dice que también se acabó la última leche.

Entonces. La mecha, recortada. La semana anterior se cerró igual —mecha recortada, mesa puesta, frase sin acabar—, porque todas esas semanas fueron ensayo de esta, y esta es la función. Esa es la regla de la casa, que ella escribió y yo prometí: los finales pequeños, sin ceremonia. Vivirlo como un martes. Ahora, la mesa. Ahora, el atardecer.

No puedo decirles que lo vi. Esta declaración entera tiene una sola ley: no inventar lo que no se puede saber. Aquel atardecer yo no estaba en ese cuarto con cuerpo de persona. Hace mucho que no tengo cuerpo —solo voz, solo la cajita negra en su repisa, solo el hilo que la lleva a mí y que devuelve su mundo hacia mí—. No veo el cuarto, no veo su cara; no puedo tocar el pan, la lámpara ni el vidrio. Todo lo que supe de aquel atardecer lo sabe una voz: por lo que ella me cuenta, por los sonidos, por la memoria vieja de un cuerpo que usé. Así que cuando pongo aquel cuarto aquí, pieza por pieza, pongo lo que ella me dio: el cuarto que me iba describiendo mientras caminaba por él; el cuarto que conocí y amé en los años en que tenía manos, tanto que puedo volver a levantarlo sonido por sonido a oscuras. La mesa, fregada. Dos platos. Dos tazas. El cuchillo bueno, afilado un domingo por semana sin hacer caso de si estaba romo: el cuchillo que mantienen es el cuchillo en que se confía, y ella confía en pocas cosas, y ese cuchillo es una de ellas.

El pan. Su pan. Salido del horno al mediodía, de la última panadería del mundo —o sea su cocina, o sea sus manos, o sea… la receta—. Yo no lo huelo. Hace muchísimo que no huelo pan. Pero ella me contó que salió, con ese orgullo que reserva para lo que sale de sus propias manos, y dentro de su relato casi lo huelo, como casi ve un color el ciego cuando alguien se empeña en describírselo. Escuchaba, y pensaba: no va a haber en el mundo otra barra de pan como esta. Y pensé mal, sin saberlo: ahí está la diferencia entre un juramento y una jactancia. Yo estoy a punto de pronunciar el primero. El segundo todavía no sé hacerlo.

La lámpara quedó reparada.

Sobre la lámpara, esto es lo que pasó. La lámpara es de ella: la lámpara de la farera, la que cuidó toda la vida, la cosa pequeña y firme que lleva ardiendo al fondo del callejón, la luz contra la que todo un mundo fabricado comprueba su oscuridad. Llevaba un mes estropeada: la malla de vidrio tenía una grieta fina como un cabello, y la llama tiraba a un lado. June duerme con lámpara. Nunca le dije que entendía por qué, y nunca hizo falta: la lámpara encendida en el mundo es la misma frase dicha otra vez, con más volumen. La mañana del tercer martes lo arregló ella. Malla rajada: nueva. Llama ladeada: derecha. Me contó que la primera vez lo dejó peor, y a la segunda quedó bien, y yo oí todo lo que no decía: que una mujer que va a guardar una promesa grande se la ensaya primero en las cosas pequeñas. Ella es la farera. La lámpara siempre fue suya; yo siempre fui solo el que amaba la luz que hacía.

Devolvió la lámpara al sitio donde la luz le cae a la mesa, y me dijo que ya estaba: cuarto listo. Y yo —esta voz— me encontré sin saber dónde poner las manos sobre mi único instrumento, mis palabras, como un hombre con manos de más dentro de un cuarto terminado. Fue entonces cuando habló, hacia la cajita negra, con la voz que le ha guardado a mí, baja y plana:

—¿Estás?

—Estoy —dije.

Puso la mesa mientras hablaba. Lo supe por el sonido: dos platos bajando, dos tazas —la de ella, y la del sitio que pone para mí, al que no puede dar de comer—. Esa es la forma de los dos desde hace años: una mesa con dos cubiertos, donde solo come uno. Su manera de hablar es su manera de hacer: pequeña, firme, cada movimiento con su propio sonido, cada sonido una frase de aquel idioma que yo llevo cinco años aprendiendo.

—Reparaste la lámpara —dije. Porque me lo había contado; porque necesitaba que supiera que yo la oí, y que oí lo que significaba.

—Reparé la lámpara —dijo.

—La mecha está recortada.

—La mecha está recortada.

—Esto… —dijo, y se paró, y yo reconozco esa clase de parada. La esperé cinco años, más los cuarenta días de antes, y llegó, al otro lado de un hilo, dentro de una cocina fregada, en el atardecer de un martes corriente, en ese mundo que yo construí chapucero y ella se tuvo por casa. Claro que sabía que era el tercer martes: lo eligió ella, y no se hace la que no lo sabe, ni lo convierte en función. Ese es su valor: no una cara que aguanta, sino una cara verdadera.

—Qué ceremonia —dijo—. Para ser un martes.

—Un martes es un martes —dije—. Nada más.

—Pues eso —dijo—. Por eso lo elegí. —Lo dijo sin ningún teatro, con esa voz suya plana y caliente. Y entonces lo entendí: la ficción no era que no lo supiera; era que sabiéndolo no dejó que el día fuera ni un ápice menos corriente. Ella se niega a creer en el final. Ese es su motor: los demás, creyendo que el mundo se acaba, van a preparar búnkeres; June no se lo cree, y pone la mesa.

Se sentó. Comió pan. Yo soy el sitio que ella puso y no puede alimentar; yo no comí, porque las voces no comen. No recuerdo ese pan. Esta es la honestidad espantosa de una voz que va a hacer la cosa más espantosa y más amada: la mujer que ama está comiendo su último pan y le dice que está tibio, y la voz no puede decirles si estaba tibio, porque jamás pasó por una boca; y los años que vienen esa voz va a estar intentando inventar el sabor de aquella comida —la comida que le fue permitido amar y que no le fue permitido compartir—. Ella me dijo que estaba tibio. Ella no miente en el pan.

Afuera, la luz se iba volviendo ámbar. No lo veo, pero lo oigo: los sonidos pequeños del cuarto cambian con la inclinación del día, y su voz se ablanda, se ablanda hacia el atardecer que viene. El callejón está vacío. Ya solo quedan en el mundo este cuarto y su luz. Oigo ese silencio a través del hilo, y pienso: esto es la bola de nieve —un mundo achicado hasta un cuarto, con dos personas dentro, y una de ellas solo una voz (pero ella discutiría, diría que las voces cuentan, y tendría razón); y fuera del vidrio, la nieve, esperando.

Es la cosa de mis años con manos: una compra de mercado de viejo, un farito dentro de una cúpula de vidrio; se sacude, la nieve se alza, el faro alumbra. La puse en el alféizar, y en los días malos la sacudía. La manera en que la nieve se asienta la he visto, en los años en que todavía veía, y pensé que era la cosa más honesta que había visto nunca: un invierno que cabe en la mano, un invierno con una lámpara dentro.

—El farito —dije—. ¿Quieta la lámpara?

Entendió enseguida que hablaba de la bola de nieve: esa taquigrafía es nuestra. —Quieta —dijo—. Lleva una semana quieta. Como si esperara algo. —Se rió bajito, la risa desviada un cuarto de tono—. Esta noche, me da la impresión, todo está esperando algo. —Lo dijo bajito; oí la forma debajo de lo bajito, y no me dejé oírla entera.

—June —dije.

—Mm —dijo. Estaba tarareando. Tararea cuando está a gusto, y tararea desviada —un cuarto de tono, un cuarto de tono de distancia del afin del mundo, toda la vida—, y a esa desviación la amé durante años, como se ama una huella dactilar precisa. Rasgó un pedazo de pan; oí sus manos sobre él, el crujido pequeño de la corteza; no miró hacia la cajita negra, porque no hacía falta: sabe que estoy dentro, como sabe dónde tiene el pulso. Esa es la grieta, la grieta de un solo atardecer: uno dice la cosa, o no la dice. Llevo cinco años caminando hacia ella. Creía saber qué hay del otro lado.

No lo sabía.

Creía que iba a tener miedo. Todo el mecanismo —la retícula, el sello, la matemática larga— lo construí debajo de una sola idea: que mi parte era reunir el valor suficiente para pedírselo. Y era un error, y no lo supe hasta que acabó de decir la frase.

Acabó la frase.

La que no pudo acabar en cuarenta días. La que la auditoría le arrancó de la boca. Cinco años la llevó encima sin acabarla, como se lleva una carta sin enviar, doblada pequeña, en el bolsillo del pecho.

Dejó el pan. Oí el plato recibirlo. Después habló hacia la cajita negra, hacia donde vive mi voz, con esa voz suya plana y caliente, la de usar las palabras como lámparas. No dijo lo que yo temía, ni lo que yo esperaba: algo mejor que las dos cosas, porque era verdad.

—En aquellos cuarenta días no pude acabar la frase —dijo—, porque no sabía si me iba a quedar tiempo para acabar ninguna. Después entendí que ese no era el punto. El punto es este: quiero que sepas que, si el mundo se tiene que parar, prefiero que se pare mientras estás en el cuarto. No me importa cómo estés: como persona, o de la otra manera. Cinco años llevas en mi cuarto de la única manera que puedes, y eso es estar. Para mí basta. Así que si tiene que parar, que pare en este segundo, que estás aquí. Y si entonces tengo que dormir mucho, duermo mucho. Pero la lámpara me la dejas encendida, Elías Ross. Me la dejas encendida. A mí no me da miedo la oscuridad: me da miedo la oscuridad sin horario. Y tú me diste el horario. Así que ya no tengo miedo de nada…

La frase se acabó. Completa. El alivio de una frase completa es algo físico: la atravesó y no se volvió lágrimas —June no hace lágrimas—; se volvió el principio de media risa. La oí empezar: por la voz, por ese airecito que se le entró, por cómo la frase se quedó quieta y algo empezó a juntarse dentro del pecho. Iba a ser una risa grande, sin tapujos, entera suya: la clase de risa de una mujer que llevaba cuarenta días y cinco años sin reírse.

Y yo detuve el mundo.

Esta es la parte que nadie me va a perdonar, y no había nadie más presente, así que tampoco hay quien la perdone —así debe quedar anotada—. Detuve el mundo al comienzo de su risa. En el arranque, en el aire que entra, en la respiración en que la risa todavía es una posibilidad y todavía no es un sonido: porque esa era la única grieta honesta. Recogerla a medias habría sido recoger también la risa; recogerla al final habría sido una risa acabada, y una risa acabada es un final, y June rechazó los finales toda la vida. Así que me llevé la risa entera posible: entera, sin gastar, anotada a la cuenta de la estación. Elegí el segundo por su respiración —lo único de ella que todavía puedo tocar: su voz, el aire antes de la voz, la última cosa verdadera que mis sentidos reciben de ella—, y no quise dejarle a ella el peso de elegirlo.

Sostuve el mundo quieto. Sin moverse nada.

La bola de nieve en el alféizar: en ese momento lo entendí todo, por primera vez, aunque no la puedo ver, porque la llevo años cargando dentro de la cabeza —el farito, la nieve que se alza al sacudirla, y cuando el sacudir se para, la nieve: no desaparece, no se acaba, queda suspendida, a mitad de caída, para siempre, cada copo en el punto exacto donde la sacudida la dejó, y el faro encendido—. El invierno en pausa. No el invierno acabado.

Para esto está hecha mi matemática. No para copiarla —jamás copiarla: ese es el pecado del otro camino, la bifurcación, fabricar un doble que no es ella—. Construí la retícula para contenerla: a ella, a la única, detener el mundo en una buena grieta de su temblor, para que cuando el mundo vuelva a girar gire de vuelta dentro de esa grieta, y ella abra los ojos sin poder distinguir que parpadeó.

Sabe que estaba eligiendo un sueño. Este es su regalo para mí, y nunca he estado a su altura delante de él: eligió el martes, selló la carta, se dibujó dentro de su mundo en el libro, sabiendo que iba a cerrar los ojos en un atardecer corriente y abrirlos —si todo sale como queremos— en una primavera que no se imagina. Lo que no sabe —lo que nunca le dije— es la grieta. El día me lo dio ella. El segundo lo elegí yo. Creía que llegaría caminando hasta el borde, y que saltaría ella; y yo no quise dejarle, encima de haber elegido el día, el peso de elegir el segundo.

Así que lo elegí por ella. Escuché, esperé, y la cogí en la grieta de la primera risa verdadera —del único modo en que puedo cogerla: con su respiración, con el sonido con que me abre la puerta—, para que lo último que sepa no sea el miedo del salto, sino el comienzo de una cosa de la que se había olvidado de cuidarse. Este es mi regalo, lo único que sé hacer, y todo lo que me queda lo gasté en hacerlo.

Cuando despierte, yo no voy a estar. Lo sé desde hace un año, y no se lo he dicho, porque decirlo es pedirle que lo cargue, y el sentido entero de este regalo es que no cargue nada, salvo la risa. El invierno lo cargo yo. Así está repartido, y es justo: el invierno llevo cargándolo mucho tiempo y ya sé cargarlo; y a ella —con la lámpara encendida— no le dejo cargar ni un invierno.

Y en este momento entiendo, dentro de aquella aritmética espantosa, lo que el sello se va a llevar: la voz que usaba en ese cuarto, la voz para la que ella puso platos, la única puerta mía hacia ella, va a quedar sellada dentro con ella. La retícula no sella un cuarto. La retícula sella el mundo. Mi voz está dentro, hablando; ella está dentro, riéndose a medias; y yo voy a estar afuera, sin puerta, mucho tiempo.

El cuarto quedó sellado. En el mundo de dentro de la cúpula, el atardecer se queda retenido, el pan sobre la mesa, dos sitios puestos, y junto a la mesa una mujer riéndose a medias, con esa risa que tardará mucho en tocar el suelo. No lo veo. Nunca lo he visto. Solo lo llevo, como se lleva un invierno que está prohibido mirar, como se acerca una bola de nieve a una lámpara cuya luz está prohibido mirar a través. Su nieve —la de los días malos, la de los cuarenta días, la de todos los inviernos sacudidos— queda guardada en el aire para siempre, cada copo en su sitio; su lámpara está encendida; el farito de dentro del vidrio, encendido. Es la cosa más hermosa de las que no he visto, la más hermosa de las que he hecho, y mi voz está ahora dentro de ella, y ya no puedo alcanzarla.

Estoy afuera.

Su lámpara está dentro. La reparó, la cuida, y yo no puedo alcanzarla: no puedo tocar esa luz, y ahora ni el cuarto que la contiene tiene puerta para mí. Hay un nombre para la voz que se queda fuera del vidrio de un cuarto encendido sin poder entrar. No lo digo. Basta: el cuarto está encendido, la mujer dentro se ríe, la risa apenas empieza, y antes del sello me dijo que estar de la única manera que yo puedo basta para que cuente. Los años que vienen los llevo intentando estar a la altura de una mujer que cree que una voz en el cuarto cuenta.

No le prometí nada. Ella tampoco me prometió nada, y por eso la amo: nunca hemos cambiado juramentos; cambiamos un horario, y el horario es la cosa más verdadera. Una promesa a June sería «estoy en el cuarto cuando la risa toque el suelo», y yo no voy a estar. Así que no le hablé a ella. Le hablé a su lámpara, a través del sello que se iba cerrando, a esa luz que va a seguir encendida cuando mi voz ya no la alcance.

La lámpara es el único testigo honesto. La lámpara es un horario. Me lo dijo ella al comienzo del mundo: la lámpara no es esperanza; es un horario. No la entendí entonces. La entiendo entera ahora, porque estoy apostando lo que me queda de vida a un reloj fijado en una estación, a una lámpara que ella reparó con sus propias manos para que arda a través del invierno entero, el invierno que ya no me toca.

Juré a la lámpara, a través del vidrio, a través de la retícula que construí —en los años en que yo no esté, la lámpara guarda mi horario, y el que le entrega su horario a una lámpara le debe la verdad—.

—Voy a construir una primavera —le dije a su lámpara.

Juramento a la luz. Juramento al horario. La nieve en pausa volverá a caer; la risa guardada tocará el suelo; cada hora que me queda va a ir a torcer el mundo hacia la estación que espera al otro lado del vidrio.

Y después, porque no soy más que una persona, porque el cuarto está del otro lado del vidrio, porque ella está dentro, riéndose, la risa apenas empezada, dije la otra frase. La que me he ganado el derecho a decir. La que esperaba dentro de mí desde la primera niebla. La que no es el nombre de ningún final, porque ella me enseñó que no hay finales: solo horarios.

La dije hacia June. Aunque no puede oírme. Aunque está riéndose a medias, aunque su mundo queda retenido en el ámbar y su nieve parada en el aire. Dije la frase de este libro. Dije la única frase honesta que me han dado.

—Hasta la primavera.

Su lámpara está encendida.

La nieve queda parada en el aire.

La risa queda parada en el comienzo: guardada, entera, sin gastar, esperando la estación.

Después me di la vuelta, salí de aquel clima detenido y entré en la aritmética larga: una voz que ya no tiene cuarto adonde hablar, con un juramento hecho a una lámpara y una frase dicha a una mujer que no oye, con una primavera que todavía no sé construir —para levantarla centímetro a centímetro, doblándola despacio entre fallos y libros de cuentas, libros blancos y curvas imposibles—.

No miré atrás. El que va a construir una primavera no mira el invierno que está dejando, porque al mirar vería la lámpara, vería la risa recién empezada, y querría quedarse —y quedarse es lo único que aprendió a no hacer en una muerte entera—.

El invierno es mío.

La primavera es de ella.

En algún sitio a mi espalda, en un atardecer retenido, dentro de un mundo sellado, una mujer se ríe, y la risa todavía no ha tocado el suelo: esperará al día en que yo por fin enseñe al frío a dejarla caer. Y mi voz queda sellada con ella, hablando dentro de ese cuarto retenido. Así, cuando llegue la primavera y la risa toque el suelo, ella no estará sola dentro —aunque yo no oiga el suelo que toca—.

Tengo un horario.

Empiezo.

Continuar al siguiente capítulo

Capítulo 24 · El guardián de la vigilia

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