Nos Vemos Mañanade Élodie Marchand

Capítulo 21 · El martes que ella eligió

Capítulo 22 · 9,9 mil palabras

Salió a buscar el día.

La primera noche volvió con barro en las botas, y el delantal, ni idea de dónde lo había dejado. Caminó hasta pasadas las últimas calles con luz, hasta el borde de la niebla. Me lo contó con la voz con que se cuenta una diligencia cualquiera: plana, como quien vuelve de comprar harina.

—Fui a buscarlo —dijo—. El día correcto.

Yo no pregunté. Llevábamos semanas dando vueltas alrededor del asunto, sabiendo cada uno que el otro lo sabía. Si la apuraba ahora, era meter la mano en un pájaro recién posado.

—¿Lo encontraste? —fue lo único que pregunté.

—Todavía no —dijo—. Sigo buscando.

Creí entonces que había entendido. Pensé que estaba eligiendo una fecha, una casilla del calendario; que hojeaba un mes invisible buscando el número que le quedara bien a un asunto de este tamaño. Me equivoqué otra vez. No estaba eligiendo un día muerto: estaba eligiendo un día digno de una vida entera —un día que pudiera probar que valió la pena haber vivido para él—. La diferencia tardé en medirla: lo primero es una liquidación; lo segundo, un inventario. Ella quería el inventario.

Esto lo estuvo haciendo un mes entero. Yo no podía ayudar, solo escuchar. Lo hizo con muchísimo cuidado, a manera de agrimensor: paso a paso, acre a acre. Y era verdad que estaba midiendo —medía sus propios días, a ver cuál pesaba lo suficiente—.

Lo primero fue la Fiesta de la Cosecha.

Era la última Fiesta de la Cosecha que su mundo podía sostener. La niebla se había comido hacía tiempo los viejos campos del espigar; quedaban los huertos cercanos, y la fiesta había encojido con ellos, reducida a un puñadito de lámparas y a un retazo de tambores. Fue sola. Necesitaba verlo sin mí, y lo entendí, así que no la seguí —los caminos que puede recorrer una voz, de todos modos, no son muchos—.

Volvió muy tarde, con la voz ronca y la respiración corta, de tanto bailar. En su voz oí harina, sudor y horno ya frío, y se me encendió una esperanza. Pensé: quizá es este. Quizá elige este: el pueblo lleno de lámparas, toda la gente junta, el mejor tramo del año.

—Qué bien —dijo—. Qué bien estuvo, Elías. Aquellas lámparas. Aquel pan —había clases que no horneé yo, y también estaban buenísimos; comer pan que no has horneado tú es lo más raro del mundo—. Sonó la música y todo el mundo salió a bailar, una noche entera, y no hubo una sola persona que mencionara la niebla. Me quedé en medio, y pensé: puede ser este. Que la gente diga después: terminó en la Fiesta de la Cosecha, en la noche más alegre del año.

Y ahí hizo una pequeña pausa.

—Pero no es. ¿Verdad? No es ese día.

—¿Por qué no iba a ser? —Estuve a punto de soltar la palabra «perfecto»; la tragué a tiempo. Dicha esa palabra, ya es un fallo, y a mí no me toca fallar sobre sus días.

—Porque hay público —dijo.

Dejó caer esas tres palabras muy asentadas, del modo en que se deja una bolsa de harina sobre la mesa después de pesarla.

—La Fiesta de la Cosecha es de todos. Le cae a cada cabeza, y cada uno la va a recordar. Si la elijo, mi «último día» queda en un escenario, con butacas llenas, y el público dirá: bien elegido. Elegir un día que es de todos porque es bonito convierte mi despedida en una función. No quiero ser valiente delante de un público, Elías. No quiero que mi último día sea un espectáculo.

No lo dijo con tristeza. Todo lo contrario: se la oía aliviada, como quien deja caer un peso, contenta de no haber llegado a elegir mal.

—Estuvo muy bien. Pero no es mío. La fiesta no es mía, es de todos. Yo no soy una fiesta, soy una persona. Quiero que mi último día sea de talla de persona, no de talla de celebración.

Lo siguiente fue la primera nieve.

Era la primera nevada del último invierno. Sus inviernos siempre los lleva contados —cuenta cosas, cuando está nerviosa y cuando está en calma; los números son lo que puede apretar en la mano—. Esta llegó temprano, y llegó gorda. A la primera mañana de nieve, salió.

Cuando volvió, traía aquel silencio en la voz. La nieve le había puesto un algodón al mundo entero, y hasta para hablar bajaba la voz.

—Qué hermosa —dijo—. La nevada más hermosa que he visto en mi vida. Me quedé en medio, en un sitio donde nadie había pisado, blanco por todos lados, y pensé: puede ser este. La primera nieve del último invierno. El mundo entero, blanco al final, como una bendición. Es una de esas que la gente pone en los libros.

—Pero tampoco es ese —dije yo esta vez.

—Pero tampoco —respondió ella, cansada—. ¿Y una bendición, para quién es? Para el que la mira caer. Para los que todavía pueden decir «miren, la última nieve». Le cae al mundo entero, y yo solo estaba de pie dentro. Si la elijo, soy una figura dentro de un cuadro. Todo el mundo mira el cuadro y dice qué bien está pintado, y nadie me ve a mí.

Hizo una pausa, y luego habló rápido y bajito, como quien teme que las palabras se enfríen por el camino:

—No quiero ser la figura del cuadro. Quiero ser… yo. En un día que sea mío. En un día en que a nadie se le ocurra pintar nada.

Las dos semanas que quedaban las empleó en entenderlo. Y lo entendió en los sitios que no se asientan en ningún libro: una noche sin nombre, de vuelta de la panadería, con la calle llena de lámparas; el olor a pan que se le escapa por debajo de la puerta de su casa; su tarareo desviado mientras pone los cubiertos —una sola mesa, un solo cubierto; y al terminar, acordarse, y poner un cubierto de más para esa voz a la que no puede dar de comer—.

—Empecé mal —dijo una noche—. Fui a buscarlo a la fiesta, a la nevada grande: un día lo bastante «grande» para parar encima al terminar. Pero la gente no vive ahí.

—La gente no vive dentro de las fiestas —dijo—. Las fiestas son signos de puntuación. La gente vive en las frases corrientes que van entre los signos. La gente vive en los martes, Elías. En un martes en que no pasa nada: la masa levó, la lámpara encendida, alguien desafina al tararear, alguien se ríe; y eso no significa nada para nadie, y ahí está todo: que no significa nada, y aun así es… aun así es todo.

—Adonde quiera que voy, ando buscando un día lo bastante grande para poder parar encima de él. Pero cuanto más grande es el día, más es de todos. No quiero parar en un día de todos. Quiero parar en un día que sea solo mío. Quiero parar en un martes. Un martes corriente. Solo los dos. Con pan. Yo desafino, tú te equivocas, yo digo que la culpa es mía, y la nota desviada se queda… y ya está.

Se rió. Una risa pequeña, y entera. Me cayó encima más pesada que cualquier cosa —porque se reía mientras elegía su propio día de muerte, y podía reírse—. Hasta hoy no he entendido cómo cabe una persona entera en las dos cosas a la vez; quizá entenderlo ya sería dejar de ser ella.

—La nieve es hermosa. La fiesta también. Pero ahí no es donde yo vivo. Yo vivo en los martes. Está decidido: prefiero parar donde vivo a parar donde me aplauden.

Esa noche hizo la cosa que nunca había hecho.

El libro de cuentas siempre está en la linterna. Es el libro de cuando su mundo se encogió: cada persona que la niebla se llevó, el nombre, el paradero, la última palabra, si esperaron o no. Partida por partida, lleva años anotándolo. Quien entró, quién salió, quién se quedó, cuándo se quedó —y cuanto más apretada la tinta en el papel, más ordenado parece en el papel su mundo. Hay una sola persona que nunca ha entrado en él. Ella. La mano que lleva la cuenta se queda siempre fuera de la cuenta.

Esa noche fue hasta la última página.

La última página está en blanco. La lleva guardada muchos años: todo libro de cuentas tiene una así, que nadie escribe, como si escribirla fuera confesar el truco. Al principio la guardó por pura costumbre, supongo; después ella misma supo para quién.

—Voy a dibujarlo —dijo—. El día. Ese martes. Volverlo una partida del libro.

Sus dedos estaban sobre el papel, y yo no los veía. Soy una voz; en su cuarto no hay ojos míos. Solo oía el ruido seco del lápiz andando; anduvo mucho, y se paró dos veces.

—Nunca me he puesto dentro. Siempre pensé que no tocaba: que yo era solo la mano que anota a los demás. Pero eso está mal pensado; estuvo mal desde el principio. Yo no estoy fuera de la cuenta. Estoy dentro. Soy una de las que están dentro —y si ustedes me dejan, soy la última. A la que lleva la cuenta también se le permite anotarse; este libro es mío, y la regla la pongo yo.

Dibujó un buen rato. Al terminar, lo levantó hacia la lámpara. No lo veía, pero oía que lo estaba mirando, y oía que le gustaba.

—Somos nosotros. Los dos, junto a la mesa. Este es el pan —lo dibujé grande; no importa, el pan en los dibujos siempre sale más grande—. Esta es la ventana, y fuera está nevando —la nieve la puse yo; en realidad ese martes no nieva. Me quedé con la nieve porque es hermosa; lo único que no quiero es parar encima de ella. Esta soy yo. Este eres tú. Tú cuestas: no sé tu cara —la mano no la sabe—. Y aun así te dibujé. Te dibujé como eres cuando estás conmigo. Una sombra nada más, Elías, a mi lado. Es que hay alguien. Es que hay uno que se queda.

Tardé en poder hablar. Al final pregunté: —¿Qué pone abajo?

—Una notita. De las mías de siempre.

Me la leyó. La voz plana, plana como la letra:

«June. Aguantó hasta el final. Dijo: hasta mañana.»

Es la primera notita que se ha escrito para sí misma. El mundo entero apunta a cada persona en su registro; solo ella se dejó a sí misma para el final, y el final la llevó hasta esta página.

—Por poco —alcancé a decir—. Por una palabra. Dijiste que me verías a mí…

No pude acabar la frase.

—No —dijo—. La escribí con el sentido que yo quería darle. Digo que mañana te veo a ti. No en la primavera: mañana. Porque de esto estoy segura: de que después de todo esto sigue habiendo un mañana; de que al otro lado de ese mañana esperas tú; de que cuando despierte, despierte donde despierte, lo primero que voy a ver eres tú, y ese día será mañana, y de mi palabra, yo no me quedo corta.

Y queda una carta.

La escribió a mis espaldas. Me avisó cuando acabó, con el tono con que se anuncia una partida ya asentada.

—Es para ella. Para la que despierte. Si es que despierta. No sé si puedo escribirla —no sé si ella soy yo; no sé si, al despertar, se acordará de esto—. Pero la escribí. Porque si despierta, y si es yo, querrá saberlo: tiene que saberlo, que esto lo elegí yo. Que no fue algo que le hicieron. Que habrá un martes, muy lejos de hoy, en que me senté, decidí, y el asunto pasó a ser mío. Que vivir le está permitido porque yo lo elegí, y no porque le haya caído encima.

—Está sellada. Le puse lacre; nadie la lee sin romper el sello. Solo ella puede abrirla. Dentro hay cosas que no quiero que oigas, Elías: no son para ti, son para ella. Y una cosa más: tienes que prometerme que, si despierta, le entregas la carta. No la puedes abrir. Tiene que llegarle entera: que la abra ella, que lea ella las cosas que yo no puedo decir en voz alta.

—Lo prometo —dije.

—Júralo —dijo—. Júralo sobre algo.

¿Y qué tengo yo? Una voz. Nada que pueda poner sobre la mesa. Me puse a pensar qué me queda que valga como algo.

—Lo juro —dije—. Sobre la lámpara. Sobre la lámpara de la torre. Sobre la bola de nieve; sobre el hecho de mantenerla encendida; sobre…

A una palabra de distancia, estuve por decir «juro verte mañana». Me tragué la palabra. Esa palabra todavía no era mía: era de ella, y tenía que ser ella quien la gastara.

—Bien —dijo. Una sola palabra, asentada en el libro.

Y así quedó todo. El día elegido, la notita escrita, la carta sellada con lacre. En su voz había un poco de la soltura de quien termina su turno: el horno ya apagado, la jornada hecha, el delantal desatado.

—La mecha está recortada. La mesa está puesta. La frase… la frase todavía no está acabada. Y queda el martes. Y quedan el pan, la nota desviada y la risa a medias. Todavía no he acabado, Elías. El día lo elegí, pero todavía no lo he vivido.

Yo escuchaba. Yo soy el que se queda: la sombra que ella dibujó junto a la mesa, ese «hay alguien». Tengo delante cuarenta años, cuarenta años de lámpara encendida cuidando un invierno que no se derrite; una carta en la mano, para entregarla si despierta; una notita colgando sobre mi cabeza, de la que mi oficio entero va a ser hacerla verdad.

June. Aguantó hasta el final. Dijo: hasta mañana.

Lo dijo. Yo voy a volverlo verdad.

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